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lunes, 23 de diciembre de 2013

Luna de Cristal

Brilla, blanca por el cielo en que naciste, siempre te veré más bella, siempre me hallarás más triste.
Juan de Dios Peza

Mi vida, oscurecida desde adentro debido a la pérdida de mi hermosa estrella, oculta en la distancia, a cobrado un nuevo tono oscuro y confuso.
   Que puedo tener como inspiración si aquella que brillaba en mis noches de  soledad ya no está, su luz ya no resplandece en las noches más oscuras y por lo tanto, yo no puedo convertirme en la sombra que se proyecta en el suelo y que sobre éste se arrastra.
   Qué castigo tan intenso sufre mi herido corazón, mi estrella se ha apagado, se ha ido tan lejos para alumbrar a alguien más y espero que aquella persona a la que alcance su resplandor, sepa venerar con el debido respeto la potente luz de la estrella de mi princesa.
   Hay una luz más grande, más potente y sin embargo, no apunta hacía mí, sino hacia todos lados, casi de la misma manera en que lo hace el hiriente sol, su brillo opaca las demás estrellas que a su lado se encuentran y alumbra los rincones más oscuros de los corazones solitarios.
   Seguramente el brillo de mi estrella se vería reducido a nada junto al resplandor intenso y blanco de la luna de cristal que alumbra como un enorme faro en el oscuro telón del cielo.
   Esa luz es hermosa, bella, digna de admirar, lamentablemente, se trata de la luna y no de cualquier luna, de una luna de cristal, tan frágil como su mismo brillo. Una luna que no todas las noches alumbra el cielo, una luna que a veces nos muestra un lado oscuro y que a veces parece ser más grande y en otras ocasiones, se encuentra ausente, deleitando a alguien más.
   No es como mi estrella que deleitaba a toda la creación y engalanaba el cielo entero, mi estrella visible desde cualquier punto de la tierra. Se diferencian también, en que la luz de esa luna de cristal ilumina a tantos y a nadie, la luz de mi estrella, iluminaba a todos pero sólo a mi me miraba.
   Mi estrella se encuentra tan lejos, y la luna de cristal tan cerca, tan cerca que la puedo tener, pero ausente en las noches más oscuras cuando necesito de su luz, por eso no puedo amar a la luna, porque aunque lejos, mi estrella está ahí, y la luna, tan cerca, se pasa las noches de amor ausente.
 

 

martes, 9 de julio de 2013

Hime Krasivy (Narración)

¿Quién es la inspiración de mis poemas? ¿Quién es la que enciende con su bella y roja flama mi delirio amoroso para escribir empedernidamente? ¿Quién hace que mis palabras se vuelvan cursis y metódicas solamente para exagerar al punto de lo inentendible toda su belleza? ¿Quién hace que yo tema dormir por el simple hecho de que tengo miedo de no soñar con ella? 
    Es simple, simple y repetitivo como jamás lo serán las historias verdaderas de Amor. Una Princesa, que con su gran belleza logra deslumbrar a este pobre plebeyo, uno de los muchos que se postran con mirada espabilada a las orillas del sendero que recorre solamente para que un rayo de la luz brillante que irradia toque nuestros ojos embelesándolos y así caliente nuestros rostros.
    Ella es la princesa Hime Krasivy, una noble dama de pureza sin igual; sus ojos son el más hermoso poema de amor que jamás se haya escrito, una tierna poesía inspirada únicamente en su rostro y escrita de una manera tan dulce como su voz, la compostura de aquellos versos son resguardados por sus labios y sostenidos para siempre en el negro misterioso y profundo de sus cabellos.
   Sus rojos, tiernos y dulces labios están encantados, con una sustancia que nadie puede distinguir entre la medicina o el veneno, el hombre que haya tenido la dicha o la desgracia de besarles, seguramente se encontrará vagando todavía en el infinito de esa pasión de la cual son poseedores. Aquellos labios deliciosos, encantados, son la única e inescrutable  compuerta a una hermosa galaxia, cuyas estrellas son las brillantes perlas de sus dientes, que por verlas los hombres mueren y las demás mujeres se enrabietan.
   No obstante, rostro refleja tristeza, una tristeza desconocida, causada seguramente por un acto tan infame como para querer atentar contra la belleza de aquella criatura; sin embargo, ni la tristeza, ni los años podrán cubrir con su horroroso y denso polvo la belleza natural que siempre existirá en ese rostro tan perfecto, como perfecto solamente podría ser el mismo Dios.
   Ella es la Princesa... como la conocen todos, como la conozco yo... la Princesa Krasivy, cuya piel deseo tocar sin importar que mis manos se corten y mi piel se agriete con la dulce finura de la seda de su piel, creo que ni siquiera la seda es tan suave como la piel de la Princesa; no existe ningún tejido, por esmerado que se fabrique, que pueda siquiera intentar la gran osadía de superar la perfección de Hime Krasivy. 
   Cae la noche, como caen sus cabellos negros, pero hasta la inmensa y profunda oscuridad nocturna se somete al negro de sus cabellos, que al descender someten toda clase de tiniebla y nos brindan una oscuridad acogedora. Yo quiero perderme en esa oscuridad y quedarme dormido en el inmenso sueño de su perfume, esperando a la muerte, que es la única capaz de arrancarme del inmenso idilio al que la fantasía de donde ha nacido la Princesa me ha sometido.
   ¿Existe acaso una belleza tan grande como la de Hime Krasivy? Quizá sólo en el paraíso, cuya prueba de su existencia es la Princesa Krasivy, seguramente es la criatura cuya ausencia ha dejado en tinieblas al mismo Luzbel. 
   ¿Qué merito tenemos los mortales para disfrutar de una obra de arte como Ella? Seguramente se trata de una de las rosas que la Virgen plantó en la tierra y que ha crecido tan hermosa como la divinidad misma. La obra misma del amor, la mujer perfecta de los poetas, la figura sin falla de los escultores,  la musa inspiradora de los pintores, la inspiración misma de los escritores, cada musa de cada uno de los artistas consumada en una creación sin igual. Después de la Princesa, no habrá artista ni creación que valga la pena admirar.
   ¿Qué mérito tengo yo que me atrevo a enamorarme de ella? ¿Para intentar plasmar su belleza en medio de estas letras muertas? No lo sé... tal vez se deba a que toda mi cordura y razón se han ido con ese destello de luz que ella una vez dejo caer sobre mí. Así es, soy dichoso entre todos los mortales, porque durante una brevedad, pude amarla y tener su amor infinitamente esplendoroso.
   Sin embargo, me di cuenta de que su corazón era tan valioso, que intentar poseerlo se trataba de un pecado inexpugnable. 
   Por eso, la bella Princesa se ha ido al cielo, a 42, 274, 352 años luz de la tierra, una distancia que esconde perfectamente su identidad. Porque solamente el cosmos es tan infinito como para salvaguardar de manera integra tanta belleza y perfección.
   Ahora es solamente una estrella más entre todas las que iluminan las románticas noches de los enamorados y las solitarias noches de los artistas. Ella se elevó para siempre en un lugar donde jamás la podré alcanzar, donde estará segura, donde mis manos no podrán profanar su cuerpo, ni mis besos enturbiar aquella boca, donde mis letras no podrán expresar las terribles herejías de intentar describir su belleza. Donde mi amor no podrá alcanzarla.
   Ella brilla, solitaria, pero siempre hermosa, y brillará por toda la eternidad... puedo escuchar las notas musicales de su voz y la dulce melodía de sus palabras que me envuelven cada noche en una canción de amor. La veo brillar todas las noches, la Princesa Hime Krasivy, poseedora de una gran belleza y de un infinito amor; los cuales tuve la osadía de querer poseer. Ella se ha ido al cielo nocturno, de donde yo pienso que jamás debió bajar, y ha vuelto a dejar a todos los mortales inmersos en la soledad.
   Desde ese cielo oscuro y frío que se ilumina y se calienta con su presencia, suelo imaginarme noche tras noche que me grita: TE AMO.



Mal Padre

Cuando me preguntan si tengo hijos suelo contestar <<tuve uno>> su madre me lo quitó porque, según ella, yo era un mal padre. Si...