lunes, 18 de mayo de 2026

El Demonio de la Perversión — Destinos

¿A dónde irá toda la ira? ¿A dónde irá todo el dolor? ¿Qué es lo que se supone que yo debo hacer? ¿En dónde encontraré mi camino? Siento que poco a poco se me hace más y más tarde, que he desperdiciado cada oportunidad, que mi vida es un cúmulo de cartas no escritas, de apuestas al perdedor, de trenes que dejé pasar.
    Abrí por fin los ojos; solamente había podido dormir una hora con cuarenta minutos. Era la hora. Al igual que al resto de las personas infelices, me tocaba maldecir mi suerte desde muy temprano. Levantarme a las cuatro, cagar e irme a trabajar.
    Caminaba por el barrio de Santa Julia con rumbo a la estación Normal del metro, sintiéndome ajeno a mi entorno. Aquellas tempranas horas mezclan al adicto con el trabajador, y yo no pertenecía a ninguno. Hacía un año que había dejado la marihuana y el alcohol, pero a la mínima oportunidad conseguía un poco de ambos solo por calmar el ansia; odiaba trabajar, pero al mismo tiempo me sentía mal cuando no tenía un empleo y lo buscaba, a veces, desesperadamente.
    Iba bajando las escaleras en la estación Normal, la última tranquila. A partir de ahí, cada estación se encontraría abarrotada de almas en trajes sin cuerpo esperando abordar. Afortunadamente mi estación de descenso era Chabacano, por lo que el vagón ya se habría despejado un poco.
    Acerqué mi tarjeta al lector en los torniquetes y, en ese momento, un tipo me empujó para poder colarse sin pagar. Sin embargo, en cuanto sentí su impúdica cercanía, aparté de inmediato la tarjeta del lector y el tipo se fue a sacar el aire contra la barra metálica. Sintiendo la vergüenza de quien es atrapado in fraganti y la frustración de quien no logra su cometido, el tipo se retiró mirándome indignado... Encima el ofendido era él. Esta ciudad sí que es el colmo.
    Las luces del tren asomaron con el eco del tren que se adelantaba a su llegada. Los usuarios se acercaron a la línea amarilla tanto como pudieron, cosa que yo nunca hago, pues nunca falta el desquiciado que te pueda empujar, arrojándote a las vías en el último momento.
    Fue entonces cuando un pobre desgraciado saltó a las vías, con tan poco margen que la cabina del operador lo golpeó de lleno, haciéndolo pedazos y arrojándolo violentamente a la oscuridad del túnel. De inmediato, la escena se abarrotó de teléfonos que grababan el evento y de gritos histéricos de mujeres.
    El convoy no alcanzó a entrar de nuevo al túnel. El operador reaccionó tan rápido como pudo para accionar el freno de emergencia, pero sólo consiguió que la gente a bordo se diera el golpe que les haría la mañana. El hombre, de estatura baja y prominente calva, bajó de la cabina y, acompañado de dos oficiales de la policía bancaria que resguardaban el área exclusiva de mujeres, se adentró en la penumbra. No pasaron ni cinco minutos cuando uno de los oficiales regresó al andén. Solicitaba apoyo por radio a sus compañeros, pero no recibía respuesta alguna.
    El oficial comenzó a pedir ayuda a los presentes, quienes se dedicaron a ignorarlo por completo con tal de seguir grabando. A sabiendas de que ahí estaríamos atorados mínimo unas tres horas, di la espalda a los hechos, dispuesto a largarme.
—¡Usted! ¡Usted! —gritó el oficial. La gente que grababa me cerró el paso y comenzaron a enfocarme diciendo: 
—Acaba de ocurrir un accidente y el señor no quiere ayudar...
    Harto ya de tanta tontería, acepté acompañar al poli mientras le arrebataba el teléfono a uno de los curiosos para usarlo como linterna; no iba a descargar la pila del mío. El dueño del móvil quiso reclamar, pero la apelotonada multitud frustró sus esfuerzos.

—¿De casualidad usted vio lo que pasó? —preguntó el oficial una vez que estuvimos envueltos por la oscuridad del túnel. 
—Sí, lo vi —le afirmé, disimulando el estremecimiento al recordar lo ocurrido a medio metro de mí—. El tipo esperó hasta el último momento y saltó a las vías. 
—¿Saltó, dice? 
—Sin duda... Estaba parado al lado mío. Tomó vuelo y saltó; el operador no tuvo la menor oportunidad de detenerse o reducir la velocidad... Lo impactó de lleno.
    Llegados a cierto tramo, el oficial me advirtió del riesgo de electrocutarme si tocaba la barra guía paralela al riel. Me pareció una puta locura: un hombre quiere matarse afectando a miles de usuarios, y cuatro hombres más deben arriesgar sus vidas para sacar sus miserables restos. Por mí, el operador debió pasarle el tren encima con todos nosotros a bordo, como a un perro cuando lo atropellan en la autopista. Sentí lástima. Los suicidas son almas tan desesperadas que no piensan en el maldito problema en que se convierten, ya sea que cumplan o fallen con su cometido.
    En medio de la oscuridad vimos los halos de luz de las linternas del operador y del otro oficial. Este último se encontraba arrodillado sobre las durmientes de las vías y, sobre sus muslos, reposaba el torso maltrecho del... del muchacho. Le faltaba por completo un brazo, su cabeza se había partido y el oficial evitaba que se abriera uniendo los pedazos con sus manos ya bañadas en sangre. El otro brazo, el izquierdo, estaba completo, pero todos los dedos de esa mano estaban dislocados. Las piernas no estaban: se desprendieron debido a la fuerza del impacto, lo que dejó el vientre del chico hecho jirones sanguinolentos de los que se salían los intestinos, regados por todas partes. El muchacho se encontraba vivo y consciente, en un estado de shock que le permitía ignorar el dolor... Pero al día siguiente sí que le dolería.
—A... ayúden... me... —balbuceaba el sujeto. Al no tener manera de tensar el diafragma, el aire escapaba de su garganta en un soplido sordo, casi sin emitir sonido. 
—Por favor, no se mueva y no hable —repetía el oficial que lo sostenía—. Por favor, busquen sus piernas. 
—No. Yo no —dijo el operador del metro, temblando de miedo.
    El otro oficial y yo nos miramos resignados; el hombre me entregó un radio y comenzamos a buscar por todos lados, labor que se nos facilitó cuando en el túnel se encendieron las luces rojas de emergencia.
    Encontré la pierna derecha, hecha jirones también por la parte que se une a la cadera. La miré largo rato sin echarle encima la luz de mi linterna. No necesitaba ni deseaba ver eso a color, con el profundo filtro rojo de las luces de emergencia era más que suficiente. A través del radio informé al oficial que me acompañaba —que se había adentrado aún más en el túnel— sobre mi hallazgo. Me dijo que buscara también el zapato y me llevara todo a donde estaban su compañero, el operador y el suicida malogrado.
    No muy lejos encontré el zapato correspondiente. Me cercioré de que no quedara nada sobre las vías. Tomé la extremidad de la pernera del pantalón, pero al intentar levantarla, la carne se deslizó fuera de la tela. Así que me quité la chamarra, la amarré a mi cintura, me eché al hombro la pernera llena de moronga y tomé la pierna por el ángulo de la rodilla... Parecía estar rellena de arena. Los huesos se habían hecho polvo.
    Regresé con mi botín a donde estaban los demás. Incapaz de continuar cargando aquello, la dejé caer a un lado del herido, harto ya de maldecir mi suerte. Pensaba en mi trabajo: había perdido mi bono mensual de puntualidad y asistencia, y ninguno de los presentes me lo repondría.
—Patético fracasado —le dije al moribundo, escupiendo harto veneno en esas palabras y en las siguientes—: mira que saltar al metro y fallar... Es ser muy inútil. 
—Cállese, señor —me ordenó el oficial que lo sostenía, mientras el operador del metro me observaba sin poder dar crédito a lo que oía.
—Ahora sí ya tienes verdaderos motivos para desear estar muerto. 
—Señor, por favor, guarde silencio. 
—Bien dicen que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no, ni aunque te avientes al metro... 
—¡Es la última vez que se lo pido, señor! ¡Ya cállese! 
—Por favor —le dije al oficial, luchando por mantenerme tranquilo—, deja de llamarme "señor".
    Fue entonces cuando un destello como una llamarada distrajo nuestra atención, acompañada de un escalofriante zumbido que venía desde donde estaba detenido el convoy. Las luces de emergencia se apagaron unos segundos y volvieron a encenderse. Corrí en dirección del destello y lo vi: un imbécil había bajado a las vías, electrocutándose al ignorar que la barra guía del túnel lleva alta tensión. Era el tipo al que le había arrebatado el teléfono, cuya linterna aún usaba para alumbrarme. Venía acompañado de otros dos metiches que fueron quienes lo despegaron del riel. Aquellos chismosos iban grabando. Caí en la cuenta de que yo también había estado registrándolo todo con el celular ajeno, así que lo usé para grabar a su dueño que yacía sobre las durmientes, justo en su cara de pobre chango baboso.
—Qué bueno que estamos grabando para que todos vean lo pendejo que eres.
    Contemplé un rato su cuerpo inerte para comprobar si estaba muerto o si había estirado la pata con mis maldiciones. Sus ropas estaban todas flameadas, pero el cuerpo parecía intacto; el daño, sin duda, era interno. No sé si sea o no un mito, pero dicen que cuando te electrocutas así, tus órganos se cocinan. El tipo parecía estar vivo, a muy duras penas emitía pujidos ridículos. Les entregué el teléfono a los metiches que le acompañaban y regresé a donde estaban el oficial, el operador y el malogrado. El segundo oficial ya se encontraba ahí. A un lado estaban el brazo derecho, las piernas, las perneras del pantalón y los zapatos.
    Pasó una hora completa a partir de que regresé, hasta que por fin se dignaron a aparecer los paramédicos. Eran dos escuálidos jovencitos, un hombre y una mujer, que se impactaron al ver la escena que ante sus ojos se desplegó. Estaban excelentemente formados, eso sí, pero ninguna formación te prepara para esta realidad. El herido continuaba con vida y clamaba auxilio de forma lastimera a los dos muchachos, que se quedaron pasmados, incapaces siquiera de pensar qué hacer.
—Sí, es aquí —les dije, irónico.
    Haciendo un valiente esfuerzo por controlar el temblor del shock, comenzaron a realizar los protocolos. Metieron el brazo y las piernas cercenadas en una hielera. Tomaron los órganos regados, los colocaron sobre una manta quirúrgica desechable que extendieron debajo, los enjuagaron con solución estéril para quitarles el polvo, la grasa y la mugre, y los acomodaron lo mejor que pudieron. Naturalmente, la agonía fue terrible para el malogrado. Finalmente, amarraron una bolsa quirúrgica a su pecho para contener los órganos y evitar que se colgaran o se salieran cuando tuviéramos que moverlo a la camilla con ruedas para trasladarlo fuera del túnel.
    Una vez que lo colocamos en la camilla, los oficiales la levantaron y los paramédicos fueron alumbrando el camino. Yo cargué la hielera con sus miembros sobre un hombro y, del asa de la hielera, colgué la bolsita de suero que iba a la vena de su único brazo. Otro equipo ya se había llevado al electrocutado y, a la salida del túnel, ya se dejaba ver el mar de gente que nos impediría salir ágilmente del andén, subir las escaleras o tomar el elevador.
    Llamé la atención de la paramédico y, una vez que la tuve a mi lado, le pregunté: 
—¿Crees que sea necesario eso, valedora? —señalé el mini extintor que ella cargaba. 
—No lo creo, señor —respondió ella—. En casos como este suele haber incendios eléctricos porque los heridos caen en el riel con corriente, pero no creo que lleguemos a ocuparlo.
    La masa de gente hecha pelotas en el andén nos hubiera fastidiado horrores la salida si no hubiera yo disparado el extintor justo a la altura de sus caras. La multitud se replegó corriendo y gritando, momento que aprovechamos para salir hechos pedo hasta llegar al elevador. Entramos con tanta urgencia al cubo del ascensor que los oficiales golpearon por accidente la camilla contra una de las paredes. El mutilado gritó y exigió que tuviéramos cuidado.
—¡Cállate! —le dije, ya hasta la chingada de tanta pendejada—. Ni que te fueras a morir...
    Los dos paramédicos, los oficiales, el operador del metro y el herido me fulminaron con la mirada, pero los ignoré por completo. Todavía podía usar el extintor para llenarle de polvo la boca al que intentara sermonearme.
    Una vez afuera, acompañé al grupo hasta la ambulancia que esperaba a pocos metros, donde oficiales de la SSC abrían paso. Ante las puertas abiertas de la unidad, coloqué la hielera en la camilla donde deberían ir las piernas del tipo, eso sí, con cuidado de no apachurrar la bolsa que contenía sus órganos.
—Toma —le dije—, te lo regalo.
    Di media vuelta con completa indiferencia y caminé hacia la base de las combis. Saqué mi teléfono del bolsillo del pantalón. Mi jefe no había intentado ponerse en contacto, probablemente se había enterado de lo ocurrido en las noticias o en las redes sociales.
—¡Señor, por favor, espere! —grito la paramédico. 
    A la luz del sol su piel se veía pálida y podía notar el temblor de sus dedos y de su mandíbula. No sé exactamente qué semblante traería yo, pero la muchacha se detuvo en seco en cuanto me di la vuelta. 
—Muchas gracias, señor —dejó escapar la chica, en un fallido intento por ocultar lo que verdaderamente quería decir. Se vio ridícula y supe que tanto ella como yo ya habíamos tenido suficiente, pero yo ya me iba y a ella le tocaba todo el protocolo de llegada al hospital. Sentí una punzada de compasión por ella y por su joven compañero: les tocó tratar de salvar la vida de alguien que justamente intentó quitársela. 
—Por favor —le dije—, no me llames "señor".

Abordé una combi y mis pensamientos comenzaron a asentarse. Olía a sangre y mierda, el aroma característico de los intestinos expuestos. Aproveché para mirar el reloj... Eran las diez de la mañana. Mandé un mensaje a mi jefe, me bajé de la combi y caminé lenta y tranquilamente hacia mi departamento. La tranquilidad de aquella hora en la calle perturbaba mis emociones.
    Al llegar a mi departamento encendí la radio y sintonicé Opus 94.5 F.M. No podía dejar de pensar en lo ocurrido y quería dejar de preocuparme por ello. Me desnudé y me metí a la cama. Estaba cómodo; no me sentía agonizar. Escuché la música sinfónica en la radio y me fumé mis cigarrillos.



jueves, 30 de abril de 2026

Carta de Amor a los Muertos — Amy Winehouse

Es lunes por la tarde. Harto de pudrirme entre estas cuatro paredes me pongo a escribir, como la única manera de confirma que no me estoy volviendo loco y que soy capaz de razonar. De emitir pensamiento congruentes.
    Buco la música que me acompañará, he estado escuchando a Plastilina Mosh todo el fin de semana y a Chac Mool todo el día... Quiero escuchar algo que me permita pensar, las canciones en español enciman sus letras con mis pensamientos o roban mi atención. Para escribir preciso música instrumental, electrónica o en otro idioma.

Uno de los ejercicios literarios más bonitos que conozco es el de escribir cartas a personajes famosos y/o históricos. Personalidades importantes barra influyentes que de buenas a primeras no tendrían el mínimo interés en leernos, pero que por alguna curiosa razón tenemos la necesidad de manifestarles nuestro cariño.
    Amy Winehouse es la seleccionada de esta tarde noche. He visto el documental de Asif Kapadia así que tengo los eventos de su vida fresquitos —aunque ya los conocía de antemano—, y he quedado emocionalmente devastado. La vida de Amy Winehouse y del DJ Avicii me trastocan de una manera personal y profunda.
    Así que ya tengo personaje a quien escribirle y de paso escuchar mi disco favorito de ella: Back to Black, el que tiene la portada azul con fundido a negro y a una muy guapa Amy sentada en medio.



Leandro María Demóstenes Pérez 

Seminario Diocesano Guadalupano de Cuautitlán
Prolongación, Río Acatlán 101, Colinas del Lago, 
Cuautitlán Izcalli, Méx., 54744
55 5871 8940

Día Sábado 13 del mes de agosto del año 2011.


Amy Jade Winehouse

Mi querida señorita Amy Winehouse, es para mí un gran placer y honor tener la oportunidad de redactarle un par de líneas, con el mayor de los ánimos y la mejor de mis intensiones.
    Primero quiero brindarle un cálido y muy personal aplauso por el exitoso lanzamiento de su disco Back to Black, estrenado en el año 2007. En mi percepción personal es un poquito más rítmico que el también celebrado Frank. No haga mucho caso si mi comentario resulta desatinado, nada quita que su talento es inmenso.
    Escucharla a usted es como escuchar aquellos discos de rock n' roll de los 60s que mi padre me regaló un día con exponentes como los Teen Tops, los Ovnis, Enrique Guzmán o los Rockin' Devils, entre muchísimos otros. Música por momentos lenta y de letras de amor bastante románticas.
    A diferencias de mis preciados CD's. Sus letras, señorita Winehouse, se sienten mucho más honestas y humanas, su música es una fusión de ritmos ya establecidos con otros más modernos y traídos a esta época contemporánea, por lo que sus canciones me dan una atmosfera de anemoia, una clase de sensación liminal que encaja a la perfección con sus letras trágicas y tristes. Pues todo el álbum Back to Black me parece ser ese impase entre lo que se fue y lo que se puede llegar a ser a partir del punto de quiebre.

    Espero que sus costumbres británicas sepan perdonar mis horribles modales, pues voy recordando a la par que redacto que no me he presentado formalmente. Mi nombre el Leandro, tengo quince años y me encuentro estudiando el segundo grado de humanidades en el Seminario Diocesano Guadalupano de Cuautitlán. Ha terminado la primer semana de reingreso y tendremos libres sábado, domingo y lunes. Así que volveremos el día martes en la mañana a las instalaciones del seminario para empezar con las clases.
    Las vacaciones fueron muy ajetreadas, nos mandaron a varias parroquias de la diócesis para acompañar a los párrocos en una misión pastoral. Hicimos encuestas a la gente y organizamos cursos de catecismo.
    Con todo el ajetreo de las vacaciones y estando nuevamente aquí encerrado me ha resultado imposible enterarme de usted, así como de sus nuevos lanzamientos. Además de que los padres formadores —aquellos sacerdotes encargados de cuidarnos— me prohíben escuchar toda esa música catalogada de mundana. Pero no es usted la única, Luis Eduardo Aute es otro de mis artistas predilectos y, al igual que con usted, no he podido escuchar nada desde hace ya más de un año para acá.
    Desprenderme de la música me resulta imposible. El año pasado antes de entrar al seminario, estaba enamoradísimo de la música de Luis Eduardo Aute y de la suya, especialmente de la canción Tears Dry On Their Own, creo que habla de lo tremendamente fuerte y valiente que ha sido usted ante el dolor y la tristeza de abandonar al cretino de Blake.
    Yo mismo me sentía muy triste hace un par de años, cuando estaba en tercero de secundaria y me apuré unas pastillas para la presión que mi papá usa para tenerla controlada. Afortunadamente no me pasó nada más allá de una vomitada y mucho sueño.
    Me gustaría decirle, señorita Winehouse, que fue gracias a usted y su música que pude sobreponerme a la depresión. Pero sí que me acompañaron en esos días oscuros durante mis momentos más tensos.

No tengo ya más nada que yo quiera decirle y me incomodaría ponerla a leer un documento extenso en lugar de una carta amistosa.
    Pido al Señor que la bendiga y la guarde muchos años ya no sólo de vida plena sino de exitosa carrera musical, pues seguro estoy de que está usted destinada a ser una de las más grandes estrellas de la música.
    
    Un abrazo caluroso.
    Un beso afectuoso.


P.D. Cuando cumpla 18 años en agosto el 2013 cumpliré mi sueño de poder ir a verla cantar en vivo si es que viene a México a dar un concierto. 

SIEMPRE SUYO:
Leandro María Demóstenes Pérez





lunes, 16 de marzo de 2026

Ángel Caído

Sumergido en la ignominia
que inunda esta habitación ominosa,
víctima de mi propio abandono,

flota etérea, espectral, la imagen tuya;
el sonograma que me permitió verte
                                     por vez primera.
Una ecografía que me permitió observar
lo hermoso de tu presencia,
como un ángel
desplegando ante mí el milagro de la vida
por mí profanado.

La criatura más sublime sobre la faz de la tierra:
mirada inocente, más allá del bien y el mal.
Como un demonio
le confundí con un ángel por su terrible belleza.

Tocándome,
apretando con su diminuta mano uno sólo de mis dedos,
me robó el corazón, la mente,
la voluntad, el alma
y mi espíritu,
quedándose con todo de mí.

Luego se fue.
Una harpía lasciva de hábitos parasitarios
y una vieja hiena que relamía sus genitales,
sembraron cobardes ardides
y se llevaron al demonio,
acompañándolas a dejarme solo.

Se lo llevaron... se fue.
Igual que un demonio,
se llevó mi corazón, mi mente,
mi voluntad, mi alma,
y mi espíritu,
llevándose todo de mí 

Dejándome con nada.

Sumergido en la ignominia,
en esta habitación ominosa,
víctima de mi propio abandono,
flota etérea, espectral, la imagen tuya;
y religiosamente me retuerzo
profiriendo el plañido de Sabines.
Pues me dijo que, cuando se fuera,
se llevaría todo lo que fuera suyo.
Y se fue...
y no me llevo...
y yo era suyo...






martes, 27 de enero de 2026

Monumento Salino - Paisaje: Liturgia del Suspiro


Vórtice de agonía me golpea

cada que miro nuestras fotografías

nuestras miradas idas hacia enfrente.



En el silencio engañoso de la noche

fueron pausándose tus frases

tu infantil carcajada

                            — mi canción favorita

y el alarde profético de mi partida.



Como una infame amante

te sonreía mi ausencia

propiciando astuta un canto profético
                    
                                   — gritos de odio.

Y la canción, aquél canto lastimero

junto a los carros y el bullicio

en un lugar de paso
                
                            — como este mismo mundo.



Amanece la agonía,

de repente las cosas tuyas

las horas que recorríamos

siguieron ahí... deshabitadas.



La frustración cede paso

al ánimo de verte como antes

de hablarte donde sea que estés.



Sucia ausencia

la tristeza profanando tu mirada

abriendo en tus labios

las tres sílabas dadas por ti a mi nombre

escapando en un suspiro.



Así nos quedamos, sin nosotros,

viendo en el manto de la noche

un cúmulo de recuerdo:

imágenes errantes,

sonidos difusos;

inclementes al deseo de la carne,

indiferentes a la unión de la sangre.

Difuminados por el paso del tiempo...

en una ventisca.






sábado, 24 de enero de 2026

Monumento Salino - Paisaje: Terrores Diurnos


Si la luna a mediodía

alumbra rincones peligrosos de la psique,

dejo mis dudas deambular errantes

entre el espacio etéreo

y las sustancias inhibidoras.



Si las dudas regresan como preguntas cerradas

porque han sido respondidas,

y las respuestas se manifiestan

en boca del sofista tras el escritorio,

son una lluvia invertida:

un borbollón interminable

sin sentido.



Se oye una canción

en los bares del pueblo;

peatones aglomerados en  ambos sentidos.



Inquieta,

morbosa

su mirada fuerza el cruce con la mía.

Amenaza de la noche

en sus rostros sin facciones.




El Demonio de la Perversión — Destinos

¿A dónde irá toda la ira? ¿A dónde irá todo el dolor? ¿Qué es lo que se supone que yo debo hacer? ¿En dónde encontraré mi camino? Siento que...