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lunes, 4 de agosto de 2025

Ensayo Post Suicida

17-06-24
Al final de muchas mañanas logramos levantarnos. Al principio de muchos días fuimos incapaces de salir de la cama.    
    Hoy no quiero salir adelante; hoy no tengo ganas de luchar, de esforzarme ni de ganar; no tengo ganas de salir adelante. Quiero quedarme exactamente como estoy, recostarme lo más cómodamente posible y quedarme dormido. Dormido para no sentir nada, no pensar en nada, no sentirme asediado por el hambre o la sed, no preocuparme por nada ni por nadie.    
    Dormir y sin darle una mayor importancia a la sucesión de eventos que ocurren en nuestra mente víctima de un juego de luz mental que interpretamos a manera de sueños, una errática secuencia de situaciones sin correlación alguna. Sin pasado ni futuro para creer o temer. Para no trabaja, para no cansarme, no sudar, ni sobre esforzarme ni nada. 
    ¿Será acaso esto parecido a querer estar muerto? A mí no me lo parece, llevamos la muerte dentro de nosotros todos los días y todos los días libramos una batalla contra la muerte: accidentes, enfermedades, atentados y desastres naturales. Y no por conseguir sobrevivir hemos ganado: cada día que vivimos es un día más que morimos. Porque vivir mata.
    Así que no. No deseo la muerte, porque ésta llegará en su momento, ni antes, ni después, ya sea que la anhele o no.

17-06-24
A través de los diferentes momentos de un proceso doloroso llegamos a obtener la convicción sobre varios tópicos de incertidumbre natural. Como lo suele ser el caso de la muerte.

18-06-24
La gente por alguna razón tiene miedo a la muerte, le guardan una especie de odio, una suerte de respeto nacido del temor, del miedo. Como si la propia muerte fuese algo de lo cual estar cuidándose durante toda la vida.
    Se vuelve necesario aprender acerca de la naturaleza, de la misma muerte, pues lo contundente de la respuesta radica en su propia sencillez: la naturaleza propia de la muerte es la vida. Nos morimos en primer lugar gracias a que estamos vivos y es por esta misma razón que experimentamos las diferentes sensaciones perteneciente a la muerte: soledad, dolor, miedo, tristeza. Esta vida de principio a fin no es más que una antesala para la muerte.
    Afortunadamente la muerte dura toda la eternidad - o marca una clara pauta en ella - así que no importa realmente si no estás preparado o debidamente mentalizado. La muerte vendrá a por ti y llegará en tiempo y forma, como los dieciocho años, como el pelo en los genitales. Igual de afortunado es saber que nunca sucederá ni antes, ni después, ni temprano, ni tarde. Siempre morirás cuando te toque, a la hora fijada, siendo uno de los aspectos más difíciles de asimilar.    
    Más complicado aún es asimilar el procedimiento que lleva la muerte. A veces toma la forma de una despedida forzada, otras veces ni siquiera nos permite despedirnos, en ocasiones puede llegar de manera violenta, lenta o dolorosa.
    La muerte es el evento definitivo para el que hemos venido a este mundo, un abominable evento natural e ineludible. Como todo fenomeno de la naturaleza, se trata de algo impredecible, incalculable, incontrolable.



lunes, 27 de abril de 2015

Los Hombres con los Ojos Vendados

En algún pueblo de cualquier lugar, se encuentra una pintoresca plaza cívica, en uno de sus extremos podemos ver un pintoresco kiosco que termina de darle belleza y encanto al lugar. Hasta el otro extremo de la plaza, se encuentran casi juntos un templo y el ayuntamiento. 
   Todos los días, desde muy temprano y hasta muy tarde, la plaza está llena de gente, varones, mujeres, niños y ancianos. Todos ellos se aglomeran en la plaza que cada día parece ser más pequeña para la creciente población que ahí se reúne. Dichas personas están tan apretadas en esa plaza que no necesitan ni siquiera hacer un esfuerzo por estar de pie, debido a que se recargan unos sobre otros sosteniéndose así la gran masa de gente.
   Dichas personas se encuentran todas orientadas en dirección al kiosco y quedan de espaldas al ayuntamiento y al templo, quizá ni siquiera sepan de su existencia ni de sus funciones, pero no les interesa, ellos están ahí para escuchar. Simplemente para eso.
   Cada uno de los individuos allí reunidos, tiene los ojos vendados con una gruesa tela de color negro tan apretada que apenas y les permite respirar, podrían quitársela, de no ser por que sus manos están fuertemente atadas a un espejo, en el cual no se pueden reflejar.
   Pero no es necesario reflejarse, pues hay una persona en el templo y otra en el ayuntamiento, ninguna de esas dos personas tiene vendas ni manos atadas, están libres y desde sus respectivos lugares, día tras día, le gritan a la multitud:
- Han nacido ciegos y tullidos, pero no se preocupen, no necesitan hacer nada, nosotros haremos todo el trabajo por ustedes, seguimos mejorando para su bienestar- grita el hombre del ayuntamiento.
- No necesitan verse los unos a los otros para distinguirse ¿Para qué quieren distinguirse? Si todos son completamente iguales- grita el hombre del templo.
   Así pasan las horas, las personas confundidas y aturdidas por los gritos y el calor se dedican a escuchar pasivamente, mientras esperan a que llegué la comisión.
   La comisión son otro grupo de personas, las cuales llegan en vehículos que transportan comida y bebida para todas las personas que se reúnen en la plaza, las personas de está comisión tienen las manos y los ojos libres, pero los labios pegados y cosidos, por lo que no pueden pronunciar ni una sola palabra. Se dedican a cumplir su labor: que consiste en alimentar a las personas de la plaza para que no desfallezcan, las refrescan, sacan a los ancianos o niños que murieron sofocados y se los llevas lejos de ahí, nadie sabe a dónde.
   Cuando la noche llega, otra comisión llega para llevar a todos los individuos a sus casas, alimentarlos y dejarlos en sus habitaciones para que estén listos al día siguiente, cuando vuelvan para llevarlos nuevamente frente al kiosco.

   En los hospitales, fábricas y demás instituciones habitan también hombres que tienen sólo la boca cosida, ellos ven los horrores que se suscitan en la plaza, pero no pueden decir nada, si lo intentan se lastimarán y nadie quiere lastimarse, además, los individuos de los altos mandos: políticos, empresarios etc. No tienen la boca cosida ni las manos atadas ni los ojos vendados, pero son completamente sordos. Lo que único que hacen cuando alguien se ha descosido la boca o ha logrado desgarrarse los labios en un intento desesperado por hablar, simple y sencillamente le vendan los ojos, le atan las manos y lo llevan a la plaza más cercana para que, a partir de entonces y hasta el momento de que muera de insolación o de sofocamiento, escuche las frases y palabras de las personas del ayuntamiento y del pueblo.
   Cuando un nuevo niño nace, es llevado a un comité especial, donde gente que no es sorda, ni tiene manos atadas ni la boca cosida, pero sí tiene vendas en los ojos, decide imparcialmente por el destino de cada uno de los niños recién nacidos, si será alguien de la plaza, un declamador, o cualquier otra función, a la cual será capacitado desde la más temprana edad.

   Un día, alguien que no tenía vendas, ni suturas, ni amarres... alguien libre. Se subió al kiosco y desde ahí comenzó a gritarle a la gente:
- Cada uno de nosotros es diferente al otro, dense cuenta de que tienen los ojos vendados y las manos atadas, todos somos capaces de decidir por nosotros mismos sin dejarnos guiar por alguien que sabe que no le conviene que nos demos cuenta de ello- el desesperado declamador intenta por todos los medios despertar a esa multitud.
   Primero intenta cantar, compone una rítmica y pegajosa letra para describir el asunto al que son sometidos los hombres en la plaza, pero aún así, todos siguen escuchando a las personas del templo y del ayuntamiento.
   Después decide tocar una música tan escandalosa y ruidosa como una tormenta con el fin de que las personas de la plaza se liberen de las ataduras de sus manos para poder taparse los oídos, pero todos se quejan y piden a los hombres del ayuntamiento y del templo que les de alivio, por lo que la comisión llega con unos tapones para los oídos que calma sus pesares.
   Por último el hombre del kiosco crea un hermoso dibujo y espera a que los hombres de la comisión lleguen para que puedan verlo, con esto, el hombre del kiosco intenta convencer a los hombres de la comisión que le quiten la venda de los ojos a las personas de la plaza. Pero el miedo los oprime y deciden no hacer nada.
   Las personas que desde el ayuntamiento y el templo gritan, empiezan a ver que el hombre del kiosco es constante e incansable, incluso ven como algunos hombres con los ojos vendados comienzan a romper sus espejos contra el suelo, mientras el hombre del kiosco continúa su discurso. Otros comienzan a cantar la canción que el hombre del kiosco canta día con día. Otros platican entre sí mientras los hombres del ayuntamiento y del templo platican, sin prestar atención a lo que dicen.

   Un día, el hombre del kiosco no subió, ni siquiera se apareció, ahora el único ruido perceptible es el discurso del hombre del ayuntamiento y del hombre del templo. Nadie se pregunta a dónde fue aquél hombre, a nadie le interesa.
   Todos los días, desde muy temprano y hasta muy tarde, la plaza está llena de gente, varones, mujeres, niños y ancianos. Todos ellos se aglomeran en la plaza que cada día parece ser más pequeña para la creciente población que ahí se reúne. Dichas personas están tan apretadas en esa plaza que no necesitan ni siquiera hacer un esfuerzo por estar de pie, debido a que se recargan unos sobre otros sosteniéndose así la gran masa de gente. 
   Debido a esto, los empujones que da uno de esos hombres pasa completamente desapercibidos, ese hombre que empuja tiene los ojos vendados, las manos atadas, la boca cocida y los oídos reventados... Esto con la finalidad de que jamás vuelva a subir al kiosco.


lunes, 28 de abril de 2014

Síndrome de Abstinencia


Un pequeño chasquido, un <<click>> que se distingue perfectamente del resto de los sonidos, después del chasquido un pequeño silbido, esta vez solamente perceptible para quienes se encuentran frente a frente con la cálida flama que surge de la boca rugiente del encendedor.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>>
   Siento un calor en mi barbilla y en mi frente, oyendo crujir el papel al quemarse y viendo salir humo espeso de la punta de aquella cabecilla roja, una calada, un aroma mareante rellena mi boca como si se tratase de un inmenso trago de agua. Sopórtalo un rato. ¿Ya no puedes contener más la respiración? Bien, déjalo ir, a metro y medio de distancia llega la olorosa humareda mientras cierras los ojos y jalas aire si bien no puro y fresco, sí libre de todo lo que acabas de expulsar. Otra calada, no estás teniendo la sensación que tanto esperabas, una más, las nauseas comienzan con una bella montaña rusa.
   <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>>
   Todo inicia en tu cabeza, justo a la altura de la frente, un calor inmenso y terrible que te hace sudar,ese calor comienza a distribuirse por todo el cuerpo, al llegar a tu garganta la dilata y la contrae en el movimiento vomitivo, al llegar al estomago parece estrellarse en lo más bajo del vientre, y al llegar a las extremidades te hace tambalear. Sabes que vas a vomitar, pero no lo dejas, decides tomar el riesgo y arruinar así el resto de la tarde.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>>
   Dejas caer la cabeza hacia atrás, permitiendo que el peso y la gravedad jueguen libremente con esa parte de tu cuerpo. Cierras los ojos y expulsas aire, el mareo es inmenso, si fueras en un automóvil te bajarías inmediatamente. Pero no, están sentado en la banca del parque, la gente que pasa voltea a verte y hay quienes incluso se alejan sin voltearte a ver... Es suficiente (¿de verdad?) dejas caer la colilla y la pisas, dejando que muera ese pequeño placer equívoco debajo de tus pies.
   <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>> 
 Tres semanas sin haber probado uno, tres semanas de soportar con la boca reseca y el pulso tembloroso, mientras el deseo y el impulso de satisfacerlo consumían segundo a segundo cada una de las fibras de tu ser, cada imagen de tus pensamientos y cada resistencia de tu resquebrajada voluntad. Durante ese tiempo perdiste peso y también un poco de tu cordura, pareciera que todos mienten al decirte que es lo mejor. No puede ser lo mejor si te destruye de a tanto.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>>
   Te mata el tenerlo, te mata el dejarlo, es mejor tenerlo lentamente para que te destruya lentamente mientras en ese falso placer te refugias, o es mejor dejarlo del todo para que de ese lento suplicio surja de nuevo la luz y la tranquilidad. Pero intentar dejarlo para fracasar en el intento y cometer el terrible error de retomarlo genera una muerte, poco placentera que te hace odiar la negación y te hacer odiar el sucumbir al placer, no es un punto medio estable, sino una bifurcación que genera una confusión y dolor extremos.
    <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>>
   Tomándola de la mano, mientras ella volteaba a verme sorprendida y se sorprendía todavía un poco más al robarle yo un beso en la mejilla, esa mejilla suave, tersa y blanca, que se hundía lentamente bajo la presión provocada por mis labios. Un pequeño chasquido, un <<click>> que se distingue perfectamente del resto de los sonidos, después del chasquido un pequeño silencio solamente perceptible para quienes se encuentran frente a frente con la cálida flama que surge de la boca de quienes deciden juntar sus flamas para disfrutar de aquél perenne placer.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>>
   Siento un calor en mi barbilla y en mi frente, oyendo en sonido de los labios al unirse y percibiendo el dulce perfume que brota del corazón de ella, una  inhalación profunda, un aroma deleitante seduce mis sentidos como si se tratase de un dulce veneno. Sopórtalo un rato. ¿Ya no puedes contener más la respiración? Bien, me aparto lentamente de ella y la tomo de las manos, ella estira sus brazos hacia enfrente sin soltarme de la mano y sin dejarme de mirarme a los ojos, a metro y medio de distancia llega la deliciosa fragancia de su piel, mientras cierro los ojos y jalo aire puro y fresco pero libre de aquel delicioso aroma a ella. Otra inhalación profunda, no estás percibiendo el aroma que tanto esperabas, una vez más y te das cuenta de que es otro día, después de aquél otro. Tus manos no sostienen las de nadie, nadie te mira a los ojos y mueres un poco.
    <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>>
   Todo inicia en tu cabeza, justo a la altura de la frente, un frío inmenso y terrible que te hace temblar,ese frío que se comienza a distribuir por todo el cuerpo, al llegar a tu garganta la dilata y la contrae apretando un poderoso nudo, al llegar al estomago parece estrellarse en lo más bajo del vientre, y al llegar a las extremidades te hace tambalear. Sabes que vas a llorar, pero no lo dejas, decides tomar el riesgo de recordarle de nuevo y arruinar así el resto de la tarde.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>>
   Tres semanas sin haber sabido de ella, tres semanas de soportar con el corazón reseca y conciencia intranquila, mientras el deseo y el impulso de satisfacerlo consumían segundo a segundo cada una de las fibras de tu ser, cada imagen de tus pensamientos y cada resistencia de tu resquebrajada voluntad. Durante ese tiempo perdiste peso y también un poco de tu cordura, pareciera que todos mienten al decirte que es lo mejor. No puede ser lo mejor si te destruye de a tanto.
    <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>>
   Te mata el tenerla, te mata el dejarla... es mejor tenerla lentamente para que te destruya lentamente mientras en ese falso placer te refugias, o es mejor dejarla en el olvido del todo para que de ese lento suplicio surja de nuevo la luz y la tranquilidad. Pero intentar dejarla para fracasar en el intento y cometer el terrible error de recordarla genera una muerte poco placentera que te hace odiar la negación y te hacer odiar el sucumbir al placer, no es un punto medio estable, sino una bifurcación que genera una confusión y dolor extremos.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré>> 
   Tomándolo entre los dedos, recordando como ella volteaba a verme sorprendida y se sorprendía todavía un poco más al robarle yo un beso en la mejilla, esa mejilla suave, tersa y blanca, que se hundía lentamente bajo la presión provocada por mis labios, la misma presión que aplasta colilla y hace venir el humo hacia mi gargante. Un pequeño chasquido, un <<click>> que se distingue perfectamente del resto de los sonidos, después del chasquido un pequeño silencio solamente perceptible para quienes se encuentran frente a frente con la cálida flama que surge de la boca de quienes deciden juntar sus flamas para disfrutar de aquél perenne placer.
    <<Me tienes pensando en ti sufriendo; ven, dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir para librarme de ti.>>
   Al final... todo termina matandome de a poco, mientras yo intento hacer que muerda debajo de mis pies, al pisarlo y destrozarlo, puedo terminarlo por el momento, pero siempre después de que me haya hecho su lento daño.
   <<Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y, con gusto, moriré. Me tienes pensando en ti y sufriendo; ven dame tu veneno, inyéctalo en mi piel y déjame morir, para librarme de ti.>>

sábado, 6 de julio de 2013

El Mundo Se Acabó

Había muchísima gente, cada una ocupada en sus propios problemas y conflictos, realizando cosas que el mismo momento vivido meritaba. Muchos tomaban fotos, otros tantos se abrazaban y felicitaban a sus hijos que habían terminado el bachillerato; los profesores sonreían con gran satisfacción al ver a sus alumnos terminar sus estudios, bien o mal, pero estaban orgullosos.
   Me encontraba claramente en medio de ese detestable bullicio y caos que se hace característico de los eventos como ese, de momento forme parte de él y me perdí en medio de todo ese enorme embrollo, como si no pensara o no fuera dueño de mis propias acciones, dejé que las emociones guiarán un poco mi actos para poder comportarme de la manera más acorde a lo que estaba viviendo.
   Sin embargo, no me hallaba en ese lugar, entre toda esa gente y opté por retirarme para darme un ligero respiro.
   Fue en ese preciso momento en que me volví para darle la espalda a todo, que todo se acabó: no escuché jamás de nuevo el ruido que producían los llantos, las felicitaciones, los elogios, el arrastrar de sillas y demás cosas que perturbaban mi mente en esos momentos, en menos de una milésima de segundo todo quedó en silencio, un silencio espectral que sólo llega cuando todo se acaba.
   Mis pies dejaron el suelo, y mi alma el cuerpo que la encerraba, mis ojos se enfocaron en seguir la más hermosa visión que pudieran haber tenido en mi aún breve existencia.
   Sintiéndome a flotar en el enorme vacía de la nada, me aferré a esos brazos, aquellos brazos que cálidamente supieron satisfacer la necesidad de alguien en medio de la soledad, de alguien que habita en ella aún envuelto por el temor de no salir jamás.
   El mundo se acabó, y nada más existió sobre la faz de la tierra que valiera la pena que existiera en ese momento, todo lo que constituye al mundo tenía un valor tan superficial y prescindible que no hubo necesidad de mantenerlo en el ambiente. Solamente la existencia de dos corazones que luchaban por fundirse en uno solo contra los huesos, la carne y la piel que los separaba uno del otro.
   El mundo se acabó en medio de tus brazos, el ruido se convirtió en silencio con el latido de tu corazón, el aire se transformó en vacío con tu respiración en mi oreja y todo se volvió nada al percibir en mi mejilla la fina seda de tu piel, el mundo no existió para mí mientras aquella tierna caricia que se daba con el pretexto de la situación se fundía en la más pura percepción de los más raros sentimientos.
   El mundo se acabó, porque nada más importa cuando estoy contigo; el mundo se acabó porque tarde o temprano me tuve que separar de ti mientras escuchaba a mi corazón gritar mientras se negaba a apartarse del tuyo, cuando mi piel se separo de la tuya con el ruido doloroso de una ruptura y nuestras vidas seguían su camino para no saber cuándo volverían a unirse pero con la seguridad inefable de que lo volverían a hacer.
   Cuando el mundo se acabó, me retiré del lugar, despidiéndome de lejos y por fuera pero siempre satisfecho por jamás haberme despedido por dentro.

viernes, 5 de octubre de 2012

Mi Rosa Negra


Dicen que el Amor nos aprisiona, también dicen que la verdad nos hará libres ¿eso quiere decir que no se puede llevar a cabo el amor con la verdad…? Ha sido una pregunta que me ha torturado desde el primer día que comencé a amarte mi querida Rosa Negra.
    Tengo demasiadas cosas en mente. Me atrevo a decir que todas dirigidas hacia ti. Quiero que las entiendas, desde la primer letra capital hasta el punto final. Quiero que comprendas lo que yo mismo te he dicho de manera que no lo puedas comprender.
   Mi Rosa Negra… cuando el jardín de mi alma se había convertido en un enorme y horrible llano de tierra estéril, vagaba por él un muchacho. 
    Caminaba segundo a segundo de su cruda existencia entre esa tierra martirizada por el intenso sol, que arreciaba con más dureza cada día, castigando aquel jardín que nunca fue verde. El muchacho caminaba todos los días por aquel campo, el corto pasto reseco se quebraba al ser pisado, siendo ese tenue y rítmico sonido el único que rompía el sepulcral silencio del campo de la muerte.
   Dicho campo muerto y seco era el lugar donde el joven iba para escribir poemas de amor con tinta roja. Dicha tinta era su propia sangre, porque el joven quería escribir acerca de sus verdaderos sentimientos. Pero el apasionado escritor se daba cuenta de una trágica verdad: aún cuando en su sangre llevara los sentimientos más certeros que podría sentir y al momento de plasmarlos en papel, podía ser el autor más objetivo de la tierra; su sangre, roja al principio, se secaba y se volvía color negro, desintegrándose con el paso del tiempo, desprendiéndose de la hoja en forma de polvo que se confundía con la demás tierra seca del árido lugar o que era llevada por el viento a quién sabe qué lugar.
   Los días, las semanas y todas las demás maneras en las que el hombre a sí mismo se ha encadenado al tiempo, pasaron en ese jardín, que no enverdeció, ni murió más, solamente se quedó así, como estaba, lleno de desolación y vacío. Abandonado y desértico.
   El joven poeta seguía paseando por aquel horrendo paisaje de verdadera desolación, y pronto sus poemas dejaron de ser tan románticos como él alguna vez lo fue… comprendía entonces que sus sentimiento deberían de ser como su sangre: verdaderos y reales, sin embargo, al quedar plasmados en un alma los mismos comienzan a morir y pronto un leve soplido los desprendía del corazón para arrojarlos a tierra infértil o llevarlos a un destino impreciso… el poeta sabía que así eran los sentimientos: perecederos, mortales y algún día terminarían. Sabía que adentro de su alma tenía una enorme necesidad de encontrarse consigo mismo, de encontrar su alma y pronto vio que se parecía a aquel jardín: desértico, abandonado, en el que nada crece, en el que el ardiente sol quema y mata todo.
   Pronto el poeta se dio cuenta de que ya no podía escribir más poemas de amor, sino que simplemente dejaba la hoja en blanco y se retiraba para regresar al día siguiente al mismo lugar. Regresaba todos los días a su soledad, su soledad desértica que impedía que en él crecieran hierbas y flores que dieran frutos. Regresaba a quemar las plantas con el fulminante sol, regresaba para masoquisarse a sí mismo adentrándose en la soledad que tanto le destruía y de la cual también disfrutaba como de ninguna otra cosa en la vida. El joven poeta era como ese jardín, grande y extenso pero el sol de la monotonía había resecado por completo y ahora impedía que floreciera cualquier cosa, ese jardín anhelaba el agua y el poeta anhelaba el amor, por eso mismo escribía poemas para poder satisfacer, momentánea pero intensamente,  aquella enorme necesidad de amar a un ser que dependa directamente de él. Pero era imposible seguir soportando la terrible soledad que poco a poco mataba todo lo que dentro del poeta tenía vida. El joven comenzó a vestirse de ropas negras, sin importarle el calcinar del sol, iba vestido al jardín muerto para demostrar que él igual estaba muerto, dejó de llevar papel y pluma, solamente iba él y su desolada y solitaria alma al jardín de espinos, donde ni una gota de agua había caído en mucho tiempo.
   Sintiéndose por fin, completamente absorbido por la soledad, el poeta lloró un llanto tan amargo como la hiel que se había derramado por su corazón. Una de esas amargas saladas y dolorosas gotas brotó de su ojo, rodó por su mejilla y se posó un momento en la barbilla del muchacho antes de caer de manera vertiginosa al suelo, donde no duró más de unos cuantos segundos y desapareció. Luego, el muchacho abrió su libreta y vio sus letras de costra en el papel, sacudió un poco las hojas en el lugar donde había caída su lágrima y la sangre seca se convirtió en polvo que se quedó en un pequeño montoncito encima de la pequeña gota de llanto. El joven terminó su amargo llorar y se retiró.
  
   Una hermosa y pequeña gota de soledad, una lágrima: una pequeña gota que lleva en su interior la total razón de lo que la provoca, si es por odio, esa lágrima estará llena de rencor; si es por alegría, esa lágrima estará llena de entusiasmo; si es por soledad, esa lágrima estará infestada del deseo de tener a alguien que calme la soledad.
   La tierra, que siempre había sentido una enorme compasión de ver todas las tardes al joven poeta pasear solo encima de la arena, se dejó llevar por su compasión, sintió lástima por aquel joven que a pesar de ser tierra estéril, siempre acudía a una cita puntual con ella.
   A pesar de llorar por tener el corazón lleno de soledad, la tierra pudo humedecerse de la voluntad de calmar las ansias y la sed del joven por querer a alguien que llenara ese hueco en su corazón. El polvo de la sangre en el papel, fue el abono lleno de amor que hizo que, aún en aquella tierra árida, se suscitara algo que todos los demás llamarían: un milagro.

   A la tarde siguiente, como era costumbre, el poeta se dirigió al jardín para seguir torturándose, pero en ese momento, en el lugar que había destinado a la inspiración, al pensamiento y a la reflexión, había una paradisíaca aparición, un pequeño oasis de hiedra, que, trepando por las ramas de un árbol seco, hacían una especie de nicho e incluso le daban la forma de un templo dedicado a la belleza de la vida en medio del salvaje desierto, el joven se acercó para observar lo que habría dentro de aquella casa de hiedra y se sorprendió al ver lo que se encontraba dentro: una única, hermosa, enorme y radiante rosa roja se encontraba en ese nicho como si una virgen dentro de su capilla se encontrara. La rosa gozaba de frescura en ese nicho de hiedra, sus espinas eras puntiagudas pero hacían resaltar aún más la belleza de la flor
– Hola- dijo la rosa con la voz angelical y femenina más hermosa con la que sólo se pudo haber soñado – ¿qué andas haciendo por aquí poeta?
– Busco la inspiración para escribir sobre amor
– Pero sólo has encontrado soledad
– Así es…
– No te preocupes, poeta, he visto como te hace sufrir la soledad y estoy aquí para que no vuelvas a encontrarte solo en este desolado jardín.
   Desde ese día, el joven iba todas las tardes al jardín para platicar con la hermosa rosa roja, sentado a la sombra de la hiedra, el poeta le contaba a la rosa como es que la soledad había consumido su alma y endurecido su corazón. Lo único que se podía sentir por un alma así era verdadera lástima y compasión y la rosa no fue la excepción, conmovida por la soledad y desesperación del joven le escuchaba atentamente a cada momento que él llegaba para desahogarse, la rosa sentía que el poeta debía sufrir mucho y se vio impotente ante todo su dolor, por lo que escuchaba atenta a lo que le decía. Un día por fin el poeta pudo sonreír, motivo por el cual la rosa se alegró, pero en ese momento su tallo se dobló y al joven le pareció que podría romperse, ya que en ese momento se vio tan frágil
– Pero, Rosa ¿qué te sucede?- preguntó angustiado el muchacho
– No te preocupes- contestó la rosa con su angelical voz – es solo que en medio de este campo tan árido, me ha dado un poco de sed, pero no te preocupes.
   En ese momento, el joven entendió que solamente había escuchado la voz de la rosa dos veces, una había sido cuando la conoció y la otra era apenes hasta ese día. No podía ser posible que el poeta fuera tan desconsiderado, la rosa le dedicaba tanto tiempo y él no había sido capaz de llevarle un poco de agua para que saciara su sed provocada por estar en ese árido valle de muerte. El poeta sintió en ese momento la compasión, la rosa debía de sentirse sola de estar todo el día mirando al desierto árido que tenía enfrente, desde la mañana hasta la noche y gozar solamente de la compañía de alguien por unos breves momentos de su existencia. El poeta había sido injusto, así que a la tarde siguiente, le llevó a la rosa un poco de agua helada
– Pero ¿por qué haces esto?- preguntó la Rosa – No sabes que yo estoy condenada a morir de sed por haber nacido en este jardín
– Es como si yo aceptara a morir de soledad por estar en este jardín. Tú me enseñaste que no deben de ser así las cosas- contestó el joven
– Te estoy agradecida, pero me temo que no se como pagarte
– El único pago que quiero de ti, es que sigas a mi lado y sacies mi soledad
– Y lo único que yo recibiré será un poco de tu agua fresca.
   Ambos callaron, y disfrutaron de la bella sensación de estar uno cerca del otro para poder apoyarse mutuamente.

  Así, los días las semanas y todas las demás maneras en las que el hombre a sí mismo se ha encadenado al tiempo, pasaron en ese jardín, donde un pequeño nicho había brotado de una amorosa y solitaria lágrima. En ese pequeño nicho creció una flor y la flor era visitada por el poeta. Todas las tardes, el poeta atravesaba el árido valle para llegar a esa parte tan especial, le daba agua a la rosa y comenzaban a charlar, sobre sí mismos.

   Una noche, el poeta empezó a sentir lástima por la rosa, no podía quitársela de l mente, la imaginaba sola en frío que hacía en el desierto a esa hora, posiblemente algún animal salvaje la maltrataría, tal vez una helada la quemaría… era imposible reconciliar el sueño… pobre rosa, tan buena y noble y a la merced de todo el mundo… no podía ser así, el poeta se levantó de la cama pera ir a acompañar a la dulce flor en su nicho. Tomó un abrigo grueso y se dirigió al desierto, precisamente, esa fría noche de invierno había caído hielo y el nicho se encontraba lleno de nieve. El poeta se asomó con una vela en la mano y encontró a la rosa temblando de frío con una ligera capa de escarcha sobre sus pétalos color carmín
– Poeta- dijo la rosa sorprendida – ¿qué haces aquí? No ves que te congelarás
– No me importa- contestó el poeta – tu me liberaste de la soledad y es por eso que yo te daré el calor que necesitas esta noche.
   Sin decir más, el poeta se arrodilló frente a la rosa y se abrazó a su peligroso tallo cuyas espinas comenzaron a herir la piel del joven
– Espera- dijo la rosa – te estás haciendo daño con mis espinas
– No me importa- dijo el poeta – tú me liberaste de mi soledad… así que no me importa morir si es por ti
– Pero ¿acaso no vez que si mueres ya no podremos estar juntos?- el poeta se asustó, se separó inmediatamente de la rosa y se alejó del lugar, dejándola llorando.
   A la tarde siguiente, el poeta acudió como siempre al lugar del encuentro, sintió horror en su cuerpo cuando se dio cuenta de que a la rosa se le había caído un pétalo y éste se había ennegrecido
– Pero, Rosa ¿qué fue lo que te pasó?- preguntó el poeta
– Nada…- respondió la rosa tristemente – es sólo que… creo que es momento de que dejes de frecuentarme
– Pero ¿por qué?
– El momento más ansiado de una rosa es el florecer, porque podrá brillar con todo su esplendor y belleza, pero es también el momento más temido porque es cuando empezamos a morir
– No… yo no quiero que mueras
– ¿qué no te das cuenta?
– ¿De qué?
– De que yo te hago daño…
– ¿Qué?
– Mírate, herido por mis espinas… me veo y soy tan frágil que necesito de protección, pero no me la puedes dar porque mis espinas te lastimarían… te provoco mucha lástima y compasión y son esos dos horribles sentimientos los que hacen que te lastimes.
   La rosa calló… era verdad… solamente una miserable compasión hacía que el poeta llegara a tal sacrificio… compasión.
   A la tarde siguiente, el joven acudió al jardín, pero no visitó a la rosa. No soportaría verla morir lentamente, no lo soportaría. Así, los días las semanas y todas las demás maneras en las que el hombre a sí mismo se ha encadenado al tiempo, pasaron en ese jardín y el poeta comenzó a tener la necesidad de ver a la rosa, así que soportó su dolor para asomarse al nicho de hiedra, la cual se había secado, las hierbas crecieron en ese lugar, motivo por el cual,  el joven tuvo que romper las hierbas, encontró a una rosa, tan grande y radiante como la que una vez había encontrado, pero esta vez ya no era de color rojo, era de color negro, un color tan negro como debía de ser la noche más oscura… ése color negro no podía ser real, era un oscuro que brillaba como si estuviera recubierto de seda, la rosa parecía tener pétalos de diamante, sin embargo, se encontraba doblada sobre su tallo, que empezaba a estar seco de su raíz
– Poeta- dijo la rosa con aquella hermosa voz angelical – regresaste
– Sí… regresé… regresé por ti
– Has de dejarme morir
– No debo
– ¿sigues queriendo pagar tu deuda?
– No… me he dado cuenta de que todo el sacrificio que hago no es por ti… es para ti
– No te comprendo
– Tenía un enorme vacío en mi corazón, que mientras tu estabas ahí se sentía lleno, pero el no verte junto a mí fue haciéndolo más grande
– El mismo huevo contenido en aquella lágrima tuya que me hizo nacer
– Ahora lo comprendes… aquello que te hizo nacer, fue mi necesidad de…
   El poeta detuvo sus frases, la rosa tosió por la enorme sed que sentía, al ver aquello, el poeta cortó a la rosa y la metió en una esfera de cristal… lleno la esfera de agua y se resguardó en ese nicho seco con la rosa en la esfera de cristal en sus manos. A pesar de que a esfera tenía agua en su interior y la rosa estaba más refrescada era inevitable su destino, y se lo hizo notar la poeta, que llevaba días ya, en ese nicho de hierba seca
– No tiene caso, poeta- dijo la rosa siempre con esa dulce voz – aunque en esta esfera de cristal se retrase mi muerte, algún día moriré
– Lo sé… por eso quiero estar aquí cuando eso pasé
– Sácame de aquí y déjame morir.
   El poeta obedeció, destapó su esfera de cristal y depositó a la rosa negra sobre la hiedra seca y marchita
– Mira- dijo el poeta – te escribí un poema…
– Pero…- dijo la rosa – me habían dicho que ya no habías podido volver a escribir poemas de amor
– Sí, pero este poema lo escribí pensando en ti.
   El poeta leyó cada uno de los versos, no podía haber existido un poema tan bello escrito jamás por ningún poeta conocido, el poeta terminó de leer y se acostó juntó a la rosa, la cual empezó a deshojarse lentamente
– Has escrito el poema con tu sangre- dijo la rosa
– Sí… porque es de sentimientos verdaderos
– Como yo…
– Y algún día morirán
– No, Poeta… yo, al igual que todos poemas, viviremos… dentro de tu corazón… Te Amo.
   La rosa se marchitó en la hiedra seca, sus pétalos se desprendieron y quedaron regados en la hierba marchita, empezaron a derretirse, y a meterse dentro del tallo de la flor recién marchita, el poeta tomó el tallo y usó una espina como punta, para poder utilizar el tallo como una pluma. Los pétalos de la rosa se habían convertido en tinta y su tallo en una pluma para que el poeta pudiera escribir sus poemas de amor ya no con la sangre que se iba al secarse, sino con la tinta del amor y la entrega que permanecen en el papel para siempre.
   Desde aquel día, el poeta iba al desierto, que se convirtió en un hermoso jardín lleno de flores hermosas, para escribir poemas de amor.

   Quiero que sepas mi rosa negra, que todos los poemas de amor que he escrito desde aquel día, dicen todo lo que en su momento no te pude decir… es por eso que, a pesar de que las letras de mis poemas forman una infinidad de palabras, todo se resume en solamente cinco: Te Amo Mi Rosa Negra.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Róbate a la Mujer

Callada ahora me voy a quedar
y cierra suavemente la puerta;
no temas, ésta noche es especial
ven cerca, comiénzame a desnudar.

Róbate a la mujer
que llevo dentro de mí
quiero sentir tu querer
sentirte dentro de mí.

Despacio, acabamos de empezar
tranquila, siento en mí tu respirar,
y deja sobre el pecho tus manos.
Un beso, déjame hacerte el amor.

Me robaré a la mujer
que llevas dentro de ti
te haré sentir mi querer
que me he vuelto loco por ti.

Mi cuerpo siente tu respiración
y agita mi piel ese tenue calor
y besa lentamente mi cuerpo
tocando... todo mi ser es tuyo.

Ahora mencióname tu nombre
con loca pasión me gusta amarte
y sabes comportarte como hombre
descansa y sígueme haciendo el amor.

Róbate a la mujer
que se ha entregado a ti
hazme sentir el placer
que se ha apoderado de mi

Me robaré a la mujer
que escondes dentro de ti
te haré sentir mi querer
que me he vuelto loco por ti.

La ropa ha quedado en el suelo
y tu cara descansa sobre mi hombro
los vidrios empañados por el calor
las horas y la noche en vela pasó.

Róbate a la mujer
que llevo dentro de mí,
quiero sentir tu querer
sentirte dentro de mí.

Me robaré a la mujer
que llevas dentro de ti
te haré sentir mi querer
que me he vuelto por ti.

Mal Padre

Cuando me preguntan si tengo hijos suelo contestar <<tuve uno>> su madre me lo quitó porque, según ella, yo era un mal padre. Si...