Vórtice de agonía me golpea
cada que miro nuestras fotografías
nuestras miradas idas hacia enfrente.
En el silencio engañoso de la noche
fueron pausándose tus frases
tu infantil carcajada
— mi canción favorita
y el alarde profético de mi partida.
Como una infame amante
te sonreía mi ausencia
propiciando astuta un canto profético
— gritos de odio.
Y la canción, aquél canto lastimero
junto a los carros y el bullicio
en un lugar de paso
— como este mismo mundo.
Amanece la agonía,
de repente las cosas tuyas
las horas que recorríamos
siguieron ahí... deshabitadas.
La frustración cede paso
al ánimo de verte como antes
de hablarte donde sea que estés.
Sucia ausencia
la tristeza profanando tu mirada
abriendo en tus labios
las tres sílabas dadas por ti a mi nombre
escapando en un suspiro.
Así nos quedamos, sin nosotros,
viendo en el manto de la noche
un cúmulo de recuerdo:
imágenes errantes,
sonidos difusos;
inclementes al deseo de la carne,
indiferentes a la unión de la carne.
Difuminados por el paso del tiempo...
en una ventisca.




