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viernes, 9 de enero de 2026

Guerra de Dragones

A mis setenta y cinco años, poco había hecho con mi vida. Mis modos con quienes me rodeaban se habían vuelto ariscos, al punto de tratarlos con amargura. No era para menos: el pobre diablo de mi hijo se casó con una mujer a la que apenas conocía, divorciándose apenas un año y medio después de haber traído al mundo a mi nieto.
    Apenas conocía a esa cuasi familia, en realidad. Venían a visitarme tres veces por semana trayendo al pequeño. Tras la separación las visitas continuaron, una vez él, solo; dos veces, ella, con el niño.
    Me negaba a llamar a mi nieto por el nombre que sus padres le habían puesto, más por molestarlos que por no recordarlo. Matías, así lo llamaba cariñosamente, era inteligente y hermoso. Tenía el tono de piel apiñado y la boca grande de su madre, así como las cejas furiosas de su padre.
    Me caía bien el muchachito, hablaba y se comportaba como una persona inteligente casi todo el tiempo. No es un gran elogio todos los niños hacen lo mismo, creo, pero el simple hecho de que fuese mi nietecito me hacía amarlo profundamente. Por eso Matías era el único que escapaba, aunque fuera apenas, de mis modos hoscos y mi trato amargo.
    No me sorprendió que mi hijo no viniera aquel día. En su lugar llegaron la esposa y mi nietecito. Era raro que se ausentara, aquella fue la primera vez y di por hecho que sería la primera de muchas. Pero ella poco tenía que hacer viniendo en su lugar, seguramente el descarado le pidió que trajera a Matías por él, dejándola en la incómoda posición de tragarse mi amargura. Aunque ella prefería aguantarme a mí, que al menos me hacía cargo del niño durante la visita.
    Mi hijo me decepcionaba. Parecía no darse cuenta, o no querer darse cuenta, de que entre las tres personas que podían considerarse su familia, sólo el niño mostraba verdadero contento al estar con él y deseos de verlo. Cosa sucedía en muy pocas ocasiones.
    Matías ocupaba casi todo mi tiempo. Tenía una forma peculiar de crear frases, una especie de método para romper el hielo: hacía preguntas sobre los objetos que le llamaban la atención, y más tarde repetía las respuestas, transformándolas en tema de conversación.
—¿Qué es eso? —preguntaba el pequeño tomando una figurilla de porcelana
—Una geisha, Matías. —le respondía yo—, una geisha de porcelana.      Pasaba un largo rato sin decir nada y entonces decía:
—Esa es una Geisha.
—Así es, Matías. Es una geisha.
—Es una geisha de porcelana.
    Me encantaba platicar con él. Así podíamos estar el día entero sin fastidiarme de aquel inocente ejercicio, del cual su madre ya estaba harta. Pero había una cosa sobre la que yo nunca hablaba, ni siquiera con Matías... una fotografía que se empolvaba lentamente sobre el mueble del televisor.
    La fotografía permanecía de espaldas, ocultando a todos la imagen que contenía. Matías preguntaba primero qué era aquel recuadro y luego, con inocente insistencia, por qué estaba así, volteado. Yo me escudaba en su léxico aún inmaduro para hacerme el desentendido, evitando tocar aquel tema inquietante que se alojaba en la imagen.
    Fue esa tarde. Matías aprovechó un momento en que me distraje para subir al sofá y alcanzar el objeto que tanto le intrigaba. Cuando su voz pronunció la palabra “foto”, me volví de inmediato, sabiendo revelado aquello que con tanto esfuerzo había mantenido oculto. Mi primera reacción fue gritarle, arrebatarle el retrato al inocente niño que ahora se sentaba cómodamente en el mismo lugar donde se había parado para alcanzarla, observando cada detalle con curiosidad. Pero mi infinita paciencia y cariño por él me hicieron responder, casi sin pensarlo:
—Así es, Matías. Es una foto.
    Le conté acerca de aquella fotografía que huía del álbum familiar. Me la había tomado mi abuelo, el padre de mi madre, una tarde en la que permanecía sentado en la playa, mirando fijamente hacia el mar. Más allá del mar. Miraba hacia el horizonte... hacia el día en que los dragones llegaron y comenzaron su cruento ataque. Una guerra devastadora.

Tenía apenas ocho años. Vivíamos a unos treinta minutos a pie de la playa, y desde la azotea de la casa de mi abuelo, donde habitábamos desde antes que pudiera recordar, se alcanzaba a ver el mar. Desde los cinco años le pedía que me llevara a conocerlo, me había dicho que cuando tuviera edad suficiente iríamos, que sólo debía ser capaz de ir y venir a pie. Su promesa seguía latente, sin cumplirse.
    Mi mamá se encargaba de todo en la casa, pues mi abuelita Paula sufría una condición en las rodillas que le postraba en una silla de ruedas. Aunque era unos diez años más joven que el abuelo, no podía dar un solo paso. Pasaba los días sentada apaciblemente en su mecedora, observando la vida pasar frente a ella mientras yo jugaba mil cosas a su alrededor. Nunca la vi alterada, ni estresada por nada, a diferencia de los demás adultos que vivían conmigo, quienes de vez en cuando sí que gritaban.
    Mi abuelo se encargaba de ir y venir por las calles, comprando la despensa. Me llevaba con él desde que tenía tres años, y casi siempre terminábamos sentados en la plaza. Me compraba alguna golosina o sacaba una fruta de las que habíamos comprado, mientras veíamos a los niños jugar. Él me insistía en que fuera a jugar con ellos, pero yo prefería tomar fotos con su Polaroid, que llevaba colgada al cuello a todos lados. Éramos cómplices de esas salidas, como dos viejos camaradas.
    Mi abuelo se llamaba Esteban, pero nunca lo llamé por su nombre. Era un hombre alto y esbelto. Fuerte, muy fuerte. Mientras yo apenas cargaba la bolsa de manzanas con esfuerzo, él llevaba dos que parecían gigantescas, capaces de contener muchas más como la mía. No sudaba, no jadeaba, ni siquiera durante los largos paseos a la plaza, a la que me llevaba medio tramo a pie y medio tramo sobre sus hombros. Había sido pandillero, un chico rudo en su época, pero lo dejó todo al conocer a mi abuelita Paula. Ahora era un fanático de las cámaras y de la fotografía, pasión que me contagió y que compartimos muchos años.
    Igual a muchos hombres de su edad, mi abuelo no mostraba sus sentimientos en público, pero mi abuelita Paula me hablaba de las noches llenas de besos y palabras de amor que aún le dedicaba. El resto del día lo pasaba pendiente de ella, llevándola en brazos de la cama a la silla de ruedas, a la mecedora, y de la mecedora a la silla de ruedas, a la cama.
    Mi mamá, en cambio, tenía un aire triste. Limpiaba las habitaciones y las ordenaba; lavaba la ropa, la tendía, y la doblaba y guardaba cuando estaba seca. También preparaba la comida y me atendía con cariño. Me contaba cuentos antes de dormir, mis favoritos eran aquellos en los que príncipes valientes peleaban contra dragones: poderosos seres alados con el aspecto de un reptil y de tamaño colosal, capaces de escupir fuego por sus fauces, y que gustaban de robar tesoros, raptar princesas y destruir pueblos. Hoy sé, que mi fascinación por aquellos seres, nacía del terror que me provocaban.
— Los dragones no existen —decía mi madre, cuando le preguntaba si era posible que los dragones fueran a la isla donde vivíamos a provocar problemas.
    Mi mamá se llamaba Estela, pero nunca la llamé por su nombre. Ella no poseía un aire tan estoico como el de mi abuelo, quizá por el miedo. Miedo de que mi padre se ausentara tanto tiempo de casa para cumplir con sus obligaciones. La comprendía, a mí también me volvía serio. Me enojaba con él cuando pasaba apenas un par de horas conmigo, antes de pelear con mamá hasta entrada la noche. Ella se quedaba llorando, y él desaparecía por un par de meses más. Era su obligación.
    Jamás me faltaron caricias de mi mamá, sus besos en mis mejillas, ni esas sonrisas hermosas que ofrecía a mis ojos inocentes. Ojos que brillaban cada vez que me recordaba la promesa del abuelo de llevarme algún día a nadar al mar. Era una promesa que me repetía cuando deseaba que me portara bien.
    Mi padre, a diferencia de mi madre y mi abuelo, me colmaba de regalos. Supongo que era el modo en que me demostraba cariño, pues su ausencia me impedía creerle cuando decía que me quería. Su obsequio más preciado para mí, era un paquete de juguetes playeros: varias cubetas de diferente tamaño, una palita para la arena y un barquito de plástico. Me los compró una tarde cuando le dije que el abuelo había prometido llevarme a la playa cuando cumpliera cinco años.

Una mañana, mientras dormía apaciblemente junto con el sol, me despertó un sonido extraño. Jamás lo había escuchado antes. Era parecido a la sirena de una ambulancia, pero más alargado, más feroz. En mis sueños sonaba como un alarido de terror.
    Mi madre irrumpió en la habitación, lanzando desesperadamente la puerta. Iba mal vestida, despeinada, y el cintillo de sus zapatos daba brincos sueltos por el aire, provocando un golpeteo ansioso con cada paso. Fue directo al armario y sacó una maleta, que el abuelo me había regalado para llevar mis cosas el día que fuéramos a la playa. Comenzó a meter mis prendas, eligiendo con rapidez aquellas que sabía que eran mis favoritas.
    Me levanté de golpe y corrí por toda la habitación. Recogí los juguetes playeros que mi padre me había regalado, mis sandalias, mi toalla, mis goggles y demás cositas que yo soñaba con llevar a la playa. Las junté en mis brazos y esperé a que mamá terminara. Cerró la maleta con violencia. Yo la miré sin entender. Su primer impulso fue regañarme, pero suspiró, luego acarició con afecto mi mejilla, volvió a abrir la maleta y con prisa, pero con paciencia, me indicó que colocara mis cosas dentro.
    Me condujo hasta el patio de la casa. El abuelo ya esperaba allí, con su maleta preparada y su Polaroid colgada al cuello. Sentí una calma fugaz al verlo, pero no pude sonreír. Mi confusión se acrecentó al notar que los colores rojizos, rosas y naranjas del amanecer provenían desde otro lado del cielo. La gente en la calle gritaba, tratando de hacerse oír por encima del aullido constante de las sirenas. Y entonces ocurrió: zumbando como un enjambre descomunal, algo pasó volando sobre nuestras cabezas. Jamás había visto tal cosa. A su paso, la multitud corrió y gritó con desesperación, como si la cordura se les hubiera escapado de golpe.
—Son los dragones, hijo —me dijo el abuelo mientras me entregaba una foto que les había tomado.
    Eran cinco, pero no se parecían en nada a los dragones de los cuentos que mamá me contaba para dormir. Sus alas estaban extendidas horizontalmente, rígidas como plataformas. Tenían un único ojo alargado, como el de una libélula, y se elevaban por el aire gracias a unas pequeñas alas similares a las de un mosquito, ubicadas en la punta de su nariz. Al moverlas generaban el poderoso zumbido que habíamos escuchado.
    Mi confusión se transformó en terror. En mis cuentos, los dragones llegaban a los pueblos buscando damiselas y tesoros. Destruían casas y asesinaban personas si no conseguían su botín.
    Jalé a mi abuelo por la pernera del pantalón, suplicándole que nos fuéramos. Le dije que sería peligroso caminar hasta el mar ahora que los dragones habían llegado, pero no logró escucharme. Deliberaba algo con mi madre, y yo no alcanzaba a oír nada por todo el estrépito que nos rodeaba.
    El corazón se me estrujó al recordar que mi abuelita Paula no podría acompañarnos y quedaría a merced de aquellos dragones. El abuelo me miró por fin y me sonrió, meció con ternura mi cabello, se colgó la mochila en los hombros y, tras subirme a mí sobre ellos, tomó mi maleta, ayudado por sus rueditas, emprendió con prisa el camino hacia el mar. Mi madre corrió hacia el cuarto de mi abuelita Paula. Y más no pude ver.
    Iba dando de tumbos sobre los hombros de mi abuelo abriéndose paso entre la multitud, mientras le gritaba que quería caminar hacia el mar, como habíamos prometido. Quizás no pudo oírme por el estruendo, o simplemente no me hizo caso, algo que ocurría cuando estaba muy concentrado. Apenas logró escucharme cuando le dije que mi cachucha se había volado.
    Se detuvo de golpe, caminó hasta quedar pegado a la pared de una casa y, luego de dejarme en el suelo, se adentró entre la multitud que corría como una estampida. Tuve miedo de imaginar a mi abuelo tropezando y cayendo entre la multitud embravecida, quedando debajo de esos pies enloquecidos que corrían hacia la playa. Volvió con mi gorra intacta luego de un rato que me pareció interminable. Le sopló suavemente, la sacudió contra su pierna y me la colocó. Luego me tomó de la mano, me sonrió, y juntos descendimos calle abajo, rumbo al mar.
    Poco después, los dragones nos alcanzaron. No escupían fuego por la nariz ni por la boca, como en los cuentos. Lo lanzaban desde los costados, no en llamaradas enormes, sino en ráfagas certeras que al impactar destruían instantáneamente, volando tan rápido que resultaba imposible verlas. Pero lo que más me aterró fue ver cómo arrojaban sus excrementos en grandes cantidades sobre calles, casas, campos y gente, estallando con violencia, envueltos en fuego. Aquellas explosiones ensordecían mis oídos, quemaban y destruían.
    Mi abuelo corrigió el rumbo tanto como pudo, pero no logró impedir que volteara. Lo único que vi fueron escombros ardientes y gente consumida por las llamas o atrapada bajo lo que alguna vez consideraron sus casas seguras. Detrás de nosotros quedaron vestigios de lo que fue nuestro pueblo, con cuerpos mutilados y chamuscados regados erráticamente sobre las ruinas y todo alimentaba las llamas, envuelto en un perturbador silencio.
    En esa dirección se quedaron mi abuelita Paula y mi mamá. Quise llorar, soltarme de la mano de mi abuelo para correr a buscarlas, pero él me inspiraba una profunda confianza. No podía abandonarlo en medio del desastre y la confusión, así que me mantuve a su lado, esforzándome por mostrarme valiente, ocultando mi temor detrás de una expresión seria.
    Ya comenzaba a divisar el mar acercándose. Junto con él, viniendo de frente hacia nosotros, apareció algo que semejaba una parvada de golondrinas. Mis temores crecieron, y se confirmaron cuando el zumbido de los dragones se volvió cada vez más intenso. De no haber sido por la mano firme de mi abuelo, habría corrido estúpidamente hacia el lado del que veníamos huyendo. Este nuevo grupo de dragones sobrevoló nuestras cabezas sin escupir fuego ni arrojar sus heces. Se acercaron al primer grupo de monstruos y comenzaron a intercambiar ráfagas de fuego entre ellos.
    Usando sus mortíferas ráfagas se arrancaron las patas y las alas, precipitándose vertiginosamente al suelo. Algunos dragones incluso explotaron en el aire envueltos en llamas al ser perforados sus vientres. Hubo dragones que decidieron impactarse de frente contra sus rivales, haciéndose pedazos con el impacto. Rápidamente, los dragones que habían arrasado nuestro pueblo fueron superados; ascendieron, intentando huir, perseguidos por el segundo grupo, que aún logró derribar a varios durante la persecución.

La primera vez que fui a la playa, iba de la mano de mi abuelo, a quien quería muchísimo. Él llevaba su Polaroid colgada al cuello. Mi mamá me había preparado una maleta nueva, que mi abuelo había comprado especialmente para ese día pues me lo tenían prometido desde que tenía tres años. En la maleta, mamá colocó mis prendas favoritas, y yo añadí mis juguetes de playa, regalo de mi papá, mis shorts, mis chanclas… incluso mi cepillo de dientes.
    Caminaba a rastras, me ardían las plantas de los pies. Pese a que mi abuelo quiso llevarme en sus hombros, yo insistí en ir caminando para cumplir mi promesa, hecha desde que tenía tres años.
    La brisa fresca del mar comenzó a golpearme el rostro. Por fin, el hollín y la mugre empezaban a desprenderse de mis párpados y mis mejillas. Mi gorra, demasiado sucia y pesada, fue arrojada a la basura por mi abuelo una vez que llegamos a la playa. Mi maleta estaba igual de sucia, y me entristeció pensar que también la tiraría. Por eso no le dije que quería empujarla. Apenas había soportado el viaje. Me pesaban las piernas, y la arena me hacía imposible seguir caminando. Mi mamá tenía razón: en la playa hay tanta arena que no se puede caminar con zapatos. Me senté ahí mismo, casi en medio de la multitud, esperando que, en cuanto mi mamá apareciera, pudiera verme.
    Estaba absorto mirando aquel mar de gente y no me di cuenta cuando el abuelo derramó un poco de agua de su cantimplora sobre mi frente. Volteé a contemplarlo y, al verlo, me sentí seguro de nuevo. Estiré las manos para pedirle la cantimplora, y bebí agua como nunca antes. Mamá tenía razón: en la playa da mucha sed.
    Un ruido parecido al de un camión nos hizo voltear a todos. Un dragón había aterrizado en la playa, a pocos metros del mar, y comenzaron a llegar muchos más. Fue desconcertante ver cómo las personas que también habían alcanzado la playa corrían hacia ellos, no lejos de ellos. Lo que hizo que mi confusión regresara con fuerza.
    Mi abuelo fue a hablar con los hombres de ropas militares que habían bajado de los dragones. Le entregaron unas cajitas atadas con rafia, y parecieron explicarle muchas cosas. Yo miraba por encima del hombro, asegurándome de que no se fuera sin mí, y también hacia el mar de gente frente a mí, buscando a mamá.
    Poco a poco, la multitud dejó de pasar, y la esperanza comenzó a transformarse en ansiedad. Finalmente, como a eso de las tres de la tarde, mi abuelo me tomó en brazos. No me subió a sus hombros; me dejó de nuevo en el suelo y me entregó la mano de uno de los hombres que habían descendido de los dragones. Conocían a mi padre y decían que llegaría pronto, pero mi abuelo no podía esperar. Tenía que buscar a mamá y a mi abuela Paula antes de que oscureciera. Se fue, dejándome con el orgullo de haber caminado todo el trayecto.
— Bien hecho, campeón —me dijo, como siempre me decía cuando hacía las cosas bien. Yo me sentí orgulloso.
    Aterrado, vi a mi abuelo meterse entre los escombros y desaparecer en aquella neblina negra. Me quedé mirando sólo hacia adelante, convencido de que volvería con mamá y mi abuela Paula.
    La ansiedad se apoderaba de mí. Dejé de prestar atención al entorno cuando vi que mi padre venía caminando; había bajado de uno de los dragones. ¿Por qué ni mi abuelo, ni mi mamá me contaron de todo eso? No podía creerlo.
    El hombre era casi tan fornido como mi abuelo. Al descender del dragón y dirigirse al resto de militares su rostro y mirada poseían un aspecto fiero e implacable que nunca le había visto, ni siquiera cuando discutía furioso con mi mamá o mi abuelo.
    Habló mucho con otros adultos, pero muy poco conmigo. Quise correr a abrazarlo en cuanto lo vi, pero una especie de vergüenza me lo impidió. Le sostuve la mirada como pude y sonreí, él me devolvió la sonrisa, su semblante se volvió dulce y tierno al verme y al dirigirse a mí, casi vulnerable.
    Aquel hombre de uniforme militar me tomó entre sus brazos y comenzó a decir cosas sobre mí, pero no puedo recordarlas, el sonido de su voz no me era familiar. Aun así, lo quería, y estoy seguro de que él también me quería. Me besó y acarició mis mejillas. Su mano estaba fría, su piel dura y áspera. Pero en sus ojos había cariño, y su sonrisa era especial.
    Papá me llevó a conocer su dragón. Lo primero que quise hacer fue tocarlo, pero al sentirlo tan frío lo solté sobresaltado. Entonces entendí por qué las flechas y espadas de los caballeros nunca podían atravesar su piel: estaban hechos de acero. Debía estar dormido o algo parecido, porque nunca pareció notar que estábamos ahí. Comimos cerca de la hélice, aprovechando que aún despedía bastante calor. Papá me ofreció un sándwich, como los que mamá preparó una vez que fuimos de día de campo al parque.
    Hice mil preguntas a mi padre, todas relacionadas con su dragón, me mostró los cañones de donde escupían el fuego, y el compartimento donde guardaban sus heces, llamadas bombas, olían a azufre y pólvora. De alguna forma, mi padre y otros pilotos como él, entraban a la cabeza del dragón, un espacio llamado cabina y desde ahí podían controlarlos totalmente. Eso explicaba por qué en los cuentos, los dragones robaban tesoros y princesas.
    Cuando terminamos de comer y ver el dragón, papá sacó de mi maleta los juguetes playeros, me enseñó a levantar castillos de arena con las cubetitas. Él era muy bueno para hacerlo, podía apilar tres pisos, yo a duras penas podía vaciar uno sin que se me deshiciera, pero cada esfuerzo fue coronado por él con una risa amable y un:
—Bien hecho, mi amor.
    Comenzaba a escasear la luz. Sólo quedaban algunos puntos iluminados por estructuras improvisadas de postes y lonas que los militares habían dispuesto. Mi papá me llevó cargando a una tienda cercana, justo donde debía aparecer mi abuelo, quien tardó mucho en llegar. Venía trayendo en brazos a una mujer. Cargaba a mi mamá como los príncipes a la bella princesa rescatada, sostenida con esfuerzo en sus brazos. Cuando le pregunté por mi abuela Paula, su rostro empapado en sudor me sonrió con dolor, jadeante, me acarició el cabello y negó con la cabeza, quise llorar, pero al ver que mi abuelo no lloraba, no lo hice.
    Mamá estaba cubierta de hollín, y un polvo muy grueso se había encostrado en su frente, mezclado con sangre. Se veía agotada, no se movía, pero respiraba.
    Corrieron a ayudar a mi mamá. Un oficial le exprimía una esponja de agua tibia sobre la frente, tratando de quitarle el lodo; otro le insertaba una aguja en el brazo, conectándola a una bolsa de líquido. Mamá movía mucho los labios, pero no alcanzaba a oír lo que decía. En vez de hablarle, le di un beso en la mejilla, como los que ella solía darme. Un príncipe despierta con un beso a la princesa que fue raptada por el dragón. Al estar cerca de su rostro, pude oír lo que murmuraba: palabras de cariño, promesas de que se pondría mejor, y que me portara bien. Me quedé con ella, acariciándole el regazo, mientras mi padre y mi abuelo se alejaban hacia la oscuridad de la playa. La luz de la luna bastaba para ver que discutían acaloradamente. Fui por un sándwich para mí y otro para mi mamá.

Me despertó una especie de sacudida en sueños, dejándome algo confundido. Estaba cobijado por una manta gruesa y pesada, cálida y cómoda. Papá piloteaba su dragón, estábamos dentro de la cabina e íbamos mar adentro mar adentro. Otros dos dragones se acercaron al nuestro.
—Son dragones enemigos, mi amor —dijo mi padre a gritos. Su rostro nuevamente había adquirido ese aspecto fiero y temible cuya mirada se mantenía fija en los enemigos
—No tengas miedo.
    Papá elevó su dragón bruscamente, y descendió con la misma fuerza, quedando detrás de nuestros perseguidores.
—Tapa tus oídos, mi amor.
    Tras ese grito, el dragón de mi papá escupió una ráfaga de fuego cuyas percusiones se resintieron en mi pecho. Los dragones enemigos perdieron las alas y cayeron, al golpear el mar se hicieron pedazos. Yo permanecía apretando los ojos y abrazado fuertemente a mi papá, quien rodeo mi cuerpo con uno de sus brazos, usando el otro para mantener estable el dragón.
—No te preocupes, mi amor. No dejaré que te lastimen.
    Llegamos a otra isla, mucho más grande que la nuestra, y el dragón aterrizó. Papá me dejó en una carpa donde sólo había enfermeras. Me sonrió, me dio un beso en la mejilla y me abrazó con fuerza. Me daba pena abrazarlo, pero mi corazón quiso que mis brazos se abrieran, y compartimos un poco de calor. Me levantó del suelo con sus poderosos brazos.
    Me habló al oído de lo sorprendido que estaba por mi valentía y me dijo que se sentía orgulloso de mí, que no tuviera miedo. Me hizo prometer que cuidaría de mi mamá y de mi abuelo, yo asentí con la cabeza, tratando de imitar el mismo aspecto fiero e implacable que le había visto hacer.
    Papá me dejó en el suelo y corrió hacia su dragón, se subió en él y antes de entrar a la cabina me dirigió el saludo clásico de los militares, que yo le respondí imitando el gesto. Entró en la cabina y despegó, traté de seguirlo con la mirada, pero al unirse a los demás no pude distinguir cuál era el de mi papá.
    Desde aquella playa segura, vi cómo varios dragones enemigos se acercaban por un costado de nuestra isla, pero el grupo donde estaba mi papá le salió al encuentro de frente. Comenzaron a intercambiar fuego. Algunos estrellaron sus dragones entre sí, estallando envueltos en llamas. El equipo de mi papá ganó, pero del enorme grupo quedaron muy pocos.
    Las enfermeras me dieron de comer y me hicieron algunas preguntas, justo cuando empezaron a llegar otros dragones. Traían consigo a las personas que habían sobrevivido. No tardarían en traer a mi abuelo y a mi mamá. Las enfermeras me permitieron ir a la playa a esperar a mi familia. Me senté en la arena, que en esta isla era mucho más suave y fina.
    Un dragón llegó y pude ver varios destellos de luz en la cabina, eran mi abuelo y mi mamá, él venía tomando fotos. Pasaba ya de medio día, me había acabado mis jugos y mis sándwiches, tenía mucha hambre y apretaba la arena con mis puños que por fin se relajaron cuando vi los flashes de la polaroid de mi abuelo.
    Mamá no pudo bajar sola del dragón, pero logró caminar con la ayuda de unas muletas. Mi abuelo traía mi maleta. No pude sonreír: mi mamá aún se veía malherida, y pensé que mi maleta sucia terminaría en la basura, como mi gorra.
    Para mi sorpresa, mamá se sentó en la arena, extendiendo una cobija como la de papá. Sacó de mi maleta mis juguetes y mi ropa. Corrí hacia ella, creyendo que íbamos a jugar... Pero sacó todo lo que yo había metido para alcanzar lo que ella había guardado primero. Allí mismo me cambió. Me gustó tener ropa limpia, y pude conservar los juguetes. Así, los tres —mi mamá, mi abuelo y yo— nos quedamos sentados en la playa el día que me llevaron a conocer el mar.
    Ya entrada la tarde, la gente comenzó a reunirse en el malecón. Las familias, una a una, levantaron montoncitos de piedras como tumbas simbólicas para sus muertos.
    Mi abuelo, mi mamá y yo construimos uno por mi abuelita. Usando mis juguetes levanté un castillo de arena que cubrimos con rocas, conchitas de mar y pedacitos de coral, quise llorar. No podríamos regresar a casa, no podría contarle a mi abuelita Paula que levantamos un castillo de arena para ella.
    Me dejaron jugar, por fin, busque un área despejada para levantar más castillos de arena y hacer hoyos. Inocentemente, jugué a derribar los castillos de arena usando mi barquito como dragón. Cada tanto, miraba hacia el mar buscando a mi padre, esperando que llegara, incluso levanté un castillo de arena y lo adorné con las mejores piezas que encontré en la playa.
    Desde lejos, vi cómo los dragones comenzaron a regresar. Busqué entre todos el de mi padre… pero no llegó. Poco a poco, arribaron los últimos. Incluso una lancha con sobrevivientes del ataque. Por más que esperé, sentado en la playa, mi papá no volvió. Ni su dragón.
    Así permanecí durante horas: sentado sobre la arena, junto a mi castillo, con mis juguetes en las piernas y mirando el mar, más allá del mar, al horizonte, esperando la aparición de papá que nunca llegó. No me di cuenta de que mi abuelo estaba detrás de mí, tomándome una fotografía con su Polaroid.

Matías ya jugaba con otra cosa y dejé la foto como él la había encontrado.

 


 

lunes, 22 de febrero de 2021

Fue un Día Maravilloso, Casi

Ella y yo salimos, una amiga nos había invitado, iba a salir con su novio, él nos llevaría.
    Hubiera sido un día maravilloso, de no ser porque éramos los únicos tres menores de edad, de todo el grupo el único lo suficientemente viejo para estar ahí nos doblaba la edad a todos.
    Ella y yo bajamos de un brinco de la camioneta en cuanto pudimos, su amiga estaba demasiado ebria para hacer algo pero él prometió llevarla a casa, insistió en dejarnos primero a nosotros.

Siempre nos sentiremos mal, sólo queríamos estar juntos... Ella le marca a su amiga, me dice que le contó que no pasó nada, que llegó con bien... Su amiga y nosotros sabemos que miente.
 

martes, 7 de enero de 2020

Esa Prenda Tuya


Esa prenda tuya que aún conservo
y, cual si fuera mía, bien resguardo
alejada, protegida del recuerdo,
escondida entre los valores de mi cuarto.

La tomé con un permiso no pedido
a la par que fabricaban mis caricias
surcos en tu pétalo encendido;
la tomé sin ser ladrón ni asesino.

Hoy es mi tristeza su recuerdo
que vaga cual fantasma por mis libros,
entre los valores de mi cuarto escondido;
tomada con un permiso no pedido,
esa prenda tuya que aún conservo. 





lunes, 25 de noviembre de 2019

Antes de que nos Olviden III - Capítulo Final


Aún no se le notaba la pancita, aunque las piernas, mejillas, pompas y senos ya habían aumentado de tamaño volviéndola mucho más sexy para él, quien en un intento desesperado por consentir a la mujer que amaba decidió invitarla a salir. Tenía miedo de que se llegara a desmayar o a descompensar cuando el embarazo estuviera mucho más avanzado, así que tomó su apenas decente quincena y después de ver sus zapatos se atrevió a pensar
    “Todavía aguantan otro mes”
por tercer mes consecutivo. Quedó con ella, para sorpresa de él, fue muy fácil ponerse de acuerdo… era algo que últimamente no pasaba mucho.

No era raro que llegara tarde, en sus dos cumpleaños anteriores lo había hecho y eso lo había entristecido mucho pues resultó ser algo que en verdad lo hirió, al menos en su momento y el no tener el valor para decirlo fue lo que en verdad le hizo daño. Era un círculo vicioso y ellos, al parecer, ya eran expertos en crearlos... lo quería de verdad, pero ahora mismo y desde hacía mucho tiempo atrás, su cabeza era una tormenta de dolores, pesares y confusiones
    “Cómo siempre ya se me hizo tarde” 
se dijo Alice dando vueltas por su habitación… luego se pone bien triste y luego se le pasa, era el único consuelo que le quedaba, aunque en el fondo sabía que la quería y era bueno sentirse querida por el hombre al que quieres y salió. Había planchado su cabello y tomado su ropa no tan desgastada, pues hacía ya más de un año que no podía comprar nueva, se había mirado en su espejo de cuerpo entero y se gustó, se sintió hermosa, había notado también que su vientre aún no abultaba la nueva vida que aguardada y le gustaron los primeros cambios en su figura, era hermosa. Ahora tomaba la combi a las 4:45 para un viaje de cuarenta minutos cuando la cita era a las 5:00… Además, Ian últimamente había vuelto a ser puntual, de seguro él ya estaba a punto de llegar si es que no lo había hecho ya… Para chingadas madres el tráfico la retrasaría, siendo optimistas, una media hora más. Le gustaba salir, en verdad lo disfrutaba y extrañaría mucho aquella intensa sensación de libertad, de noches viendo las luces de la ciudad desde un auto a toda velocidad a alguna parte, el escándalo alucinante de una fiesta. Como sea, algún día la gente se arrepentiría de no haber sentido su lado más salvaje pero ella no. Ella sabía que cada cosa solamente se vive una vez.


A Ian siempre lo habían incomodado los regalos muy notables, pero había llegado 10 minutos antes y podía sin ninguna prisa pasar a comprar unas flores con las cuales sorprenderla, a ella le gustaban mucho esas cosas y se dejaba sorprender. Ella era una persona muy linda  y eso lo había vuelto loco, pues quien llegara a mirarla por primera vez no podría ni imaginar lo sencilla que era su alma, pero él se había aprovechado sin querer del no esperar nada a cambio que ella era tan buena sintiendo. Queriendo hacer del regalo una cosa especial trató de darse su tiempo pero como siempre le solía suceder, cuando más quería matar el tiempo, más prisa se daba.
 
Ya era súper tarde, había pasado media hora y aún faltaba tramo, Alice pensó que hubiera dado lo mismo salir puntual… Tal vez Ian igual llegase tarde.

No era el colmo, aún. Ella siempre solía llegar tarde a todos lados, así había sido desde que la conoció, quizá se había encontrado con tráfico… pues salió bastante temprano y apenas llegó un poco antes.

Al no tener saldo en sus teléfonos ninguno de los dos podía avisarle al otro. En una Central de Porcesamiento de la Información (CPI, existía una por municipio conectada a las del resto del mundo vía Plumbing), se detectó a un ciudadano sin conexión en su Smartphone detenido por la calle por lo que una cámara de seguridad enfocó sobre el joven con flores que parecía esperar a alguien. Ese tipo de muestras de afecto públicas no estaban prohibidas por el Ministerio de la Seguridad, pero de darse el caso de que la persona esperada tampoco estuviera conectada a la Plumbing desde su teléfono móvil resultarpia sospechoso. Rápidamente el sistema envío una patrulla de la Guardia Nacional para estar al pendiente. Cualquier persona que no estuviera conectada a la Plumbing era considerada sospechosa, más aún si mostraba intensiones de afecto de manera pública sin intensión de compartirlo a través de la Plumbing.

7:00 PM… Era el colmo, ya la gente se había dado cuenta del muchacho que habían dejado plantado con todo y su ramo de rosas. Vaya tontería… sin duda era de esas cosas que solían pasarle a él. No tenía caso, comenzaba a ponerse oscuro y más valía ahora esperar para ya de mínimo regresar juntos a casa… Al menos ahorraría dinero y todavía tenía el detalle de las flores, también alcanzó a notar que la Guardia Nacional había dejado de prestarle atención y ya pronto se irían.
    Alice bajaba de la combi a toda velocidad, eran las 7:30 y no entristecerse le resultó inevitable, ya antes había pasado; cuando llegaba tarde lo único que ella quería hacer era verle , pero él estaba cansado de esperar y seguramente molesto. En ese momento lo vio, caminaba lentamente al lugar donde tomaría el transporte de regreso a casa. Alice quiso gritar, pero con la presencia de dos personas ahí sin datos móviles se disparó la alarma silenciosa y dos oficiales con traje anti motín descendieron de la patrulla que tenía ya un rato vigilando a Ian.
– ¡Ian! – gritó la chica cuando vio que éste levantaba el brazo para hacerle la parada a una combi.
   
La puerta se cerró una vez que el joven subió y se sentó. Al dar la vuelta en una glorieta Ian alcanzó a ver a una chica de espaldas… podía ser ella....

Alice quiso secar inútilmente las lágrimas que corrían por su rostro tan bello ahora compungido por la desilusión. A nadie le importó; sólo los dos oficiales que habían descendido de su patrulla quedaron expectantes, uno de ellos regresó al vehículo y anunció por radio mientras el otro solamente subía de nuevo:
– Falsa alarma, central. Confirmamos y nos retiramos.

Un ramo de rosas asomó detrás de la inconsolable Alice, quien volteó sin creer lo que sucedía
– Hola, mi vida… ¿Llevas mucho esperándome? – Alice se arrojó a los brazos de Ian, se besaron con tanto deseo y se abrazaron tan fuerte como si uno quisiera robar la vida del otro.

La Guardia Nacional recibió la alerta y, al poco tiempo, un grupo de oficiales armados con armas no letales y ataviados con sus uniformes anti motines retiraban de manera agresiva y violenta a todos los curiosos que querían observar por encima de sus hombros enfocándose en aquellos que sacaban sus teléfonos móviles para grabar lo acontecido y compartirlo a través de la Plumbing, los uniformados formaban un círculo alrededor de la pareja que ahora se besaba en el suelo.



martes, 3 de junio de 2014

La Sombra que Proyectas


El sentimiento crece dentro de mí
y desde afuera, con terror, lo puedo oír
gritar tu nombre con desesperación,
con cada latido de mi triste corazón.

Quisiera poder de mi pecho arrancar
mi corazón para poderlo aplastar,
y así matar el sentimiento tan cruel
que me ha envenenado contra ella también.

Me tienes pensando en ti y sufriendo,
ven, dame tu veneno,
inyéctalo en mi piel
y con gusto moriré...

Me tienes pensando en ti y sufriendo
ven dame tu veneno
inyéctalo en mi piel
y déjame morir, para librarme de ti.

Te quiero ver, tu cabello acariciar,
tus labios con mis labios poder tocar,
tenerte entre mis brazos, no dejarte escapar
y en medio de mi poesía poderte encerrar.

No existe poema tan bello como tú
yo soy la sombra que proyecta tu luz
porque si brillas me puedes extinguir
porque solamente muerto podré dejarte ir.

Me tienes pensando en ti y sufriendo,
ven, dame tu veneno,
inyéctalo en mi piel
y con gusto moriré...

Me tienes pensando en ti y sufriendo
ven dame tu veneno
inyéctalo en mi piel
y déjame morir, para librarme de ti.


lunes, 2 de junio de 2014

El Reclamo

Cuando era un poco más y joven (y un poco más estúpido), cometí muchísimos errores por tomar una decisión incorrecta al momento de elegir lo que deseaba hacer de mi vida. Errores que repercutieron directamente en la relación con mi padre y con el resto de mi familia. 
   Recalco la parte de la mala relación que llevé con mi padre, porque en esos días de errores, depresiones y desesperaciones, no podía dejar de recordar aquellos bellos momentos en los que mi papá no era sólo el hombre con el que compartía gran parte de mi carga genética; sino que era lo más que he tenido en este mundo a un verdadero amigo.
   Recuerdo los días en que lo acompañaba a comprar cartones y cartones enteros de cerveza para la tienda que poseía mi mamá, o acompañándolo a la tienda al mayoreo para surtir los abarrotes. Eran jornadas llenas de sudor, cansancio, calor y confidencialidad. Me gustaba escuchar los larguísimos sermones que mi padre era excelente dando, procuraba aprender lo más que podía de aquellas palabras tan sencillas que brotaban del noble corazón de mi padre. Un hombre sin educación, quien aprendió todo a base de duras etapas de su dolorosa vida.
   Es entonces donde mi rebeldía, (joven e inexperta), metió las manos al fuego, decidí alejarme de mi hogar y de mi familia para atender lo que yo erróneamente llamé "vocación". Pero lo que verdaderamente hice fue dejar solo a mi padre con mis hermanos que estoy más que seguro que no le apreciaban tanto como yo. En fin, que no estoy escribiendo esto para culparme de la futura depresión de mi padre, que en todo caso es más que obvio que no dependía de mí.
   Estoy aquí para declararme responsable de lo que sí fue mi culpa y es que, en un hórrido ataque de sordera, no me di cuenta de que (en caso de existir Dios), me hablaba a través delas muy sencillas palabras de mi padre y, en el más humano de los casos, mi padre sólo trataba de evitar que yo cayera en el error.
   Pero yo le odié, le odié por eso. Le odié por trata de protegerme. Porque al momento de que yo argumentaba de manera incorrecta él me corregía. Porque al tener un "logro" no me daba cuenta de que ese logro no cumplía ni siquiera con mis propias expectativas. 
   Odié a mi padre por haberme odiado cuando yo le odié primero.
   Llegó a tal punto mi torpeza, que utilicé mi más apreciado don para reclamarle por el modo en el que me trataba. En ese momento me sentí orgulloso, pero ahora me doy cuenta que esos versos y esas estrofas no invitaban a mi padre a reflexionar, sino que se trataba de un terrible reclamo que yo no tenía ningún derecho de hacer.
   Sin embargo, he decidido conservarlo en lugar de destruirlo, porque en él veo el amor de un padre y un hijo que poco a poco se convierte en una falta de entendimiento mutuo. Yo no quería entender que él trataba de evitar que cayera en el error, y él no entendió que yo era joven y no tenía ni idea del riesgo que estaba corriendo sin medir las consecuencias.
   Papá, toda mi rebeldía era mi manera de gritar que me ayudarás, y me enojo ante tus reclamos era mi orgullo negándose a aceptar que me estaba equivocando. No eres el padre perfecto así como no soy el hijo perfecto. Hay talentos y dones que he desarrollado gracias a ti y me gustaría que algún día te sintieras orgulloso de ellos. Mi errores como hijo no son tus fallas como padre, sino mi falta de conciencia al escuchar tus consejos.

Sí, aquí estoy otra vez, de nuevo fracasé
esperando que me voltees a ver;
reclámame después, porque hoy me siento mal
y no quiero que me culpes por llorar,
por no ser el mejor y atreverme a intentar
un sueño que tú me has de arrancar

Todo lo que hago sabes que es por ti
para que tú sientas gran orgullo de mí,
todo lo que hago es para obtener tu amor
pero tú te empeñas en romper mi corazón.

Yo no quiero ver en ti, al cantar mi canción,
a la única persona que no me aplaudió.
Estás en mi llorar, estás en mi fracasar
quisiera que estés en mi soledad.
Me dices: "otra vez", que lo vuelva a intentar
pero con tu pie me vuelvo a tropezar.

Todo lo que hago sabes que es por ti
para que tú sientas gran orgullo de mí,
todo lo que hago es para obtener tu amor
pero tú te empeñas en romper mi corazón.


Mal Padre

Cuando me preguntan si tengo hijos suelo contestar <<tuve uno>> su madre me lo quitó porque, según ella, yo era un mal padre. Si...