¿A dónde irá toda la ira? ¿A dónde irá todo el dolor? ¿Qué es lo que se supone que yo debo hacer? ¿En dónde encontraré mi camino? Siento que poco a poco se me hace más y más tarde, que he desperdiciado cada oportunidad, que mi vida es un cúmulo de cartas no escritas, de apuestas al perdedor, de trenes que dejé pasar.
Abrí por fin los ojos; solamente había podido dormir una hora con cuarenta minutos. Era la hora. Al igual que al resto de las personas infelices, me tocaba maldecir mi suerte desde muy temprano. Levantarme a las cuatro, cagar e irme a trabajar.
Caminaba por el barrio de Santa Julia con rumbo a la estación Normal del metro, sintiéndome ajeno a mi entorno. Aquellas tempranas horas mezclan al adicto con el trabajador, y yo no pertenecía a ninguno. Hacía un año que había dejado la marihuana y el alcohol, pero a la mínima oportunidad conseguía un poco de ambos solo por calmar el ansia; odiaba trabajar, pero al mismo tiempo me sentía mal cuando no tenía un empleo y lo buscaba, a veces, desesperadamente.
Iba bajando las escaleras en la estación Normal, la última tranquila. A partir de ahí, cada estación se encontraría abarrotada de almas en trajes sin cuerpo esperando abordar. Afortunadamente mi estación de descenso era Chabacano, por lo que el vagón ya se habría despejado un poco.
Acerqué mi tarjeta al lector en los torniquetes y, en ese momento, un tipo me empujó para poder colarse sin pagar. Sin embargo, en cuanto sentí su impúdica cercanía, aparté de inmediato la tarjeta del lector y el tipo se fue a sacar el aire contra la barra metálica. Sintiendo la vergüenza de quien es atrapado in fraganti y la frustración de quien no logra su cometido, el tipo se retiró mirándome indignado... Encima el ofendido era él. Esta ciudad sí que es el colmo.
Las luces del tren asomaron con el eco del tren que se adelantaba a su llegada. Los usuarios se acercaron a la línea amarilla tanto como pudieron, cosa que yo nunca hago, pues nunca falta el desquiciado que te pueda empujar, arrojándote a las vías en el último momento.
Fue entonces cuando un pobre desgraciado saltó a las vías, con tan poco margen que la cabina del operador lo golpeó de lleno, haciéndolo pedazos y arrojándolo violentamente a la oscuridad del túnel. De inmediato, la escena se abarrotó de teléfonos que grababan el evento y de gritos histéricos de mujeres.
El convoy no alcanzó a entrar de nuevo al túnel. El operador reaccionó tan rápido como pudo para accionar el freno de emergencia, pero sólo consiguió que la gente a bordo se diera el golpe que les haría la mañana. El hombre, de estatura baja y prominente calva, bajó de la cabina y, acompañado de dos oficiales de la policía bancaria que resguardaban el área exclusiva de mujeres, se adentró en la penumbra. No pasaron ni cinco minutos cuando uno de los oficiales regresó al andén. Solicitaba apoyo por radio a sus compañeros, pero no recibía respuesta alguna.
El oficial comenzó a pedir ayuda a los presentes, quienes se dedicaron a ignorarlo por completo con tal de seguir grabando. A sabiendas de que ahí estaríamos atorados mínimo unas tres horas, di la espalda a los hechos, dispuesto a largarme.
—¡Usted! ¡Usted! —gritó el oficial. La gente que grababa me cerró el paso y comenzaron a enfocarme diciendo:
—Acaba de ocurrir un accidente y el señor no quiere ayudar...
Harto ya de tanta tontería, acepté acompañar al poli mientras le arrebataba el teléfono a uno de los curiosos para usarlo como linterna; no iba a descargar la pila del mío. El dueño del móvil quiso reclamar, pero la apelotonada multitud frustró sus esfuerzos.
—¿De casualidad usted vio lo que pasó? —preguntó el oficial una vez que estuvimos envueltos por la oscuridad del túnel.
—Sí, lo vi —le afirmé, disimulando el estremecimiento al recordar lo ocurrido a medio metro de mí—. El tipo esperó hasta el último momento y saltó a las vías.
—¿Saltó, dice?
—Sin duda... Estaba parado al lado mío. Tomó vuelo y saltó; el operador no tuvo la menor oportunidad de detenerse o reducir la velocidad... Lo impactó de lleno.
Llegados a cierto tramo, el oficial me advirtió del riesgo de electrocutarme si tocaba la barra guía paralela al riel. Me pareció una puta locura: un hombre quiere matarse afectando a miles de usuarios, y cuatro hombres más deben arriesgar sus vidas para sacar sus miserables restos. Por mí, el operador debió pasarle el tren encima con todos nosotros a bordo, como a un perro cuando lo atropellan en la autopista. Sentí lástima. Los suicidas son almas tan desesperadas que no piensan en el maldito problema en que se convierten, ya sea que cumplan o fallen con su cometido.
En medio de la oscuridad vimos los halos de luz de las linternas del operador y del otro oficial. Este último se encontraba arrodillado sobre las durmientes de las vías y, sobre sus muslos, reposaba el torso maltrecho del... del muchacho. Le faltaba por completo un brazo, su cabeza se había partido y el oficial evitaba que se abriera uniendo los pedazos con sus manos ya bañadas en sangre. El otro brazo, el izquierdo, estaba completo, pero todos los dedos de esa mano estaban dislocados. Las piernas no estaban: se desprendieron debido a la fuerza del impacto, lo que dejó el vientre del chico hecho jirones sanguinolentos de los que se salían los intestinos, regados por todas partes. El muchacho se encontraba vivo y consciente, en un estado de shock que le permitía ignorar el dolor... Pero al día siguiente sí que le dolería.
—A... ayúden... me... —balbuceaba el sujeto. Al no tener manera de tensar el diafragma, el aire escapaba de su garganta en un soplido sordo, casi sin emitir sonido.
—Por favor, no se mueva y no hable —repetía el oficial que lo sostenía—. Por favor, busquen sus piernas.
—No. Yo no —dijo el operador del metro, temblando de miedo.
El otro oficial y yo nos miramos resignados; el hombre me entregó un radio y comenzamos a buscar por todos lados, labor que se nos facilitó cuando en el túnel se encendieron las luces rojas de emergencia.
Encontré la pierna derecha, hecha jirones también por la parte que se une a la cadera. La miré largo rato sin echarle encima la luz de mi linterna. No necesitaba ni deseaba ver eso a color, con el profundo filtro rojo de las luces de emergencia era más que suficiente. A través del radio informé al oficial que me acompañaba —que se había adentrado aún más en el túnel— sobre mi hallazgo. Me dijo que buscara también el zapato y me llevara todo a donde estaban su compañero, el operador y el suicida malogrado.
No muy lejos encontré el zapato correspondiente. Me cercioré de que no quedara nada sobre las vías. Tomé la extremidad de la pernera del pantalón, pero al intentar levantarla, la carne se deslizó fuera de la tela. Así que me quité la chamarra, la amarré a mi cintura, me eché al hombro la pernera llena de moronga y tomé la pierna por el ángulo de la rodilla... Parecía estar rellena de arena. Los huesos se habían hecho polvo.
Regresé con mi botín a donde estaban los demás. Incapaz de continuar cargando aquello, la dejé caer a un lado del herido, harto ya de maldecir mi suerte. Pensaba en mi trabajo: había perdido mi bono mensual de puntualidad y asistencia, y ninguno de los presentes me lo repondría.
—Patético fracasado —le dije al moribundo, escupiendo harto veneno en esas palabras y en las siguientes—: mira que saltar al metro y fallar... Es ser muy inútil.
—Cállese, señor —me ordenó el oficial que lo sostenía, mientras el operador del metro me observaba sin poder dar crédito a lo que oía.
—Ahora sí ya tienes verdaderos motivos para desear estar muerto.
—Señor, por favor, guarde silencio.
—Bien dicen que cuando te toca, ni aunque te quites; y cuando no, ni aunque te avientes al metro...
—¡Es la última vez que se lo pido, señor! ¡Ya cállese!
—Por favor —le dije al oficial, luchando por mantenerme tranquilo—, deja de llamarme "señor".
Fue entonces cuando un destello como una llamarada distrajo nuestra atención, acompañada de un escalofriante zumbido que venía desde donde estaba detenido el convoy. Las luces de emergencia se apagaron unos segundos y volvieron a encenderse. Corrí en dirección del destello y lo vi: un imbécil había bajado a las vías, electrocutándose al ignorar que la barra guía del túnel lleva alta tensión. Era el tipo al que le había arrebatado el teléfono, cuya linterna aún usaba para alumbrarme. Venía acompañado de otros dos metiches que fueron quienes lo despegaron del riel. Aquellos chismosos iban grabando. Caí en la cuenta de que yo también había estado registrándolo todo con el celular ajeno, así que lo usé para grabar a su dueño que yacía sobre las durmientes, justo en su cara de pobre chango baboso.
—Qué bueno que estamos grabando para que todos vean lo pendejo que eres.
Contemplé un rato su cuerpo inerte para comprobar si estaba muerto o si había estirado la pata con mis maldiciones. Sus ropas estaban todas flameadas, pero el cuerpo parecía intacto; el daño, sin duda, era interno. No sé si sea o no un mito, pero dicen que cuando te electrocutas así, tus órganos se cocinan. El tipo parecía estar vivo, a muy duras penas emitía pujidos ridículos. Les entregué el teléfono a los metiches que le acompañaban y regresé a donde estaban el oficial, el operador y el malogrado. El segundo oficial ya se encontraba ahí. A un lado estaban el brazo derecho, las piernas, las perneras del pantalón y los zapatos.
Pasó una hora completa a partir de que regresé, hasta que por fin se dignaron a aparecer los paramédicos. Eran dos escuálidos jovencitos, un hombre y una mujer, que se impactaron al ver la escena que ante sus ojos se desplegó. Estaban excelentemente formados, eso sí, pero ninguna formación te prepara para esta realidad. El herido continuaba con vida y clamaba auxilio de forma lastimera a los dos muchachos, que se quedaron pasmados, incapaces siquiera de pensar qué hacer.
—Sí, es aquí —les dije, irónico.
Haciendo un valiente esfuerzo por controlar el temblor del shock, comenzaron a realizar los protocolos. Metieron el brazo y las piernas cercenadas en una hielera. Tomaron los órganos regados, los colocaron sobre una manta quirúrgica desechable que extendieron debajo, los enjuagaron con solución estéril para quitarles el polvo, la grasa y la mugre, y los acomodaron lo mejor que pudieron. Naturalmente, la agonía fue terrible para el malogrado. Finalmente, amarraron una bolsa quirúrgica a su pecho para contener los órganos y evitar que se colgaran o se salieran cuando tuviéramos que moverlo a la camilla con ruedas para trasladarlo fuera del túnel.
Una vez que lo colocamos en la camilla, los oficiales la levantaron y los paramédicos fueron alumbrando el camino. Yo cargué la hielera con sus miembros sobre un hombro y, del asa de la hielera, colgué la bolsita de suero que iba a la vena de su único brazo. Otro equipo ya se había llevado al electrocutado y, a la salida del túnel, ya se dejaba ver el mar de gente que nos impediría salir ágilmente del andén, subir las escaleras o tomar el elevador.
Llamé la atención de la paramédico y, una vez que la tuve a mi lado, le pregunté:
—¿Crees que sea necesario eso, valedora? —señalé el mini extintor que ella cargaba.
—No lo creo, señor —respondió ella—. En casos como este suele haber incendios eléctricos porque los heridos caen en el riel con corriente, pero no creo que lleguemos a ocuparlo.
La masa de gente hecha pelotas en el andén nos hubiera fastidiado horrores la salida si no hubiera yo disparado el extintor justo a la altura de sus caras. La multitud se replegó corriendo y gritando, momento que aprovechamos para salir hechos pedo hasta llegar al elevador. Entramos con tanta urgencia al cubo del ascensor que los oficiales golpearon por accidente la camilla contra una de las paredes. El mutilado gritó y exigió que tuviéramos cuidado.
—¡Cállate! —le dije, ya hasta la chingada de tanta pendejada—. Ni que te fueras a morir...
Los dos paramédicos, los oficiales, el operador del metro y el herido me fulminaron con la mirada, pero los ignoré por completo. Todavía podía usar el extintor para llenarle de polvo la boca al que intentara sermonearme.
Una vez afuera, acompañé al grupo hasta la ambulancia que esperaba a pocos metros, donde oficiales de la SSC abrían paso. Ante las puertas abiertas de la unidad, coloqué la hielera en la camilla donde deberían ir las piernas del tipo, eso sí, con cuidado de no apachurrar la bolsa que contenía sus órganos.
—Toma —le dije—, te lo regalo.
Di media vuelta con completa indiferencia y caminé hacia la base de las combis. Saqué mi teléfono del bolsillo del pantalón. Mi jefe no había intentado ponerse en contacto, probablemente se había enterado de lo ocurrido en las noticias o en las redes sociales.
—¡Señor, por favor, espere! —grito la paramédico.
A la luz del sol su piel se veía pálida y podía notar el temblor de sus dedos y de su mandíbula. No sé exactamente qué semblante traería yo, pero la muchacha se detuvo en seco en cuanto me di la vuelta.
—Muchas gracias, señor —dejó escapar la chica, en un fallido intento por ocultar lo que verdaderamente quería decir. Se vio ridícula y supe que tanto ella como yo ya habíamos tenido suficiente, pero yo ya me iba y a ella le tocaba todo el protocolo de llegada al hospital. Sentí una punzada de compasión por ella y por su joven compañero: les tocó tratar de salvar la vida de alguien que justamente intentó quitársela.
—Por favor —le dije—, no me llames "señor".
Abordé una combi y mis pensamientos comenzaron a asentarse. Olía a sangre y mierda, el aroma característico de los intestinos expuestos. Aproveché para mirar el reloj... Eran las diez de la mañana. Mandé un mensaje a mi jefe, me bajé de la combi y caminé lenta y tranquilamente hacia mi departamento. La tranquilidad de aquella hora en la calle perturbaba mis emociones.
Al llegar a mi departamento encendí la radio y sintonicé Opus 94.5 F.M. No podía dejar de pensar en lo ocurrido y quería dejar de preocuparme por ello. Me desnudé y me metí a la cama. Estaba cómodo; no me sentía agonizar. Escuché la música sinfónica en la radio y me fumé mis cigarrillos.

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