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viernes, 22 de mayo de 2026

Una Noche Fría Para los Reptiles

Habían estado preparándolo todo minuciosamente durante miles de años, antes incluso de que la primera raza vagamente humana existiera. El fruto de su inquebrantable paciencia era el conocimiento total de nuestra especie, la cual estrenaba estrepitosa y catastróficamente los veinte primeros años del siglo veintiuno.
    Bastó la facilidad con que hicieron desaparecer al renombrado arqueólogo —capaz de adentrarse en su civilización bajo el desierto— para saber que poseían una fuerza física incomparablemente superior a la del Homo sapiens.
    Los idiomas extintos hace eones poseen el término exacto para referirse a aquellos seres reptilianos. Sin embargo, las lenguas contemporáneas, e incluso aquellas antiguas de las que tenemos registro, no mencionan la existencia de estas arcaicas criaturas, cuya estrategia invasora se encontraba planeada con minuciosidad milimétrica.
    Había llegado el día y la hora. De seguir esperando se haría tarde. Las garras y fauces se encontraban ansiosas, y sus extremidades serían incansables al momento de recorrer la moderna civilización, cuya destrucción total tomaría únicamente unas cuantas horas.

    Vieron formarse el cuerpo de agua y las monolíticas piezas Mnar; presenciaron la erección, esplendor y caída de Sarnath. Incluso realizaron intercambios culturales con los habitantes de Ib.
    Pero el errático comportamiento de los homínidos los obligó a refugiarse lejos de su alcance, en las profundidades de la tierra. Desde allí contemplaron impotentes el trastorno del planeta, hasta llegar a las aborrecibles construcciones de concreto y acero que componen la civilización contemporánea.
    Miraron asqueados desde la distancia el avance y desarrollo científico que extendió la vida de los desagradables homínidos, incapaces de dar crédito a su estupidez, pues cada nuevo logro tecnológico traía consigo el acabose de los recursos naturales y la destrucción del ecosistema.
    Debían perecer.

Caía la noche en el enorme y salvaje desierto árabe que mantenía oculta, en la profundidad de sus entrañas, aquella ciudad sin nombre.
    Usando sus zarpas reptiles, aquellos lagartos escalaron los inmensos peldaños que alcanzaban la superficie terrestre. Un primer batallón pisó las arenas del desierto nocturno, pero sus bajas temperaturas detuvieron en seco los primitivos organismos de aquellos seres de sangre fría. El segundo batallón se dedicó a recoger rápidamente los cuerpos de sus compañeros para regresar con ellos a las entrañas de la tierra.

Conocían nuestro mundo y tecnología, costumbres y hábitos, historia y evolución. Sabían que la noche era ideal para arrasar con toda la civilización de la superficie; pero en su ansia por la destrucción, alimentada por el odio y el resentimiento hacia los desagradables homínidos, habían descuidado las extremas oscilaciones térmicas del desierto actual, lo que resultó fatal para aquellos seres que habían permanecido milenios ocultos en las cálidas entrañas de la tierra.
    Mas su eterna paciencia los mantiene aún en quieta espera. El acelerado cambio climático, impulsado por el aumento de la temperatura global y la acidificación de los mares, hace que cada noche sea un poco menos fría para los reptiles.











domingo, 16 de noviembre de 2025

Lugares Remotos

Hastiado por la rutina cotidiana solicité a mi supervisor unas vacaciones, las primeras que tomaba en cinco años. Me dijo que no podía dármelas todas juntas, pero con quince días sería más que suficiente. Sin embargo, a base de insistirle por semanas, conseguí que me diera mis tres meses correspondientes, de acuerdo al contrato colectivo de trabajo.
    Esa semana, antes de iniciadas mis vacaciones, consulté en internet sobre retiros o estancias prolongadas con itinerarios programados, para escapar definitivamente de la rutina que me había absorbido. No buscaba un parís o un Nueva York atestado de gente y ruido, buscaba algo lejano y poco poblado.
    Fue así como encontré una estancia en un templo sintoísta, en una de las islas pequeñas que rodean Okinawa. Se había realizado una edificación pequeña para albergar turistas. La estancia consistía en diez días con sus noches en el templo, con paseos matutinos y vespertinos. Las comidas y el hospedaje venían incluidos en el paquete. Así que hice la reservación, pagué el adelanto y liquidaría al llegar a mi destino.
    En barco llegamos hasta una de las islas menos turísticas alrededor de Okinawa, era pequeña, posible de atravesar a pie en día y medio rodeando la montaña, ahí desembarcamos. La mayoría del turismo era local, oficinistas nipones hartos de sus rutinas, al igual que yo, cuyos salarios solamente alcanzaban a pagar el paquete que yo también había adquirido.
    Debo mencionar la impresión que me quedó de aquellos turistas grises y apagados, la mayoría habían ido solos, una que otra pareja y ningún extranjero aparte de mí. Los turistas suelen ser ruidosos, impertinentes y demasiado activos, tomando fotos aquí y allá o comprando esto y aquello, pero estos pobres desgraciados rara vez sonreían, sus miradas se perdían en la neblina marina y en los húmedos paisajes goteantes de rocío. 
    "Supongo que es esto o el bosque de Aokigahara". Me dije a mí mismo, sin evitar soltar una sonrisa por mi cruel broma, mientras esperábamos en el muelle a que el personal de la estancia nos abordara. De las quince personas que íbamos en la embarcación, solamente bajamos cinco. 
    Llegaron varios voluntarios, personal del hotel, uno por cada turista y a cada uno nos fueron guiando montaña arriba hacia el templo donde se ubicaba la estancia. Nos comentaban datos interesantes y nos explicaron los horarios, servicios y actividades de los que disponían.
    Los amables japoneses poco y nada preguntaron al respecto de mi estancia en tan aisladas tierras. El único cuestionamiento referido hacia mi persona consistió en las típicas "¿algo más?" y sus múltiples variantes.
—Buen día— me saludó uno de aquellos simpáticos hombres con una reverencia y hablando en un muy correcto español que me dejó claramente impresionado, además de aliviado—. Mi nombre es Yamaoto y soy el casero del templo donde se hospedará. Mi terea también es guiarle y deberá dirigirse conmigo por cualquier asunto relacionado con su estancia en la isla.
    Había entendido mal la publicación que leí, el hotel en donde me hospedaría era el propio templo sintoísta, que ya no prestaba servicios como casa de formación debido al cada vez más reducido número de aspirantes. Notando que mi guía me decía esto con tristeza, le comenté empáticamente que lo mismo sucedía en todos los templos y casas de formación religiosa de todo el mundo.
    En respuesta el amable Yamaoto, un japonés bajito y regordete sin un solo cabello sobre su cabeza, me comentó que todavía un aspirante a guardián del templo, realizaba alguno que otro ritual en algunos de los altares, los cuales estaban colocados casi al azar en toda la isla, algunos siendo de muy difícil acceso.
—No suele bajar hasta el atrio del templo— me respondió el guía cuando le pregunté si podía entrevistar al aspirante—. Pero sí que podrá verlo, porque se hace muy presente. Es posible que vea también al kannushi, el sacerdote del templo. 
    Aunque la isla era pequeña, la montaña que ocupaba la gran mayoría de la misma sí que era confusa e inmensa, con densas áreas de bosque tropical muy húmedos, con presencia de lluvia durante todo el año a determinada altura de la montaña.
—Es verdad que las playas en México son cálidas— me dijo Yamaoto una vez que nos detuvimos a admirar el paisaje. Me tomé un tiempo bastante extenso para mirar la playa desde ahí, tiempo que el guía esperó pacientemente—. Esperamos que no le incomode nuestra playa y clima mayormente fríos y húmedos.
—No es ningún problema. Hay un poeta de mi tierra con el que coincido al decir: 'cuánto me pesa el sol...  y que no conocí en mi infancia sombra, sino resolana'.
    El guía sonrió divertido, ahora sí que se le notaba el gusto que da conocer a alguien extranjero, pero era demasiado discreto para admitirlo. Terminó por caerme bien.
    La entrada al templo estaba ubicada a unos ochocientos metros en la montaña, cuya altura era cercana a los mil doscientos metros. A esta altura, como bien me había mencionado Yamaoto, estaba mayormente nublado, cuando no llovía, la brisa marina empapaba todo de rocío. Cuando los monjes se desplazaron, una ONG abrió un hotel, modificando levemente la estructura original de las habitaciones.
    El pueblo quedaba cientos de metros colina abajo por la ladera este de la montaña, justo a unos metros de la playa que había contemplado. Había un mercado que vendía pescado, algunas verduras de hojas verdes, rábanos, fresas y varios tipos de líquenes. También se comerciaba marisco seco, arenque y camarón, principalmente. Las bolas de arroz tampoco se dejaban escasear.
    Pocas veces bajé al pueblo. Bajar la montaña por la ladera este, era una labor de dos horas y subirla una de tres.
    Para bajar al muelle o subir al templo desde el mismo, era necesario tomar la ladera oeste de la montaña. Aunque eran unos cuantos metros los que separaban al muelle del pueblo, escarpadas rocas impedían que tuviesen conexión a pie por la playa. En varios puntos a diferente altura de la montaña la vereda oeste conectaba con la del este, para no tener que subir hasta el templo y corregir la ruta, en caso de querer ir del muelle al pueblo.

El primer día de mi estancia lo dediqué a descansar en el hotel, el segundo día fue que bajé al pueblo a enterarme de la proeza que era recorrer el sendero. Aquella misma tarde y toda la noche llovió torrencialmente.
    Estremecido por el potente ruido del agua, asomé por la ventana de mi habitación, que daba al patio trasero del templo. El dueño del hotel, un japonés lánguido de cabello muy lacio y corto, se empapaba junto a los trabajadores mientras inspeccionaba la pesca del bogavante. Un crustáceo marino del mismo aspecto que una langosta, pero un poco más grande apenas que un camarón. Comerlos es un desastre ya que consiste en un montón de cáscaras y muy poca carne, pero el caldo es delicioso.     
    Fue precisamente el caldo de estos crustáceos lo que sirvieron durante el desayuno. La gastronomía nipona busca ser nutritiva y suele consistir en un plato de sopa, acompañado de tres platillos pequeños. En este caso fue el caldo de bogavante con verduras, pescado a la parrilla, gohan y tsukemono.

El tercer día fui pasear por la vereda, finalmente asomaba un poco de sol y se antojaba salir. Decidí que primero subiría para luego descender tranquilamente y a mi ritmo. Había una gran cantidad de ranitas verdes, debido al temporal de lluvias que había dado origen a una gran cantidad de charcas.
    A la orilla de la vereda corría de manera constante, tranquila e interminable, un arroyo de aguas frías colmado de unos curiosos camarones de río, tortugas y hasta pequeños pececillos en los puntos donde el agua se asentaba más tranquilamente. Los pastos retozaban de grillos. 
    Tomé fotografías de aquellos improvisados estanques colmados de vida, también de la panorámica visión que se obtiene en la orilla de la montaña. Verde naturaleza que no permitía apreciar la vereda. 
    Capturé algunas ranitas en un frasco para poder dibujarlas. Lo mismo hice con algunos camarones. Atraparlos era sencillo, pero liberarlos fue complicado, no se salían del frasco de manera alguna y al intentar sacarlos con la mano me llevé más de un doloroso pinchazo en los dedos con aquellas carnosas tenazas. 
    De regreso al templo me esperaba Yamaoto, el casero, revisando las extensas telas con sardinas y truchas secándose al sol. Al verme bajando por la vereda se mostró alegre y me saludó de lejos levantando su mano abierta. Tenía ganas de encerrarme en mi cuarto a escribir, pero verlo también me alegró y sonriente me acerqué a él para ver si podíamos conversar sobre algo.
    Me invitó caldo de camarón de río, levemente distinto a los bogavantes, porque no se pescaban en las rocas de la playa, sino en los arroyos de agua dulce que corren como venas desde la cima de la montaña, además de tener una coloración marrón. 
    Mirar aquel platillo era ya una delicia, cinco enormes gambitas, ahora rojas producto de la cocción, reposaban en el caldo hirviente y humeante, colmado por gran cantidad de verduras y tallarines. Al enorme tazón le acompañaba otro con arroz hervido. Descascarar las gambitas fue, como no, una larga labor, pero valió la pena gracias a la deliciosa carne del animal.    
    Valió mucho más la pena comer el caldo, bastante caliente y colmado de sabor que cayó muy agradablemente en mi estómago, y me ayudó a expulsar el frío de mi cuerpo, ya que la tarde se presentaba en extremo húmeda y en extremo fría. 
    Aquella sopa despertó en mí un apetito voraz, que llegada la noche fue saciada con un platillo de truchas empanizadas cocidas al vapor. Enormes truchas del tamaño de mi brazo, suaves y calientes por dentro; debido al largo tiempo de cocción y temperatura, los huesos de la trucha se habían suavizado y podían masticarse y comerse cómodamente. El empanizado, hecho con harina de arroz y huevos de pato, otorgaba una primera capa de sabor intensa y amable, gracias al baño maría de la cocción que hizo soltar los aceites naturales del pescado.
—Las gambas y las truchas que bajan con el arroyo y el torrencial pluvial vienen del criadero del templo— me comentó Yamaoto al final mientras bebíamos un poco de té—. Con las lluvias intensas los criaderos se desbordan y los animales crecen grandes y libres. Ya en la naturaleza comen algas, hongos, líquenes y musgos, esto les hace crecer bastante y otorga sabor a la carne.
    Terminé enterándome que era la dieta de las gambas la que  llenaba al crustáceo de una sustancia que, al consumirse en caldo o infusiones, despertaba el apetito, por eso solían darlo como desayuno o almuerzo. Aquella noche, pese a ser muy fría, resultó placentera.

Le tomé el gusto a caminar vereda arriba para admirar el paisaje donde la naturaleza se desarrollaba a sus anchas sin temor a la mano del hombre.
    Poco a poco comencé a adentrarme en el monte y a dejar de lado la vereda. Era un poco más complicado avanzar, pues resultaba casi imposible esquivar las enormes telarañas que aparecían cada pocos metros portando a su respectiva y enorme tejedora justo frente a mí rostro.
    Aquellos arácnidos enormes eran parecidos a la araña de jardín común, pero en lugar de líneas, su amarillo brillante se salpicaba de manchas y lunares sepia que le daban el aspecto de una jirafa. Unos metros más adelante me resultó imposible avanzar, debido a lo espeso de la vegetación y la cantidad de telarañas.
    Al volver a la vereda, Yamaoto me esperaba en el punto preciso en que salí, asustándome un poco. Me advirtió que, a diferencia de la vereda habitada por animales inofensivos, el bosque de la montaña era peligroso por los animales que ahí vivían: ranas dardo, culebras, arañas, moscardones y avispones eran venenosos y potencialmente mortales, no tanto por el veneno en sí, sino por la posible reacción alérgica que se podía desencadenar. 
    Me disculpé con él por mi tremenda imprudencia y le comenté que sólo encontré a las 'arañas jirafa' y se las describí de la mejor manera posible. La expresión calmada de Yamaoto se trastornó perturbada, insistiendo si estaba yo seguro acerca del tamaño de las misma, cosa que le aseguré tantas veces como me lo preguntó.
    —Le preocupa el tamaño de las arañas— me comentó la cocinera unas horas más tarde. Yamaoto no podría acompañarme así que ella hizo favor de comer conmigo—. Esa especie crece mientras envejece, unas del tamaño que viste serían muy viejas. La presencia de tantas tan grandes denota un fuerte desequilibrio en la montaña. 
—No quise exponerme, ni inquietarlo— me excusé profundamente avergonzado—. Tenía curiosidad de ver los altares dispersos por la montaña.
—Se lo comentaré a Yamaoto San y él organizará una expedición.
—No quisiera molestarlo.
—De ninguna manera... además es su trabajo—. Ambos sonreímos por la puntual broma. Acto seguido, la amable cocinera me pidió que tuviera cuidado con aquellas 'arañas jirafa', pues su veneno era potencialmente mortal, causaba subidas o bajadas abruptas de la presión arterial, dolor en las extremidades acompañado de sudoraciones extremas, así como taquicardias intensas. Una mordedura no ponía tanto en peligro a una persona adulta sana como a alguna con padecimientos crónicos, pero una tan grande como las que yo había visto, podía provocar que los síntomas fueran mortales por intensos y duraderos. Le agradecí la información y me juré a mí mismo no volver a tener contacto con aquellos infames animales.
    Esa noche no pude dormir, pesadillas con aquellas arañas así de enormes y cuantiosas anidando a sus anchas por el templo o las habitaciones del hotel me inquietaban y me ponían ansioso. 
    La peor pesadilla consistió en verme despertando a oscuras para darme cuenta de que el techo estaba plagado de telarañas tupidamente habitadas por esas arañas. Una especialmente grande comenzó a descender lentamente hacia mí liberando seda de su trasero. Arrojé una almohada hacia ella y salió volando a la oscuridad de una esquina, me levanté de un salto sólo para ver que yo mismo ya tenía trepadas sobre mí montones de ellas, mordiéndome y envolviéndome en su seda. Caí al suelo, habían envuelto completamente mis pies y mis manos, manteniendo mis brazos pegados al cuerpo, quise gritar pero ya me habían envuelto la boca y poco a poco envolvieron mis ojos, la oscuridad fue total mientras me asfixiaba y me retorcía de un dolor desesperante a causa del veneno de las mordeduras.
    A la mañana siguiente desperté aliviado al confirmar que sólo había sido un mal sueño, aunque tardé un rato en sentirme tranquilo y una sensación inquieta me acompañó durante todo el día. 
    Pregunté en el comedor por Yamaoto, pero éste salió de madrugada acompañado por los pescadores y otros trabajadores del hotel, se adentraron en las alturas de la montaña, donde se encontraban los altares. Al cabo de unas horas bajaron acompañados por el sacerdote y el aspirante a guardián.
    El kannushi, nombre que reciben los sacerdotes sintoístas, iba ataviado con un hakama negro y una hö de color blanco, el guardián del templo vestía exactamente igual. El extraño sacerdote me pidió que lo acompañara y les llevara sobre mis pasos del día anterior. Procure así hacerlo. Al llegar al lugar, me percaté que las arañas sobre las redes eran un palmo más grandes que el día anterior y así se lo hice saber, notablemente alterado, al kannushi. 
    El kannushi contempló a los arácnidos reflexivo, con el aspirante siempre detrás de él y siempre callado, no molestaron a los arácnidos para nada; en determinado momento nos ordenó dar media vuelta para poder regresar. No me lo dijo dos veces, fui el primero en llegar al hotel.
—Hace dos años— nos platicaba el kannushi durante la cena esa misma noche al regresar al hotel—, las mantis tuvieron una mala temporada. Desovaron muy cerca de la creciente pluvial y con la llegada de unas lluvias especialmente abundantes, sus huevecillos fueron arrastrados por la corriente y las pocas larvas sobrevivientes sirvieron de alimento a las truchas y charales saltarines. Al no tener mayor competencia, las arañas acapararon la cacería de mosca y mosquito. Sin competidores ni depredadores, junto a un exceso de alimento, las arañas pudieron crecer descomunalmente al prolongarse su tiempo de vida. Incluso ahora son capaces de cazar roedores, aves, moscardones y avispones.
    El discurso se prolongó largo rato, el kannushi indicó que criarían mantis para liberarlas y comenzaran a alimentarse de las arañas. Pero mientras esto pasaba, tendrían que organizar una exterminación, lo más pronto posible, en toda la montaña.
    Me dirigía del comedor a mi habitación esa noche, terminada la junta. El corredor estaba pobremente iluminado con velas, por lo que casi me enredé en una telaraña con su respectiva tejedora... sería el miedo que tenía por aquellos seres, o tal vez su tamaño descomunal, pero podía sentir sus múltiples ojos mirando los míos, escrutándome.
—Las arañas que habitan esta isla son seres formidables— me dijo el kannushi que se encontraba detrás de mí, haciéndome brincar y respingar. Mantenía sus manos dentro de las mangas de su hö y el aspirante a guardián permanecía detrás de él completamente inmóvil y callado—. Su veneno es un potente neurotóxico capaz de matar a un ser humano adulto, también son bastante inteligentes, además de poseer una mente colmena. 
—¿Cómo dice?
—Ya saben que las vimos y saben lo que haremos al respecto. ¿Cree usted que se iban a quedar tan plácidas y quietas?
—No lo termino de entender.
—No tiene que. Vaya a su cuarto y enciérrese bien, si alguna araña a entrado en su habitación arrástrela hacia afuera. Pero le advierto que no debe matarla... o vendrán por usted en represalia.
—¿En... represalia?
—Ambos nos estamos posicionando apenas, la guerra todavía no está declarada, pero no se preocupe, ganaremos.— Dijo esto último serena y plenamente convencido. Acto seguido me tomó del brazo como quien guía a un ciego o ayuda a un anciano y me escoltó a mi habitación. Entró primero a mi estancia para asegurarse de que no hubiera arañas y sonriéndome amablemente abandonó la habitación dándome las buenas noches.
    No dormí nada esa noche, me mantuve con la luz encendida al pendiente de que no se colara alguno de aquellos abominables arácnidos. Miraba ansioso hacia la puerta de mi habitación, imaginando como se agolpaban nidos y nidos de aquellos gigantescos y grotescos bichos en el pasillo, prestos a sorprenderme en cuanto quisiera salir por cualquier motivo. 
    No me equivoqué, asomé por la ventana corriendo un poco la cortina y ahí estaban: serían unas quince o veinte redes con sus respectivas tejedoras de ocho patas invadiendo la parte exterior de la ventana. Tal como me sucedió con la que encontré en el pasillo, sentí a todos aquellos enormes bichos mirándome con sus múltiples ojos, brillantes y negros,  complaciéndose por el temor que en mí despertaban. 
    Me estremecí, pues temía que pronto toda aquella intimidación pasara de la potencia a la acción, tomándonos a todos desprevenidos.
    A la mañana siguiente, los trabajadores del hotel, acompañados de un grupo numeroso de los habitantes del pueblo, se reunieron en el templo. El kannushi ofició alguna especie de rito acompañado por su inseparable aspirante a guardián del templo.
    Terminada la breve ceremonia, el aspirante repartió antorchas a los ahí reunidos y caminaron monte adentro, quemando las redes y a las arañas.
    En el tempo, el lánguido dueño del hotel roció a las arañas que se habían colado en los pasillos y habitaciones con un aerosol que parecía contener un ácido, pues tan pronto como tocaba a las arañas estas caían al suelo retorciéndose y muriendo a causa de la corrosión. Lo mismo hizo con aquellas que anidaron en la parte trasera de su hotel, pues no sólo mi ventana, sino toda la fachada de atrás se encontraba infestada.
    La cocinera adquirió un gato castrado y una gata estéril, los cuales se pusieron a cazar a las enormes arañas que se refugiaron en los rincones y lugares poco accesibles.
    Yo permanecía inmóvil en mi habitación, arrinconado, con un bate de madera entre las manos, el cual usaría para aplastar contra el suelo o la pared a cualquier araña que entrase a mi habitación. No pude hacer más, la sola idea enfrentarme directamente a aquellas enormes arañas me paralizaba de miedo. No sólo por su grotesca cadencia al desplazarse o moverse, sino por el miedo a ser mordido y padecer una muerte dolorosa y lenta.
    Durante los quince días que duró el exterminio, los platillos con gambas y truchas fueron más que abundantes. 
—Será necesario reducir al máximo la población de estos animales —. Mencionó la cocinera cuando me reuní con ella a la hora de la comida.
    La verdad no me molestó para nada comer durante todo el día y los siguientes puras gambas y truchas, eran deliciosas, además no me creía en posición de quejarme, pues quedaba que yo era el más inútil en aquella situación. 
    La misma cocinera, que también profesaba miedo hacía las arañas, se dedicó a deshacer la telarañas y aplastar a los abominables bichos con sus pies calzado con getas de doble diente.
   Finalizados los quince días de exterminio, se hizo una nueva ceremonia en el templo. Todo había sido un éxito. Lamentablemente, el amable Yamaoto fue mordido en el bosque por una de aquellas arañas y permanecía en el pueblo recuperándose de los infames síntomas de la intoxicación.
    Finalizada la ceremonia me acerqué al sacerdote y avergonzado me disculpé ante él, por no haber sido capaz de formar parte activa en el exterminio de las arañas.
—No se preocupe— me excusó aquel hombre—, hubiéramos tardado mucho más en darnos cuenta de no haber sido gracias a usted. Además, tenga por seguro que sí que nos ayudará de una manera muy especial a terminar con esta plaga. 
    Colocó una mano sobre mi hombro mirándome siempre con ese dejo de compasión y confianza. Luego se retiró hacia la montaña, con el aspirante a guardián siempre detrás de él.
    No terminé de comprender bien lo que decía, supuse que daba por hecho que yo volvería a internarme en la montaña fuera de la vereda y, debido a mi recién descubierta aracnofobia, volvería a dar aviso ante cualquier avistamiento arácnido. 

Un mes pasó, los amables japoneses me regalaron quince días de cortesía como disculpa por las molestias originadas a causa de la plaga, devolviéndome en efectivo el monto correspondiente. Agradecí el gesto aceptando el dinero. Mi inquietud y nerviosismo habían desaparecido y regresé a mis caminatas.
    No volví a desviarme del sendero para adentrarme en el monte, más por seguir la recomendación de Yamaoto que por el miedo a las arañas. Se habían tomado muchas molestias y si me emponzoñaba por culpa de una rana o de una araña, me convertiría yo mismo en una grave molestia. 
    Llegó la hora de cenar. El caldo de gambas fue sustituido por una sopa amarillenta, como una sopa crema, colmada de pequeñas pelotitas de un material parecido al algodón. Al morderlas estallaban una variedad de sabores parecido a las verduras, jugosas y tiernas, además de una textura parecida al arroz o los chícharos, que dotaban al bocado de un inigualable sabor.
    Aquella sopa tradicional despertaba todavía más apetito que el caldo de gambas, intensificando el sabor de los demás alimentos. A partir de esa noche, la deliciosa sopa sustituyó a las gambas y yo no pude sentirme más complacido.
    Cinco días después. Estaba terminando mi tazón de sopa y me disponía a continuar con los otros dos platillos, cuando entró el aspirante a guardián del templo, con un gesto de la mano me indicó que me mantuviera sentado y que no me interrumpiera en absoluto.
—No debe interrumpirse la celebración de los santos oficios—, bromeó mientras se sentaba y miraba complacido como le traían de cenar el mismo menú que a mí. 
    Reparé en ese momento que no había escuchado su voz, grave y dura, no como la del sacerdote que era profunda y airada. Sin embargo, la revelación de aquella voz me inquietó, debido quizá a que me acostumbré a mirarlo como una sombra silenciosa.
    El aspirante a guardián se disculpo en nombre del kannushi, no nos acompañaría a cenar porque debía mantener dieta estricta y prolongada meditación. 
    Miró con enorme curiosidad la manera en que devoraba sin chistar la deliciosa sopa.
—Veo que le gusta la comida— dijo por fin.
—Es exquisita. Nunca había probado mejor comida que aquí en Japón.
—También es muy saludable. Le comentaré al sacerdote lo mucho que la gustado, él también estará complacido.
—Sin dudarlo. Cuando lo vea salúdelo afectuosamente de mi parte.
—Le encantará. Se quedó pensando en usted cuando le confesó que su miedo le dejó inoperante. Ahora que sepa que coopera tan gustoso pensará en usted menos preocupado.
—¿Cómo dice?
—¿No le mencionó que usted nos ayudaría con la plaga?
—Sí, algo dijo pero... la plaga terminó ya ¿no es así?
—Por supuesto y gracias usted y su cooperación tan gustosa difícilmente remontará.
—¿Mi cooperación tan gustosa?
—Supongo que no se habrá dado cuenta ¿no ha abierto ninguna de las bolitas de la sopa?
—Supuse que eran algún tipo de dumpling— confesé mientras usaba los palillos para abrir una de aquellas curiosas pelotitas.
    Eran los sacos de huevecillos de las arañas. Miles de diminutas arañitas yacían muertas completamente cocidas dentro de aquellos sacos, que despedían vapor al abrirse y revelar su grotesco y perturbador contenido. Hasta aquél momento, me había dedicado a comer aquellos envueltos sin percatarme de la proteína que les rellenaba que no era otra cosa más que las crías de nuestros enemigos de ocho patas.
    Me levanté víctima de un ataque de pánico, incluso sin querer volteé la mesa a ras de suelo donde estaba dispuesta la cena y di media vuelta hacia mi habitación. 
    Mientras atravesaba el corredor pobremente iluminado, me detuve para vomitar la cena. En efecto, entre la comida regurgitada y mal digerida se encontraban ciento de arañitas reblandecidas por la cocción, algunas despedazas por mis dientes, otras enteras; me horroricé y continué corriendo hacia mi habitación. No reparé en el aspirante a guardián del templo que permaneció parado detrás de mi, callado y silencio envuelto en sombras. 
    Alisté mis maletas y aproveché los últimos minutos de sol para descender por la vereda oeste de la montaña, que conducía directamente al muelle.
    Solamente había recorrido ese tramo una vez, de subida, cuando llegué y tomó como una hora y media. Pero esa noche, bajé corriendo como alma que lleva el diablo. Tropezando y golpeando la cara con ramas y hierbas altas. Llegué en veinte minutos al muelle, empapado en un helado sudor, temblando, luchando por respirar. La oscuridad era total y tuve la fortuna de encontrar un bote que me llevaría a Okinawa.     
    El capitán se negó a permitirme abordar, pues no tenía boleto y la taquilla ya había cerrado hace horas, además de mostrarse incomodo por mi aspecto y actitud, pues, empapado en sudor, lleno de tierra y hojas, miraba yo como un loco hacia todas direcciones, buscando esquinas o rincones oscuros, comprobando que no hubiera una araña, un agente infiltrado dispuesto a cobrar represalias por lo acontecido en la montaña. 
    Usé el dinero de los quince días gratuitos que me devolvieron en el hotel para sobornar al capitán y guardándose el dinero discretamente, como si le hubiera entregado drogas o un arma, me dejó abordar. 
    Al medio día del día siguiente, estaba tomando un vuelo hacia México. Ansioso, desesperado por regresar a mi habitual rutina.



    

domingo, 3 de mayo de 2020

Un Pútrido Demonio. Parte I: Renacimiento

Era una comunidad pequeña, muy cercana al centro del ya desparecido municipio de Blas Hernández. Un pequeño grupo de emprendedores y funcionarios públicos juntaron sus ahorros para comprar el amplio terreno que ahora constituía el fraccionamiento Fontanares: un extenso espacio de varias yardas con casas de espaciosos patios y grandes jardines traseros, cómodas habitaciones y ninguna de aquellas pintorescas residencias tenía menos de dos pisos; casas de ricos al fin, separadas varios metros las unas de las otras.
   Del lado poniente de Fontanares corría un apestoso manantial de aguas negras. Su caudal fue en otro tiempo un río fuerte y calmo, por el que se veían nadar algunas truchas y mojarras en los días finales de primavera, teniendo su auge en los días más calurosos del verano. Naturalmente que dicho río fue la segunda víctima de la erección del fraccionamiento luego de los árboles; cuando éstos fueron talados o removidos para aplanar el terreno, el pobre río fue asaeteado impíamente por el sol y sangró resequedad en varios puntos, además, algunos vecinos conectaron directamente sus drenajes al río debido a que el presupuesto no alcanzó para un correcto sistema de alcantarillado. Así, la vena del caudal se pudrió, la disminución de las aguas obligó a los montones de mierda expulsada por los vecinos a quedarse atascada en el fondo del raquítico manantial, cuyas cada vez más escasas aguas fueron incapaces de arrastrar toda esa inmundicia, disminuyendo así la rapidez del cauce, el agua se estancó y los peces murieron llenando de moscas el caudal y por fin, se convirtió en el pútrido y apestoso manantial que penosamente corría a espaldas de las casas que de vez en cuando seguían empachándolo de soretes y demás venenos inmundos.
   Al otro lado del manantial se encontraba la Colonia, un barrio obrero poblado de casitas grises construidas apretadamente entre los cerros. Se conectaba con el fraccionamiento a través de un penoso puentecillo de cemento que atravesaba el manantial a escasos metros de las turbias y pestilentes aguas negras, sobra mencionar que los habitantes de Fontanares nunca utilizaban dicho puente, que era atravesado sólo en las horas oscuras de la madrugada y de la noche por los y las personas de la Colonia que se dirigían a sus trabajos, ellos agradecían la construcción del fraccionamiento pues gracias a éste un pedazo de cerro se convirtió en la escalera que daba al puente y sólo bastaba cruzar un pedacito de fraccionamiento para llegar a una parada de camiones que los ricos acondicionaron. Los dueños del fraccionamiento, en cambio, lamentaban la decisión, pues detestaban tener que mezclarse con aquella gentuza de comportamiento hostil y desagradable.
   Para los ricos, los habitantes de la Colonia parecían animales, pues sólo andaban en las horas sin luz, sus esposas, las que no trabajaban, pasaban el día entero encerradas en sus casas o al menos eso decían porque, como ya se mencionó, nadie del fraccionamiento iba jamás a la Colonia.
   Nadie salvo algunos niños quienes en la travesura de desobedecer a sus padres cruzaban el puente y se adentraban en las calles cercanas. Los más sensatos contaban a sus amigos que había una subida bastante pronunciada coronada de su lado izquierdo por una papelería, perpendicular a la calle de la cuesta, una avenida antigua con una tiendita y más nadie había visto. Otros chicos narraban pavorosas experiencias, algunas simplemente transmitidas de grandes a chicos, que se habían vuelto bastante populares nutriéndose en detalles gracias al boca a boca.
   Una de las tantas habladas refería que los habitantes de la colonia tenían la piel más oscura de lo normal y que, al hablar con extraños, sus acentos eran golpeados y agresivos y de igual modo sus actitudes para con los desconocidos eran hostiles, como bien afirmaba un grupo de chicos que fueron perseguidos por un habitante de la colonia que los vio mientras daban una vuelta en bicicleta. 
   Otra de la historias hablaba acerca de una obrera que pasaba por el puente a medianoche, cuando fue interceptada por otro habitante de la Colonia quien la forzó a concebir un hijo con él, reteniéndola en su casa y alimentándola con sus excrementos y su orina hasta que por fin dio a luz a un niño. Una noche nauseabunda, pues el calor del verano secó el manantial provocando que inmundos vapores emanaran de éste, la mujer logró escapar de la casa de su raptor completamente vestida de negro con el niño de tres años dormido entre sus brazos. La desdichada caminó sigilosamente por las odiosas tinieblas hasta llegar al puente y ahí, falta del coraje suficiente para cometer sus ignominiosas intensiones, echó una última y lastimera mirada sobre aquel engendro abyecto fruto de la desgracia y la maldad lo cual le dio el valor suficiente a sus brazos para abrirse, dejando caer a la inocente criatura a las aguas del manantial. Después de esa pútrida noche nunca más se volvió a saber nada de aquella mujer.
   Esta fantasía infantil fue alimentada por el relato de don Agustín, el velador del fraccionamiento, el cual refería que una noche, en la que el manantial hedía más de lo normal, vio a lo lejos a una mujer, completamente vestida de negro, salir corriendo del lúgubre callejón que daba al puente. Don Agustín no solía acercarse ni a cien metros del callejón aquel pero, temiendo que la mujer huyera de alguien, desenfundó su viejo pero bien mantenido revolver y la linterna; era imposible que la mujer le hubiera visto y aún de haberlo hecho no se detuvo y decidió continuar con su frenético escape. El velador se acercó lentamente y se adentro en la profundidad del callejón que en aquellos días no contaba aún con ningún tipo de alumbrado, iluminado apenas por la linterna y ya envuelto por entero en aquella hedionda oscuridad, Don Agustín comenzó a descender las escaleras muy lentamente mientras su pecho se oprimía por una, despreciable sensación de macabra incertidumbre que aceleraba incontrolablemente el fluir de su sangre obligando a su corazón a golpetear de manera salvaje en lugar de latir sorprendiendo al duro hombre cuando se dio cuenta de que debía poner especial empeño en mantener su linterna quieta y que le faltaban manos para secar las gotas de sudor que se agolpaban en su rostro. Una vez en el puente, una leve pero constante llovizna se desató iluminando por momentos la casi total oscuridad con algunos relámpagos ausentes de truenos.
   Sin poder entender la atmósfera de horror que brotaba de aquellas pútridas aguas, don Agustín se paró justo a la mitad del puente, pues temía acercarse más a la colonia, no había ni una sola alma en ese lugar; de repente, su corazón se detuvo un instante para seguir latiendo ahora con más violencia, mientras su mirada perdía toda ubicación debido a la contracción repentina de sus músculos fruto del salto que pegó cuando escuchó llorar a un bebé, el llanto parecía venir del manantial, así que mandó el haz de su linterna hacia las aguas, sin poder ver nada. El llanto continuó un rato, sin duda provenían de debajo del puente, donde la leve luz de la linterna no podía iluminar y sin duda se trataba del llanto de un bebé, pero con la llovizna el nivel de las aguas comenzó a subir y el llanto se convirtió muy lentamente en un burbujeo y, después, en silencio. El velador avisó al señor Zambrano, uno de los habitantes más antiguos del fraccionamiento, quien llamó a la policía, no tardaron mucho, sin embargo, no encontraron ningún niño.
   Conociendo a los adultos, cuyo recelo hacia los habitantes de la Colonia no impedía las expediciones clandestinas de sus hijos ni sus largas estancias en el puente, era probable que hayan inventado todas aquellas historias, que contrariamente no hicieron más que alimentar el morbo de los niños y estimularon aún más sus viajes a la Colonia.

En la residencia de los Zambrano, una de las primeras familias en alojarse en Fontanares y una de las más respetadas, se tenía una idea bastante diferente de la gente de la Colonia. Comprendían que la falta de oportunidades propias de la clase media baja generaba estrés en sus habitantes, que la razón de salir tan temprano de sus casas y volver tan de noche no era otra más que largas jornadas de trabajo y lo lejano de las fábricas a las que iban todos los días a laborar. Eso sí, el propio señor Zambrano sabía que otro problema de un barrio de esa clase social era la inseguridad y más miedo le tenía a los pandilleros, robachicos y asaltantes que pudieran poner en peligro a los chiquillos que se aventurasen solos o acompañados por la Colonia que a cualquier monstruo o criatura producto de la ficción.
   Zambrano hacía su esfuerzo por parar la diseminación de aquellas historias ridículas que solamente incitaban a los niños y jóvenes a cruzar el puente para comprobar la veracidad de las mismas, por lo que no dudó en reprender no una sino varias veces a Don Agustín por contarle su anécdota del niño arrojado del puente a los chiquillos
-  No es ningún cuento, señor- afirmaba el velador.
- Acuérdese que esa misma noche bajaron muchos oficiales y no se encontró a ningún niño- le reprendía el señor Zambrano - ni aquí ni a varios kilómetros río abajo.
- Porque el agua del manantial subió mucho por la llovizna, aquí no fue mucho, pero más arriba en Cahuacán hubo chubasco y de ahí viene el agua que alimenta al manantial
- No me mareé más, ya no le cuente eso a los niños.
   Terminaba siempre así aquella conversación, no obstante, siempre había un niño o niña contando por ahí la historia que le contó el velador. Además, recientemente, Don Agustín había escuchado ruido en el manantial a diferentes horas del día y de la noche, advirtiéndole a los jóvenes que no se quedaran mucho tiempo ahí y que, más importante aún, no bajasen por ningún motivo.
   Uno de aquellos niños era el propio Erick, hijo del señor Zambrano, quien se había obsesionado con las historias del velador y en especial con aquella que contaba sobre el bebé arrojado a las aguas negras. Aquella noche pútrida, Erick había escuchado desde su habitación, cuya ventana daba al puente, los llantos desgarradores de un bebé y vio al velador intentar vislumbrar algo con su linterna infructuosamente. Habían pasado ocho años desde aquella noche, pero el muchacho todavía solía trepar por el enorme y frondoso árbol de aguacate en su patio trasero para pasar largas horas observando el manantial en busca del bebé arrojado que tendría entonces diez años - de ser ciertos los relatos - apenas un año menor que el cada vez más introvertido Erick Zambrano.
   Sentado en una robusta rama, Erick veía la vida suceder, le gustaba ver trabajar a Silvestre, un jardinero que solía laborar tanto en la Colonia como en Fontanares, la gente le tenía bastante confianza, tanta que acostumbraban no echar cerrojo a las puertas y dejar que Silvestre trabajara largas jornadas en los jardines traseros, fue Silvestre, de hecho, quien plantó el robusto árbol de aguacate cuando el padre de Erick recién compró el terreno para su casa- No obstante, aquel moreno y gordo jardinero no hablaba con nadie, parte de su celo profesional, pues era mejor mantener una relación distante con sus clientes para no despertar suspicacias de ningún tipo entre los vecinos
   Silvestre era alto y robusto, media casi dos metros de altura y poseía una prominente barriga además de una espesa barba de leñador que era el único tipo de vello en su cabeza, pues era calvo completamente y sus cejas y pestañas eran muy delgadas; su piel era morena y estaba requemada y curtida por el sol, por lo que su aspecto resultaba bastante imponente e intimidante, además en sus ojos se reconocía que había visto mundo y sólo Dios sabía cuánto. No obstante su hosco aspecto, hacía su trabajo con total delicadeza: los arrayanes quedaban bien parejitos y floreaban y daban fruto espléndidamente cada temporada; el césped quedaba con la altura y el volumen ideales sin marchitarse; los árboles cobraban vida nueva cuando los podaba y, añadido a todo esto, cobraba barato por sus servicios y poseía conocimientos de albañilería, plomería y carpintería. La única persona en el fraccionamiento que no terminaba de confiar en él era el propio Don Agustín, quien sacando un poco de charla con el jardinero supo que éste vivía y había nacido en la Colonia, motivo que lo mantenía vigilando las dos cuadras aledañas a la casa en que trabajaba Silvestre.

A Erick le gustaba ver trabajar a Silvestre pues permanecía siempre en silencio, ensimismado en su labor y sin percatarse del pequeño espía de los árboles, pues la rama en que el muchacho se encaramaba estaba rodeado de ramas más delgadas y bastante frondosas que le ocultaban efectivamente. Una tarde en la que Erick veía al jardinero regar con un aspersorio de mano las flores de un bello durazno, cuando escuchó un ruido provenir del manantial. Dicho ruido era la inquieta armonía de un forcejeo compuesta por el aletear desesperado y el cacareo aterrado de un gallo sometido por un chico de unos diez años que mantenía sus rodillas encima de las patas del animal, con la mano izquierda mantenía las alas de la robusta ave hacia atrás y con la derecha sujetaba la cabeza del gallo para evitar ser picoteado; el niño mordió entonces a su presa justo en la parte más ancha de la pechuga, provocando que borbotones de sangre salieran despedidos por todos lados y miles de pequeñas gotitas carmesí salpicaron su rostro; con una sacudida violenta, el infante desprendió un gran trozo de carne y el ave lanzó un último grito de desesperado horror y muerte, convulsionándose bruscamente mientras era testigo de cómo su captor mascaba el trozo arrancado para engullirlo con todo y plumas. 
   Incapaz de realizar movimiento alguno, víctima del horror, Erick simplemente se aferró a la robusta rama con las sudorosas manos, esperando que las hojas evitaran que fuese descubierto, quiso voltear hacia otro lado para hacer de cuenta que nada vio, pero fue tarde, el niño o demonio aquél que devoraba un gallo vivo en el manantial ya lo estaba mirando fijamente de manera inexpresiva. El extraño y odioso ente se puso de pie y le sonrió a Erick, estaba completamente desnudo, en sus axilas y rodillas existían grotescas costras de mugre que se mantenían húmedas en los pliegues, unas manchas asquerosas daban a su cuerpo entero un ignominioso aspecto, su largo cabello asemejaba a un arbusto enmarañado y endurecido de a saber cuánta inmundicia; mantenía el ojo derecho cerrado y su miembro comenzó a erectarse. El niño o demonio tomó a su presa del suelo y, sin dejar de sonreír ni de mirar a Erick, lo sumergió largo rato en las pútridas aguas del manantial, sacándolo de ahí, lo llevó inmediatamente a su boca y lo sostuvo con los dientes. Una vez libres sus manos infectas usó los dedos de éstas para levantar su párpado muerto, mostrando un ojo podrido casi enteramente negro pues pústulas de pus y algunas llagas agregaban matices blancos y sanguinolentos. Tras aquellos eternos instantes, el horroroso ente se adentró en las aguas del manantial y caminó cuesta abajo llegando a una zona donde el nivel del agua alcanzaba sus muslos y se sumergió por entero ahí. Las ondas en el agua provocadas por el buceo de aquel demonio le indicaron a Erick que el chico se quedó oculto debajo del puente, por el cual pasó una señora unos instantes después.

Mal Padre

Cuando me preguntan si tengo hijos suelo contestar <<tuve uno>> su madre me lo quitó porque, según ella, yo era un mal padre. Si...