Tal vez su mano no era tan cálida
en el momento de irme
como ésta de mujer
curtida por el trabajo,
venas saltadas,
dedos finos;
mano a la que me aferro con fuerza
mientras la música inunda las paredes
y laten nuestros corazones heridos.
Soy la sombra que proyecta su luz;
todo habla de él en el silencio:
caminos al atardecer,
ver pajaritos saltando en los jardines.
Late dentro de mis sienes su corazón,
mano invisible que me acaricia
en el llanto que se reprime y me enmudece
con su eterna discordia.

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