Habían estado preparándolo todo minuciosamente durante miles de años, antes incluso de que la primera raza vagamente humana existiera. El fruto de su inquebrantable paciencia era el conocimiento total de nuestra especie, la cual estrenaba estrepitosa y catastróficamente los veinte primeros años del siglo veintiuno.
Bastó la facilidad con que hicieron desaparecer al renombrado arqueólogo —capaz de adentrarse en su civilización bajo el desierto— para saber que poseían una fuerza física incomparablemente superior a la del Homo sapiens.
Los idiomas extintos hace eones poseen el término exacto para referirse a aquellos seres reptilianos. Sin embargo, las lenguas contemporáneas, e incluso aquellas antiguas de las que tenemos registro, no mencionan la existencia de estas arcaicas criaturas, cuya estrategia invasora se encontraba planeada con minuciosidad milimétrica.
Había llegado el día y la hora. De seguir esperando se haría tarde. Las garras y fauces se encontraban ansiosas, y sus extremidades serían incansables al momento de recorrer la moderna civilización, cuya destrucción total tomaría únicamente unas cuantas horas.
Vieron formarse el cuerpo de agua y las monolíticas piezas Mnar; presenciaron la erección, esplendor y caída de Sarnath. Incluso realizaron intercambios culturales con los habitantes de Ib.
Pero el errático comportamiento de los homínidos los obligó a refugiarse lejos de su alcance, en las profundidades de la tierra. Desde allí contemplaron impotentes el trastorno del planeta, hasta llegar a las aborrecibles construcciones de concreto y acero que componen la civilización contemporánea.
Miraron asqueados desde la distancia el avance y desarrollo científico que extendió la vida de los desagradables homínidos, incapaces de dar crédito a su estupidez, pues cada nuevo logro tecnológico traía consigo el acabose de los recursos naturales y la destrucción del ecosistema.
Debían perecer.
Caía la noche en el enorme y salvaje desierto árabe que mantenía oculta, en la profundidad de sus entrañas, aquella ciudad sin nombre.
Usando sus zarpas reptiles, aquellos lagartos escalaron los inmensos peldaños que alcanzaban la superficie terrestre. Un primer batallón pisó las arenas del desierto nocturno, pero sus bajas temperaturas detuvieron en seco los primitivos organismos de aquellos seres de sangre fría. El segundo batallón se dedicó a recoger rápidamente los cuerpos de sus compañeros para regresar con ellos a las entrañas de la tierra.
Conocían nuestro mundo y tecnología, costumbres y hábitos, historia y evolución. Sabían que la noche era ideal para arrasar con toda la civilización de la superficie; pero en su ansia por la destrucción, alimentada por el odio y el resentimiento hacia los desagradables homínidos, habían descuidado las extremas oscilaciones térmicas del desierto actual, lo que resultó fatal para aquellos seres que habían permanecido milenios ocultos en las cálidas entrañas de la tierra.
Mas su eterna paciencia los mantiene aún en quieta espera. El acelerado cambio climático, impulsado por el aumento de la temperatura global y la acidificación de los mares, hace que cada noche sea un poco menos fría para los reptiles.

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