sábado, 11 de julio de 2020

Otro día el mismo día (Narración)

Mi día comienza: suena el despertador, aunque yo le llevo ganadas un par de horas… horas que aprovecho para estar solo, intentar hacer un poco de lo que me gusta y disfrutarlo, así despierto… así me dormí. Serían las tres o a veces hasta las cuatro de la mañana cuando por fin me duermo, vencido más por el cansancio que convencido por mi voluntad para dormir… voluntad que me hace falta para hacer todo de un tiempo atrás hasta hoy.
    El despertador suena una hora y media antes de mi hora de partida… es decir: hoy debo entrar a la una a trabajar, por lo tanto debo salir de casa a las once y media, por eso a las nueve y media debo levantarme para asearme y vestirme ¿suena bello, no? Lo era… si recordamos lo agotadoras que son mis cortas jornadas de sueño y teniendo en cuenta que viajar en transporte publico es una experiencia demasiado nociva actualmente… oh el transporte, ese tema tiene tanta tela para hablar; justo en ese preciso artefacto te la pasas encerrado una buena dosis del tiempo de tu día a día y sólo estiras un poco las piernas en lo que llegas a trabajar; si tienes que transbordar te jodes porque es volverte a encerrar en esas jaulas para macacos, encima de que seguramente debiste levantarte el doble de temprano; pero aún con todas esas existe gente que es puntual en el trabajo y que rinde y demuestra resultados, es decir, hay gente capaz de adaptar su cuerpo y su mente a ese estilo de vida… yo no podría, no puedo levantarme a las nueve para irme a trabajar porque no puedo dormir a las diez, por dormirme hasta las cuatro… por querer un momento para mí, por querer huir de la realidad… no me gusta estar aquí, me cuesta demasiado trabajo adaptarme, adaptarme a los cambios, al mundo... Al miedo.
    No siempre fue así. Cuando era mucho más joven de lo que soy ahora, iba y salía de mi casa con valor - o tal vez sin miedo, que no es lo mismo- a enfrentar el mundo, a conocer gente, por un momento de hecho pensé que se podía cambiar al mundo… hoy lo recuerdo para escribirlo y me doy cuenta de lo estúpido que suena eso. El mundo está jodido, lo ha estado más ahora que en otra época, quizá, pero siempre se ha estado pudriendo y me tocó verlo… hay un cuento sobre un incendio en el bosque, del que todos los animales huyen, excepto el pájaro que, ignorando el gran peligro, iba al estanque a cargar las plumas de sus alas con agua y volaba de regreso para arrojar unas pocas gotas sobre el cada vez más bravo incendio. En fin que, luego de unas cuantas vueltas, el gorrión se murió vencido por el cansancio y a medio volver del estanque. Agotado por el peso del agua en sus alas, cayó, no logró ni siquiera llegar al cuerpo de agua, el fulgor de las llamas a la orilla del incendio fue lo que le carbonizó… hermoso y triste cuento ¿No? Esa avecilla murió tratando de defender lo único que tenía y que le daba valor a su vida… mientras los demás animales miraban, ya que existen versiones del cuento en la que los demás animales le gritaban:
“¡Hey! no hagas eso, es inútil ¿no te das cuenta de que no ayudas para nada con la poca agua que recolectas con el plumaje de tus alas?
    O sea que los tristes animales no sólo presenciaron como perdían todo lo que tenían; además vieron morir al único con la poca dignidad de hacer algo por inútil que pareciera. Pero bueno, igual el estúpido pájaro tenía que darse cuenta pues lo único que demostró era lo poco que valía su miserable vida, tanto que a nadie le importó en realidad.
    Supongo que ya es hora de levantarme, luego de bañarme y desayunar seguro, seguro que me siento como nuevo… y es mentira: el cuerpo me duele, los hombros me pesan demasiado, las rodillas me arden como si no me hubiera movido en días, estoy demasiado cansado y después de una más o menos eficiente estirada salgo de la cama tiritando casi siendo vencido por el frío y me miró al espejo para ver la nueva versión de mi rostro decadente y desesperado para el día de hoy… no me gusta lo que veo, no me gusta lo que soy ni como soy, mi rostro iba bien pero ahora se convirtió en una víctima más de mi estrés, ya no solo es el acné, sino todo lo demás, mis ojeras, mis parpados; mis brazos que delatan a leguas mi debilidad; mi estómago gordo con esas horribles lonjas. De la cintura para abajo no me quejo nada. Sonará gracioso pero es un poco preocupante cuando a una persona le gusta solo la mitad de su cuerpo… qué horror me da ver mi cabello.
    No encuentro una manera de salir a la calle sintiendo que a la gente le va a gustar lo que verá en mí… casi todo esto son payasadas, al principio no me importó tanto hasta que me di cuenta… las cosas sin importancia fueron desde entonces mi martirio diario y ahora las cosas realmente importantes me congelan debajo de mis cobijas, me obligan a quedarme quieto por horas y horas muriéndome de miedo sin saber que hacer, cambio de posición pero no encuentro la manera de relajarme.
Nunca saldrás de esta
    Escucho que mi propia voz me dice a mí mismo… alguna veces era yo mismo hablando en voz alta, por lo que sólo faltó callarme y controlar mis palabras para darme cuenta de que esa voz, mi voz, estaba dentro de mi cabeza, rebotando en mi cerebro, recordándome que no puedo seguir adelante, que los perdedores como yo somos los que nos quedamos en la cama jodiéndonos a la par que todo lo demás se jode alrededor nuestro…
    En fin, que ya todo está en la mochila… sólo me falta mandarle un mensaje <<uff>> sin ella estaría realmente perdido, aunque últimamente no sé si es mi mente jugándome horribles trampas mentales, porque ya me ha pasado, o es que ha dejado de interesarse en mí. No la culparía, puesto que le he dado más que motivos para hacerlo y es lógico que cuando tratas mal a una persona y le haces daño, esa persona deje de quererte. Aunque a veces esa ilusión se desvanece y veo en ella a la mujer fuerte protectora y poderosa que siempre ha sido y que le sobran todavía un poquito de fuerzas para curarme a mí y digo quizás es eso… ella tampoco ser fuerte todos los días. Menos con las cosas que le has hecho.
    No paro de sentirme culpable, cuando la culpabilidad me asalta comienzo a esconderme, cuando el berrinche se me prolonga es cuando cometo una tontería, está otra vez esa voz que te dice que nadie en el mundo es capaz de querer a alguien como tú, que sólo está jugando contigo y otras cosas que me apenan mucho recordar en mis momentos de mayor sobriedad y lucidez. Momentos buenos que todos en la vida pasan, cuando te permites estar de buen humor, cuando le agarras ritmo a la vida y las cosas parecen volverse levemente más fáciles, todos sabemos como son esos días en los que todo va en orden y no hay nada de qué preocuparse… pero no me engaño, es sólo que las cosas aún están lejos de suceder y, como siempre, no tendrás manera de salir de ésta y recurrirás a la ayuda de alguien esperando contar con ella… ¿pero de quién vas a recibir ayuda? No hablo con nadie fuera de mi familia inmediata, me cuesta relacionarme lo mínimamente como para aceptar y de perdida considerar las palabras que alguien de buena fe me dice.
    Un día estás bien y animas a la familia y le demuestras tu alegría al mundo y al rato te quieres morir… eso es importante: saber y ser bien consciente de que así es esto, es como una montaña rusa en la que has llegado a un punto muy alto y debes bajar; la bajada no es nada agradable, de hecho la primera es, muchas veces, la caída más profunda y sientes cómo estás a punto de salir disparado del carro rogando a Dios que el cinturón no se suelte… Bueno, es eso pero adentro de la cabeza y, en lugar de ser el cinturón de seguridad, es el dinero, el trabajo, la ropa los problemas personales… hay que saber caer, saber que no es que las cosas vayan mal, es que tenemos puestos los lentes de sol y, aunque tampoco hay que estar frescos, no es necesario estar tan preocupado… es aquí donde el siguiente sistema falla, donde una manguerita hidráulica estalla producto de la presión: la voluntad.
    No sé exactamente lo que sea la voluntad, pero la entiendo como esa fuerza humana capaz de levantarse paraa luchar ante la adversidad, el deseo no solóo de hacer algo sino de lograrlo no importa cuán grande sea el reto. Y es que esa fuerza de voluntad se me ha enfermado por el miedo y la ansiedad que generan los pequeños micro fracasos sin importancia de todos los días y esto hace que se vuelvan tan grandes y, tomando en cuenta que la vida es toda una serie en conjunto de esos micro fracasos, puedo hacerme la idea de lo mal que la he estado pasando últimamente. Luego llega el cansancio… luego llegan las voces.
    Cuando se enferman el hígado, los pulmones o los riñones, el cuerpo comienza a asesinarse a sí mismo. Cuando se enferma la voluntad pasa igual, pero ahora es la mente la que se destruye a sí misma… es una sensación horrible, el ir perdiendo cada uno de tus pensamientos y el poder sobre ellos.
    Llego por fin al trabajo, que es una porquería, no podría llamarlo de otro modo, estar soportando a cada loco con su tema de los cuales tú eres uno más; el jefe que no para de molestar, otro jefe haciéndose tonto, pero todos son la misma locura, no hay uno que sea mejor que otro. Los clientes... no sabes de dónde sale esa gente que parece no tener cerebro, hay quienes saben pensar y hacer las cosas, otros de plano se comportan como bestias sin educación…
    Me repugnan la vida, la sociedad y el mundo en general... no quiero salir de mi cama, quiero quedarme dormido, no por pereza, sino para ya no pensar en nada, para no tener que enfrentarme al monstruo de mis pesadillas al día siguiente, para no sentir la opresión y el miedo apoderándose de mí al momento de afrontar un problema, para tener algo de dignidad que me permita alzar la frente y levantar la voz, pero no hay nada de eso… sólo un simple saco escuálido de huesos, una débil membrana que protege un interior todavía más frágil el cual ya está enfermo.
    Me siento triste… pero es una de las muchas cosas más que siento y de las cuales sólo consigo identificar unas pocas porque siempre  siguen el mismo orden: triste, molesto, no triste, neutro… yo preferiría mantenerme entre las últimas dos… pero de un tiempo acá mis emociones pertenecen al campo de la primera mitad. No importa cuánto sea capaz de esforzarme, no consigo mejorar, no consigo ser reconocido por algo que sea positivo para mi currículum, no soporto a la gente, no quiero estar aquí… quiero irme, quiero largarme de aquí, quiero que llegue la hora de la comida, que llegue un cliente que no se comporte como si fuera un perfecto imbécil, quiero irme a casa sintiendo que hice bien las cosas… no como un patético perdedor que parece no querer darse cuenta de lo mucho que ha jodido su vida… Permítanme descansar, permítanme descansar, por favor…
    Llego por fin a casa… hacerlo nunca ha sido nada fácil, el trayecto es tenso debido al tema de la inseguridad, algo más a lo que mostrar el debido valor, igual hay que salir y, si te meten un balazo, sólo queda esperar que se trate de una persona que quería matar y una persona que quería morir, cuando no es así hay mucha pena. En fin que el regreso a casa por la noche es triste, a veces hay alguien con quien platicar, y nuevamente no sabes si es tu mente, pero parece ser que no le caes tan bien… Apenas escribiendo esto me doy cuenta de que la mente enferma, la mente con un mal, juega sin piedad conmigo. Total, de regreso prefiero transbordar, pagar un poco más por el transporte que me deje lo más cerca de casa posible… llegar a casa es bonito de unos días para acá, sé que la mayoría de las veces alguien me recibirá y podremos hablar un poquito sobre cómo nos va.
    Pero con ella no he hablado, eso es finalmente lo que me termina de romper, podemos decir que el sentir que una persona te hace falta para sentirte fuerte es lindo… en la realidad no lo es tanto, cuando éramos un par de jóvenes enamorados esperando vivir un día más para querernos sí que era lindo… pero cuando la realidad llegó dejó de serlo tanto. Cuando me levanto sin verla tengo miedo, sueño terribles pesadillas y despierto con unas ganas inmensas de que esté a mi lado, de que me consuelen, de besarla y acariciarla, el no verla eso sí no… todo lo que sea menos eso… dice mi cabeza, o tal vez mi corazón, y lloro, y mi día fue una enorme pila de mierda.
    Ya sé que siempre ha de haber esperanza, y de hecho la hay, la vida presenta su forma más bella de manera bien desplegada para que mis ojos la presencien… es la maravilla de esa vida la que me hace bien, la que me da valor… gracias a Dios… un poquito de valor… en medio de todo.
    Mi día termina: sigo despierto, quizá vea otro vídeo más, quizá espere un ratito más en lo que me contesta, o a ver si me contesta, no, ya no va a contestar mejor me pongo a hacer otra cosa… ya no quiere estar conmigo, ya no le importo, como no le importo a nadie, debería demostrar entonces lo mucho que los demás no me importan…
    Son las cuatro de la mañana, ya me dormiré… mañana me levanto a las nueve treinta, sí alcanzo a descansar un poco si me duermo ahora. Mañana será otro día.


lunes, 6 de julio de 2020

Mescalito (Relato)


Se sabe que algunos pueblos nativos de la región ocupan el equivalente a un diminutivo en nuestra lengua para referirse a las cosas de mucho respeto… tradición muy extraña, que se ha ido preservando para señalar entidades y poderes muy antiguos.



Después de haber aspirado la pantanosa niebla del bosque en el que me encontraba, llegó un claro apenas iluminado por una luna bastante lejana. Entre la torpe luz que me era dada naturalmente pude vislumbrar un ser antiguo, no sabré decir cuánto, pues carezco del conocimiento para dar el dato exacto de la antigüedad del universo entero… o posterior incluso al mismo universo… una sabiduría que ya existía, viviendo y creando.
    Los mismos abuelos, los puntos cardinales, los comieron para soñar y crear al hombre, y aún entre ellos, eran pocos los que llegaban a presenciar al ser con forma de cactácea, el conocimiento ancestral capaz de guiar la sabiduría del universo. Nadie sabe de dónde viene tanto conocimiento, sólo que es capaz de dar poder a aquel que lo domina.
    Presenciarlo es tan terrible como hermoso, tanto que no sabía si contemplarle o aborrecerme… Ese ser que no permite que su poder sea usado por aquellos que le desagradan, existiendo casos de personas que habían muerto tratando de conocer y descifrar sus secretos. Cuando preguntó: su voz sonó terrible como una especie un zumbido ultrasónico, un tipo de onda más allá del poder de comprensión humana, que no supe diferenciar entre música o ruido; tan estridente, que tuve que gritar en voz alta mis propios pensamientos. Yo mismo me sentí tan abatido y confundido por la situación, que no supe en realidad qué le respondí a lo que me preguntó, pues mis palabras brotaron de mi boca como negras nubes cargadas con rojos destellos… Como si la física no permitiese la conexión material para hablar con un ser tan lejano capaz de romper todas sus leyes… Un ser capaz de romper esas leyes a voluntad y sin problema, quizá fue esa la sensación que me obligó a adornar con contorsiones mi intento de discurso a lo que me preguntó.
    Luego se fue, tan rápido cómo había llegado… algo me había querido decir, pero estuve demasiado asustado como para entenderle. Aun así fue bondadoso y jugó conmigo, en vez de destruirme por entero, con sólo uno de sus pensamientos.
    A veces también tiene forma de perro, aunque los más viejos se burlan y se ríen aclarando que en verdad se trata de la forma de un coyote. En fin, los más sabios a veces dicen que cada quien lo ve como su razonamiento quiere. Y eso en parte es verdad, pero sólo niveles más altos del conocimiento lo llevan a uno a poder ver alguna de sus verdaderas formas, revelando rara vez más de una.
    Capaz de atravesar el éter y llegar a estar al lado de quien lo invoca, pues se transporta desde las afueras del universo hacía esta dimensión tan limitada por sus leyes a través de la savia ancestral, el fruto del desierto y de los valles. Aquel que conoce a los enemigos y, conoce el procedimiento para vencerlos. La eterna sabiduría más allá de la naturaleza. Aquél que conoce el secreto de la herbolaria medicinal y sagrada, la historia del mundo y de los hombres y es de los pocos guardianes del secreto de su destino; la paz interna, la comodidad interior, la visión para el viajero... El viejo sabio que anda por el camino. Es la poesía existente antes de existentes las artes mismas… la danza y la armonía cósmicas, el sonido del universo, la vibración.
    Pero también el tormento, el castigo merecido por la osadía y el atrevimiento, el severo castigo de un honor ofendido, la justa venganza, el castigo divino, el terror vívido. Entonces, cuando volvió casi tan rápido como se fue, tuve la sensación de que ya estaba de vuelta hace tiempo y apenas me volvía a percatar de haber estado largo rato en su bello trance.
    Trance que no hubiese interrumpido de no ser la sensación, la noticia que nuestro cuerpo da cuando entiende que algo no está bien en él. Luego viene el miedo, el enemigo, no es el más poderoso de los cuatro enemigos que existen, pero últimamente hay muy pocos hombres que logran superarlo. Sin embargo, este miedo era tan real y auténtico, que me hizo sentir el más antiguo de mis terrores infantiles. La mente es mucho escándalo para sintonizar con la máxima presencia, por lo que puede resultar lesionada gravemente, llegar a sentir la propia muerte, la inexistencia… tus átomos dispersos en los espacios existentes entre dimensiones, la muerte de la mente, el cuerpo, y el espíritu, morir de verdad, ser un cuerpo condenado a pudrirse.
    No regresé a terminar mi preparación, permití con el máximo respeto posible que aquellos secretos quedarán ocultos y guardados únicamente para el uso de los sabios, aquellos que vivían largas horas en el árido desierto, aquellos que viajan a través de los planetas sin sufrir alteración fisica o química, los adoradores del poder prohibido, los casi inmortales, conocedores de los rumbos...
    Naturalmente mi guía se molestó mucho, más nunca supe ver si fue por hacerle perder su tiempo o por la decepción que sintió de mí, quizá fue también que estaba desesperado o un poco apresurado de encontrar un digno sucesor... él mismo me lo había contado, que cada día se sentía más viejo y cansado, pero mescalito le había prometido un sucesor y acémila de sus conocimientos, y mescalito no mentía, pero vaya que gusta de poner prueba tras prueba. Espero que Don Juan logré pasarlas todas.... pues si tan extraña e incomprensible era una entidad bondadosa ¿cómo de terribles serían aquellas destinadas únicamente a la destrucción?



sábado, 4 de julio de 2020

De la Luna y el Sol (Cuento)

Fue hace mucho, cuando el tiempo mismo era una cuestión insustancial y nadie presenciaba su paso a través del éter, el caos primero se apoderó del espacio vacío y durante cientos de miles de años las rocas incandescentes llenaron el vacío oscuro, materia de la que se compone el universo.
    Algunos astros que giraban vertiginosamente a través de la nada, comenzaron a atraerse entre sí. Pese a que les gustaba estar a solas, se acercaron lo suficiente uno del otro hasta ser capaces de ver su luz entre ellos, formando grandes cúmulos de estrellas llamados galaxias.
     No hay manera de decir si fue pronto, o en realidad pasaron cientos de miles de años, pero algunos astros se apagaron y comenzaron a girar un poco más lento, algunos trazaron órbitas, y se quedaron cerca de las estrellas que les proporcionaban luz y calor. Así, los planetas conformaron sistemas, aunque algunos se acercaron demasiado al sol y se quemaron; otros, tuvieron miedo y se alejaron demasiado del sol, congelándose. No obstante, el orden llegaría paulatinamente y una coincidencia temporal le hizo notar al sol que existía una pequeña luna girando alegremente alrededor de un planeta hecho de agua y tierra. La luna era pálida y blanca, pues se había formado de cientos de rocas que, compactadas, se fusionaron a lo largo del tiempo.
     La luna por su parte, se había encargado de evitar que el planeta cercano a ella se acercara demasiado al sol, y ahora giraban juntos alrededor de la poderosa e incandescente estrella. La luna gustaba de sentir su calor y brillaba con su luz cuando, por efecto de los mares, se acercaba un poco más a su querido planeta.
– Tu luz y calor son intensos – dijo la luna con una voz suave como la música que después crearían los hombres –. Me regala un poco de luz para iluminar a mi querido planeta, que es parte de mi como yo de él, cuando uno de sus lados no puede ser alumbrado por ti.
– Mi luz y calor es para todo aquel que se encuentre cerca de su alcance – contestó alagado el sol –, y me gusta verme reflejado en ti, pese a que somos tan diferentes.
     Desde entonces, el sol y la luna charlaban por horas y horas, ella entonaba dulces melodías de cariño y paz para el sol y éste le respondía con versos de amor. Aunque en algunas ocasiones, las melodías y los versos eran tristes ya que la luna y el sol deseaban abrazarse y besarse fuertemente, más la fuerza gravitacional y el enorme poder del sol se los impedían, ya que, aun cuando pudieran moverse quebrantando toda ley física, el tremendo calor del sol destruiría a su amada luna.
     Una ocasión, la luna despertó sintiendo un calor intenso cual si una poderosa y apasionada caricia se plasmara en la inmensidad de su ser, estremeciéndola: su querido planeta de agua y tierra estaba iluminado por el sol pero ella proyectaba una sombra como si provocase un pedazo de noche sobre él.
     El sol se encontraba ubicado justo detrás de la luna, aprovechando para enviar todo su ardiente fulgor a su amada, quien con cariño correspondió, acariciando a su amado con ternura.
– Sólo una vez, cada mucho tiempo – dijeron ambos –, podremos estar los suficientemente juntos para amarnos.
– Ni yo te iluminaré.
– Ni yo te oscureceré.
     De ese amor, nació un dios, que era invisible. Pero para la gran tristeza y dolor de su padre, no podía acercarse a él, porque podría quemarse. La gran pena del sol le impidió seguir dedicando hermosos versos de a su amada, quien, sabia como todas las madres, supo consolar a quien amaba.
– No temas por el pequeño – dijo la luna –, cuando llore por ti, me convertiré en cuna, donde podré arrullar a nuestro querido amor, y así, en mis brazos dormido, le envuelva tu calor. Cuando de mis brazos se aleje porque a caminar comience, con fuerza debes brillar y de sangre mi cuerpo iluminar, para que esté entre los dos caminando y sepa que por los dos es amado.
    Este amor arrullado por la luna y el sol llenó a la tierra de vitalidad, poblándola de todo tipo de formas de vida. Algunas fueron hijas de la noche y otras del día. Los hijos e hijas del día se nutrían y vivían gracias a la luz del sol y descansaban por las noches arrullados por la luna; mientras tanto, los hijos e hijas de la noche se desplazaban entre las tinieblas, muchas veces con la ayuda de la luz de la luna y descansaban bajo la mirada protectora del padre sol.
    Todavía, cada cierto tiempo, la luna y el sol se aman con toda su fuerza, ella colocándose enfrente de él para regalarse cariño y pasión. Y, todavía, el Dios hijo, fruto de este amor, sigue siendo arrullado por los brazos de su madre y calentado por el fulgor de su padre.



domingo, 3 de mayo de 2020

Un Pútrido Demonio. Parte I: Renacimiento

Era una comunidad pequeña, muy cercana al centro del ya desparecido municipio de Blas Hernández. Un pequeño grupo de emprendedores y funcionarios públicos juntaron sus ahorros para comprar el amplio terreno que ahora constituía el fraccionamiento Fontanares: un extenso espacio de varias yardas con casas de espaciosos patios y grandes jardines traseros, cómodas habitaciones y ninguna de aquellas pintorescas residencias tenía menos de dos pisos; casas de ricos al fin, separadas varios metros las unas de las otras.
   Del lado poniente de Fontanares corría un apestoso manantial de aguas negras. Su caudal fue en otro tiempo un río fuerte y calmo, por el que se veían nadar algunas truchas y mojarras en los días finales de primavera, teniendo su auge en los días más calurosos del verano. Naturalmente que dicho río fue la segunda víctima de la erección del fraccionamiento luego de los árboles; cuando éstos fueron talados o removidos para aplanar el terreno, el pobre río fue asaeteado impíamente por el sol y sangró resequedad en varios puntos, además, algunos vecinos conectaron directamente sus drenajes al río debido a que el presupuesto no alcanzó para un correcto sistema de alcantarillado. Así, la vena del caudal se pudrió, la disminución de las aguas obligó a los montones de mierda expulsada por los vecinos a quedarse atascada en el fondo del raquítico manantial, cuyas cada vez más escasas aguas fueron incapaces de arrastrar toda esa inmundicia, disminuyendo así la rapidez del cauce, el agua se estancó y los peces murieron llenando de moscas el caudal y por fin, se convirtió en el pútrido y apestoso manantial que penosamente corría a espaldas de las casas que de vez en cuando seguían empachándolo de soretes y demás venenos inmundos.
   Al otro lado del manantial se encontraba la Colonia, un barrio obrero poblado de casitas grises construidas apretadamente entre los cerros. Se conectaba con el fraccionamiento a través de un penoso puentecillo de cemento que atravesaba el manantial a escasos metros de las turbias y pestilentes aguas negras, sobra mencionar que los habitantes de Fontanares nunca utilizaban dicho puente, que era atravesado sólo en las horas oscuras de la madrugada y de la noche por los y las personas de la Colonia que se dirigían a sus trabajos, ellos agradecían la construcción del fraccionamiento pues gracias a éste un pedazo de cerro se convirtió en la escalera que daba al puente y sólo bastaba cruzar un pedacito de fraccionamiento para llegar a una parada de camiones que los ricos acondicionaron. Los dueños del fraccionamiento, en cambio, lamentaban la decisión, pues detestaban tener que mezclarse con aquella gentuza de comportamiento hostil y desagradable.
   Para los ricos, los habitantes de la Colonia parecían animales, pues sólo andaban en las horas sin luz, sus esposas, las que no trabajaban, pasaban el día entero encerradas en sus casas o al menos eso decían porque, como ya se mencionó, nadie del fraccionamiento iba jamás a la Colonia.
   Nadie salvo algunos niños quienes en la travesura de desobedecer a sus padres cruzaban el puente y se adentraban en las calles cercanas. Los más sensatos contaban a sus amigos que había una subida bastante pronunciada coronada de su lado izquierdo por una papelería, perpendicular a la calle de la cuesta, una avenida antigua con una tiendita y más nadie había visto. Otros chicos narraban pavorosas experiencias, algunas simplemente transmitidas de grandes a chicos, que se habían vuelto bastante populares nutriéndose en detalles gracias al boca a boca.
   Una de las tantas habladas refería que los habitantes de la colonia tenían la piel más oscura de lo normal y que, al hablar con extraños, sus acentos eran golpeados y agresivos y de igual modo sus actitudes para con los desconocidos eran hostiles, como bien afirmaba un grupo de chicos que fueron perseguidos por un habitante de la colonia que los vio mientras daban una vuelta en bicicleta. 
   Otra de la historias hablaba acerca de una obrera que pasaba por el puente a medianoche, cuando fue interceptada por otro habitante de la Colonia quien la forzó a concebir un hijo con él, reteniéndola en su casa y alimentándola con sus excrementos y su orina hasta que por fin dio a luz a un niño. Una noche nauseabunda, pues el calor del verano secó el manantial provocando que inmundos vapores emanaran de éste, la mujer logró escapar de la casa de su raptor completamente vestida de negro con el niño de tres años dormido entre sus brazos. La desdichada caminó sigilosamente por las odiosas tinieblas hasta llegar al puente y ahí, falta del coraje suficiente para cometer sus ignominiosas intensiones, echó una última y lastimera mirada sobre aquel engendro abyecto fruto de la desgracia y la maldad lo cual le dio el valor suficiente a sus brazos para abrirse, dejando caer a la inocente criatura a las aguas del manantial. Después de esa pútrida noche nunca más se volvió a saber nada de aquella mujer.
   Esta fantasía infantil fue alimentada por el relato de don Agustín, el velador del fraccionamiento, el cual refería que una noche, en la que el manantial hedía más de lo normal, vio a lo lejos a una mujer, completamente vestida de negro, salir corriendo del lúgubre callejón que daba al puente. Don Agustín no solía acercarse ni a cien metros del callejón aquel pero, temiendo que la mujer huyera de alguien, desenfundó su viejo pero bien mantenido revolver y la linterna; era imposible que la mujer le hubiera visto y aún de haberlo hecho no se detuvo y decidió continuar con su frenético escape. El velador se acercó lentamente y se adentro en la profundidad del callejón que en aquellos días no contaba aún con ningún tipo de alumbrado, iluminado apenas por la linterna y ya envuelto por entero en aquella hedionda oscuridad, Don Agustín comenzó a descender las escaleras muy lentamente mientras su pecho se oprimía por una, despreciable sensación de macabra incertidumbre que aceleraba incontrolablemente el fluir de su sangre obligando a su corazón a golpetear de manera salvaje en lugar de latir sorprendiendo al duro hombre cuando se dio cuenta de que debía poner especial empeño en mantener su linterna quieta y que le faltaban manos para secar las gotas de sudor que se agolpaban en su rostro. Una vez en el puente, una leve pero constante llovizna se desató iluminando por momentos la casi total oscuridad con algunos relámpagos ausentes de truenos.
   Sin poder entender la atmósfera de horror que brotaba de aquellas pútridas aguas, don Agustín se paró justo a la mitad del puente, pues temía acercarse más a la colonia, no había ni una sola alma en ese lugar; de repente, su corazón se detuvo un instante para seguir latiendo ahora con más violencia, mientras su mirada perdía toda ubicación debido a la contracción repentina de sus músculos fruto del salto que pegó cuando escuchó llorar a un bebé, el llanto parecía venir del manantial, así que mandó el haz de su linterna hacia las aguas, sin poder ver nada. El llanto continuó un rato, sin duda provenían de debajo del puente, donde la leve luz de la linterna no podía iluminar y sin duda se trataba del llanto de un bebé, pero con la llovizna el nivel de las aguas comenzó a subir y el llanto se convirtió muy lentamente en un burbujeo y, después, en silencio. El velador avisó al señor Zambrano, uno de los habitantes más antiguos del fraccionamiento, quien llamó a la policía, no tardaron mucho, sin embargo, no encontraron ningún niño.
   Conociendo a los adultos, cuyo recelo hacia los habitantes de la Colonia no impedía las expediciones clandestinas de sus hijos ni sus largas estancias en el puente, era probable que hayan inventado todas aquellas historias, que contrariamente no hicieron más que alimentar el morbo de los niños y estimularon aún más sus viajes a la Colonia.

En la residencia de los Zambrano, una de las primeras familias en alojarse en Fontanares y una de las más respetadas, se tenía una idea bastante diferente de la gente de la Colonia. Comprendían que la falta de oportunidades propias de la clase media baja generaba estrés en sus habitantes, que la razón de salir tan temprano de sus casas y volver tan de noche no era otra más que largas jornadas de trabajo y lo lejano de las fábricas a las que iban todos los días a laborar. Eso sí, el propio señor Zambrano sabía que otro problema de un barrio de esa clase social era la inseguridad y más miedo le tenía a los pandilleros, robachicos y asaltantes que pudieran poner en peligro a los chiquillos que se aventurasen solos o acompañados por la Colonia que a cualquier monstruo o criatura producto de la ficción.
   Zambrano hacía su esfuerzo por parar la diseminación de aquellas historias ridículas que solamente incitaban a los niños y jóvenes a cruzar el puente para comprobar la veracidad de las mismas, por lo que no dudó en reprender no una sino varias veces a Don Agustín por contarle su anécdota del niño arrojado del puente a los chiquillos
-  No es ningún cuento, señor- afirmaba el velador.
- Acuérdese que esa misma noche bajaron muchos oficiales y no se encontró a ningún niño- le reprendía el señor Zambrano - ni aquí ni a varios kilómetros río abajo.
- Porque el agua del manantial subió mucho por la llovizna, aquí no fue mucho, pero más arriba en Cahuacán hubo chubasco y de ahí viene el agua que alimenta al manantial
- No me mareé más, ya no le cuente eso a los niños.
   Terminaba siempre así aquella conversación, no obstante, siempre había un niño o niña contando por ahí la historia que le contó el velador. Además, recientemente, Don Agustín había escuchado ruido en el manantial a diferentes horas del día y de la noche, advirtiéndole a los jóvenes que no se quedaran mucho tiempo ahí y que, más importante aún, no bajasen por ningún motivo.
   Uno de aquellos niños era el propio Erick, hijo del señor Zambrano, quien se había obsesionado con las historias del velador y en especial con aquella que contaba sobre el bebé arrojado a las aguas negras. Aquella noche pútrida, Erick había escuchado desde su habitación, cuya ventana daba al puente, los llantos desgarradores de un bebé y vio al velador intentar vislumbrar algo con su linterna infructuosamente. Habían pasado ocho años desde aquella noche, pero el muchacho todavía solía trepar por el enorme y frondoso árbol de aguacate en su patio trasero para pasar largas horas observando el manantial en busca del bebé arrojado que tendría entonces diez años - de ser ciertos los relatos - apenas un año menor que el cada vez más introvertido Erick Zambrano.
   Sentado en una robusta rama, Erick veía la vida suceder, le gustaba ver trabajar a Silvestre, un jardinero que solía laborar tanto en la Colonia como en Fontanares, la gente le tenía bastante confianza, tanta que acostumbraban no echar cerrojo a las puertas y dejar que Silvestre trabajara largas jornadas en los jardines traseros, fue Silvestre, de hecho, quien plantó el robusto árbol de aguacate cuando el padre de Erick recién compró el terreno para su casa- No obstante, aquel moreno y gordo jardinero no hablaba con nadie, parte de su celo profesional, pues era mejor mantener una relación distante con sus clientes para no despertar suspicacias de ningún tipo entre los vecinos
   Silvestre era alto y robusto, media casi dos metros de altura y poseía una prominente barriga además de una espesa barba de leñador que era el único tipo de vello en su cabeza, pues era calvo completamente y sus cejas y pestañas eran muy delgadas; su piel era morena y estaba requemada y curtida por el sol, por lo que su aspecto resultaba bastante imponente e intimidante, además en sus ojos se reconocía que había visto mundo y sólo Dios sabía cuánto. No obstante su hosco aspecto, hacía su trabajo con total delicadeza: los arrayanes quedaban bien parejitos y floreaban y daban fruto espléndidamente cada temporada; el césped quedaba con la altura y el volumen ideales sin marchitarse; los árboles cobraban vida nueva cuando los podaba y, añadido a todo esto, cobraba barato por sus servicios y poseía conocimientos de albañilería, plomería y carpintería. La única persona en el fraccionamiento que no terminaba de confiar en él era el propio Don Agustín, quien sacando un poco de charla con el jardinero supo que éste vivía y había nacido en la Colonia, motivo que lo mantenía vigilando las dos cuadras aledañas a la casa en que trabajaba Silvestre.

A Erick le gustaba ver trabajar a Silvestre pues permanecía siempre en silencio, ensimismado en su labor y sin percatarse del pequeño espía de los árboles, pues la rama en que el muchacho se encaramaba estaba rodeado de ramas más delgadas y bastante frondosas que le ocultaban efectivamente. Una tarde en la que Erick veía al jardinero regar con un aspersorio de mano las flores de un bello durazno, cuando escuchó un ruido provenir del manantial. Dicho ruido era la inquieta armonía de un forcejeo compuesta por el aletear desesperado y el cacareo aterrado de un gallo sometido por un chico de unos diez años que mantenía sus rodillas encima de las patas del animal, con la mano izquierda mantenía las alas de la robusta ave hacia atrás y con la derecha sujetaba la cabeza del gallo para evitar ser picoteado; el niño mordió entonces a su presa justo en la parte más ancha de la pechuga, provocando que borbotones de sangre salieran despedidos por todos lados y miles de pequeñas gotitas carmesí salpicaron su rostro; con una sacudida violenta, el infante desprendió un gran trozo de carne y el ave lanzó un último grito de desesperado horror y muerte, convulsionándose bruscamente mientras era testigo de cómo su captor mascaba el trozo arrancado para engullirlo con todo y plumas. 
   Incapaz de realizar movimiento alguno, víctima del horror, Erick simplemente se aferró a la robusta rama con las sudorosas manos, esperando que las hojas evitaran que fuese descubierto, quiso voltear hacia otro lado para hacer de cuenta que nada vio, pero fue tarde, el niño o demonio aquél que devoraba un gallo vivo en el manantial ya lo estaba mirando fijamente de manera inexpresiva. El extraño y odioso ente se puso de pie y le sonrió a Erick, estaba completamente desnudo, en sus axilas y rodillas existían grotescas costras de mugre que se mantenían húmedas en los pliegues, unas manchas asquerosas daban a su cuerpo entero un ignominioso aspecto, su largo cabello asemejaba a un arbusto enmarañado y endurecido de a saber cuánta inmundicia; mantenía el ojo derecho cerrado y su miembro comenzó a erectarse. El niño o demonio tomó a su presa del suelo y, sin dejar de sonreír ni de mirar a Erick, lo sumergió largo rato en las pútridas aguas del manantial, sacándolo de ahí, lo llevó inmediatamente a su boca y lo sostuvo con los dientes. Una vez libres sus manos infectas usó los dedos de éstas para levantar su párpado muerto, mostrando un ojo podrido casi enteramente negro pues pústulas de pus y algunas llagas agregaban matices blancos y sanguinolentos. Tras aquellos eternos instantes, el horroroso ente se adentró en las aguas del manantial y caminó cuesta abajo llegando a una zona donde el nivel del agua alcanzaba sus muslos y se sumergió por entero ahí. Las ondas en el agua provocadas por el buceo de aquel demonio le indicaron a Erick que el chico se quedó oculto debajo del puente, por el cual pasó una señora unos instantes después.

sábado, 21 de marzo de 2020

Una noche sin Aplausos

Estoy buscando, de esta noche, los aplausos
y cubrirme de esta brisa que es tan fría
sino lates dentro de mi pecho
si eres sólo un vacío en mis cobijas.

Suena hoy, música, trayéndome rescate
espanta la tristeza y al dolor;
suena ahora, música, no más tarde,
visítame esta noche, ven a mí ángel de amor.

Si sentirme yo en tus brazos hoy pudiera
y vivirte en un instante más que eterno,
correría para siempre prisionero
siervo y amo del calor que me condena;

dejaría de esta noche los aplausos
y bañaríame todo en brisa fría
latirías, por siempre, dentro de mi pecho
no serías un vacío en mis cobijas.

 


 

Mal Padre

Cuando me preguntan si tengo hijos suelo contestar <<tuve uno>> su madre me lo quitó porque, según ella, yo era un mal padre. Si...