sábado, 4 de julio de 2020
De la Luna y el Sol (Cuento)
Fue hace mucho, cuando el tiempo mismo era una cuestión insustancial y nadie presenciaba su paso a través del éter, el caos primero se apoderó del espacio vacío y durante cientos de miles de años las rocas incandescentes llenaron el vacío oscuro, materia de la que se compone el universo.
Algunos astros que giraban vertiginosamente a través de la nada, comenzaron a atraerse entre sí. Pese a que les gustaba estar a solas, se acercaron lo suficiente uno del otro hasta ser capaces de ver su luz entre ellos, formando grandes cúmulos de estrellas llamados galaxias.
No hay manera de decir si fue pronto, o en realidad pasaron cientos de miles de años, pero algunos astros se apagaron y comenzaron a girar un poco más lento, algunos trazaron órbitas, y se quedaron cerca de las estrellas que les proporcionaban luz y calor. Así, los planetas conformaron sistemas, aunque algunos se acercaron demasiado al sol y se quemaron; otros, tuvieron miedo y se alejaron demasiado del sol, congelándose. No obstante, el orden llegaría paulatinamente y una coincidencia temporal le hizo notar al sol que existía una pequeña luna girando alegremente alrededor de un planeta hecho de agua y tierra. La luna era pálida y blanca, pues se había formado de cientos de rocas que, compactadas, se fusionaron a lo largo del tiempo.
La luna por su parte, se había encargado de evitar que el planeta cercano a ella se acercara demasiado al sol, y ahora giraban juntos alrededor de la poderosa e incandescente estrella. La luna gustaba de sentir su calor y brillaba con su luz cuando, por efecto de los mares, se acercaba un poco más a su querido planeta.
– Tu luz y calor son intensos – dijo la luna con una voz suave como la música que después crearían los hombres –. Me regala un poco de luz para iluminar a mi querido planeta, que es parte de mi como yo de él, cuando uno de sus lados no puede ser alumbrado por ti.
– Mi luz y calor es para todo aquel que se encuentre cerca de su alcance – contestó alagado el sol –, y me gusta verme reflejado en ti, pese a que somos tan diferentes.
Desde entonces, el sol y la luna charlaban por horas y horas, ella entonaba dulces melodías de cariño y paz para el sol y éste le respondía con versos de amor. Aunque en algunas ocasiones, las melodías y los versos eran tristes ya que la luna y el sol deseaban abrazarse y besarse fuertemente, más la fuerza gravitacional y el enorme poder del sol se los impedían, ya que, aun cuando pudieran moverse quebrantando toda ley física, el tremendo calor del sol destruiría a su amada luna.
Una ocasión, la luna despertó sintiendo un calor intenso cual si una poderosa y apasionada caricia se plasmara en la inmensidad de su ser, estremeciéndola: su querido planeta de agua y tierra estaba iluminado por el sol pero ella proyectaba una sombra como si provocase un pedazo de noche sobre él.
El sol se encontraba ubicado justo detrás de la luna, aprovechando para enviar todo su ardiente fulgor a su amada, quien con cariño correspondió, acariciando a su amado con ternura.
– Sólo una vez, cada mucho tiempo – dijeron ambos –, podremos estar los suficientemente juntos para amarnos.
– Ni yo te iluminaré.
– Ni yo te oscureceré.
De ese amor, nació un dios, que era invisible. Pero para la gran tristeza y dolor de su padre, no podía acercarse a él, porque podría quemarse. La gran pena del sol le impidió seguir dedicando hermosos versos de a su amada, quien, sabia como todas las madres, supo consolar a quien amaba.
– No temas por el pequeño – dijo la luna –, cuando llore por ti, me convertiré en cuna, donde podré arrullar a nuestro querido amor, y así, en mis brazos dormido, le envuelva tu calor. Cuando de mis brazos se aleje porque a caminar comience, con fuerza debes brillar y de sangre mi cuerpo iluminar, para que esté entre los dos caminando y sepa que por los dos es amado.
Este amor arrullado por la luna y el sol llenó a la tierra de vitalidad, poblándola de todo tipo de formas de vida. Algunas fueron hijas de la noche y otras del día. Los hijos e hijas del día se nutrían y vivían gracias a la luz del sol y descansaban por las noches arrullados por la luna; mientras tanto, los hijos e hijas de la noche se desplazaban entre las tinieblas, muchas veces con la ayuda de la luz de la luna y descansaban bajo la mirada protectora del padre sol.
Todavía, cada cierto tiempo, la luna y el sol se aman con toda su fuerza, ella colocándose enfrente de él para regalarse cariño y pasión. Y, todavía, el Dios hijo, fruto de este amor, sigue siendo arrullado por los brazos de su madre y calentado por el fulgor de su padre.
domingo, 3 de mayo de 2020
Un Pútrido Demonio. Parte I: Renacimiento
Era una comunidad pequeña, muy cercana al centro del ya desparecido municipio de Blas Hernández. Un pequeño grupo de emprendedores y funcionarios públicos juntaron sus ahorros para comprar el amplio terreno que ahora constituía el fraccionamiento Fontanares: un extenso espacio de varias yardas con casas de espaciosos patios y grandes jardines traseros, cómodas habitaciones y ninguna de aquellas pintorescas residencias tenía menos de dos pisos; casas de ricos al fin, separadas varios metros las unas de las otras.
Del lado poniente de Fontanares corría un apestoso manantial de aguas negras. Su caudal fue en otro tiempo un río fuerte y calmo, por el que se veían nadar algunas truchas y mojarras en los días finales de primavera, teniendo su auge en los días más calurosos del verano. Naturalmente que dicho río fue la segunda víctima de la erección del fraccionamiento luego de los árboles; cuando éstos fueron talados o removidos para aplanar el terreno, el pobre río fue asaeteado impíamente por el sol y sangró resequedad en varios puntos, además, algunos vecinos conectaron directamente sus drenajes al río debido a que el presupuesto no alcanzó para un correcto sistema de alcantarillado. Así, la vena del caudal se pudrió, la disminución de las aguas obligó a los montones de mierda expulsada por los vecinos a quedarse atascada en el fondo del raquítico manantial, cuyas cada vez más escasas aguas fueron incapaces de arrastrar toda esa inmundicia, disminuyendo así la rapidez del cauce, el agua se estancó y los peces murieron llenando de moscas el caudal y por fin, se convirtió en el pútrido y apestoso manantial que penosamente corría a espaldas de las casas que de vez en cuando seguían empachándolo de soretes y demás venenos inmundos.
Al otro lado del manantial se encontraba la Colonia, un barrio obrero poblado de casitas grises construidas apretadamente entre los cerros. Se conectaba con el fraccionamiento a través de un penoso puentecillo de cemento que atravesaba el manantial a escasos metros de las turbias y pestilentes aguas negras, sobra mencionar que los habitantes de Fontanares nunca utilizaban dicho puente, que era atravesado sólo en las horas oscuras de la madrugada y de la noche por los y las personas de la Colonia que se dirigían a sus trabajos, ellos agradecían la construcción del fraccionamiento pues gracias a éste un pedazo de cerro se convirtió en la escalera que daba al puente y sólo bastaba cruzar un pedacito de fraccionamiento para llegar a una parada de camiones que los ricos acondicionaron. Los dueños del fraccionamiento, en cambio, lamentaban la decisión, pues detestaban tener que mezclarse con aquella gentuza de comportamiento hostil y desagradable.
Para los ricos, los habitantes de la Colonia parecían animales, pues sólo andaban en las horas sin luz, sus esposas, las que no trabajaban, pasaban el día entero encerradas en sus casas o al menos eso decían porque, como ya se mencionó, nadie del fraccionamiento iba jamás a la Colonia.
Nadie salvo algunos niños quienes en la travesura de desobedecer a sus padres cruzaban el puente y se adentraban en las calles cercanas. Los más sensatos contaban a sus amigos que había una subida bastante pronunciada coronada de su lado izquierdo por una papelería, perpendicular a la calle de la cuesta, una avenida antigua con una tiendita y más nadie había visto. Otros chicos narraban pavorosas experiencias, algunas simplemente transmitidas de grandes a chicos, que se habían vuelto bastante populares nutriéndose en detalles gracias al boca a boca.
Una de las tantas habladas refería que los habitantes de la colonia tenían la piel más oscura de lo normal y que, al hablar con extraños, sus acentos eran golpeados y agresivos y de igual modo sus actitudes para con los desconocidos eran hostiles, como bien afirmaba un grupo de chicos que fueron perseguidos por un habitante de la colonia que los vio mientras daban una vuelta en bicicleta.
Otra de la historias hablaba acerca de una obrera que pasaba por el puente a medianoche, cuando fue interceptada por otro habitante de la Colonia quien la forzó a concebir un hijo con él, reteniéndola en su casa y alimentándola con sus excrementos y su orina hasta que por fin dio a luz a un niño. Una noche nauseabunda, pues el calor del verano secó el manantial provocando que inmundos vapores emanaran de éste, la mujer logró escapar de la casa de su raptor completamente vestida de negro con el niño de tres años dormido entre sus brazos. La desdichada caminó sigilosamente por las odiosas tinieblas hasta llegar al puente y ahí, falta del coraje suficiente para cometer sus ignominiosas intensiones, echó una última y lastimera mirada sobre aquel engendro abyecto fruto de la desgracia y la maldad lo cual le dio el valor suficiente a sus brazos para abrirse, dejando caer a la inocente criatura a las aguas del manantial. Después de esa pútrida noche nunca más se volvió a saber nada de aquella mujer.
Esta fantasía infantil fue alimentada por el relato de don Agustín, el velador del fraccionamiento, el cual refería que una noche, en la que el manantial hedía más de lo normal, vio a lo lejos a una mujer, completamente vestida de negro, salir corriendo del lúgubre callejón que daba al puente. Don Agustín no solía acercarse ni a cien metros del callejón aquel pero, temiendo que la mujer huyera de alguien, desenfundó su viejo pero bien mantenido revolver y la linterna; era imposible que la mujer le hubiera visto y aún de haberlo hecho no se detuvo y decidió continuar con su frenético escape. El velador se acercó lentamente y se adentro en la profundidad del callejón que en aquellos días no contaba aún con ningún tipo de alumbrado, iluminado apenas por la linterna y ya envuelto por entero en aquella hedionda oscuridad, Don Agustín comenzó a descender las escaleras muy lentamente mientras su pecho se oprimía por una, despreciable sensación de macabra incertidumbre que aceleraba incontrolablemente el fluir de su sangre obligando a su corazón a golpetear de manera salvaje en lugar de latir sorprendiendo al duro hombre cuando se dio cuenta de que debía poner especial empeño en mantener su linterna quieta y que le faltaban manos para secar las gotas de sudor que se agolpaban en su rostro. Una vez en el puente, una leve pero constante llovizna se desató iluminando por momentos la casi total oscuridad con algunos relámpagos ausentes de truenos.
Sin poder entender la atmósfera de horror que brotaba de aquellas pútridas aguas, don Agustín se paró justo a la mitad del puente, pues temía acercarse más a la colonia, no había ni una sola alma en ese lugar; de repente, su corazón se detuvo un instante para seguir latiendo ahora con más violencia, mientras su mirada perdía toda ubicación debido a la contracción repentina de sus músculos fruto del salto que pegó cuando escuchó llorar a un bebé, el llanto parecía venir del manantial, así que mandó el haz de su linterna hacia las aguas, sin poder ver nada. El llanto continuó un rato, sin duda provenían de debajo del puente, donde la leve luz de la linterna no podía iluminar y sin duda se trataba del llanto de un bebé, pero con la llovizna el nivel de las aguas comenzó a subir y el llanto se convirtió muy lentamente en un burbujeo y, después, en silencio. El velador avisó al señor Zambrano, uno de los habitantes más antiguos del fraccionamiento, quien llamó a la policía, no tardaron mucho, sin embargo, no encontraron ningún niño.
Conociendo a los adultos, cuyo recelo hacia los habitantes de la Colonia no impedía las expediciones clandestinas de sus hijos ni sus largas estancias en el puente, era probable que hayan inventado todas aquellas historias, que contrariamente no hicieron más que alimentar el morbo de los niños y estimularon aún más sus viajes a la Colonia.
En la residencia de los Zambrano, una de las primeras familias en alojarse en Fontanares y una de las más respetadas, se tenía una idea bastante diferente de la gente de la Colonia. Comprendían que la falta de oportunidades propias de la clase media baja generaba estrés en sus habitantes, que la razón de salir tan temprano de sus casas y volver tan de noche no era otra más que largas jornadas de trabajo y lo lejano de las fábricas a las que iban todos los días a laborar. Eso sí, el propio señor Zambrano sabía que otro problema de un barrio de esa clase social era la inseguridad y más miedo le tenía a los pandilleros, robachicos y asaltantes que pudieran poner en peligro a los chiquillos que se aventurasen solos o acompañados por la Colonia que a cualquier monstruo o criatura producto de la ficción.
Zambrano hacía su esfuerzo por parar la diseminación de aquellas historias ridículas que solamente incitaban a los niños y jóvenes a cruzar el puente para comprobar la veracidad de las mismas, por lo que no dudó en reprender no una sino varias veces a Don Agustín por contarle su anécdota del niño arrojado del puente a los chiquillos
- No es ningún cuento, señor- afirmaba el velador.
- Acuérdese que esa misma noche bajaron muchos oficiales y no se encontró a ningún niño- le reprendía el señor Zambrano - ni aquí ni a varios kilómetros río abajo.
- Porque el agua del manantial subió mucho por la llovizna, aquí no fue mucho, pero más arriba en Cahuacán hubo chubasco y de ahí viene el agua que alimenta al manantial
- No me mareé más, ya no le cuente eso a los niños.
Terminaba siempre así aquella conversación, no obstante, siempre había un niño o niña contando por ahí la historia que le contó el velador. Además, recientemente, Don Agustín había escuchado ruido en el manantial a diferentes horas del día y de la noche, advirtiéndole a los jóvenes que no se quedaran mucho tiempo ahí y que, más importante aún, no bajasen por ningún motivo.
Uno de aquellos niños era el propio Erick, hijo del señor Zambrano, quien se había obsesionado con las historias del velador y en especial con aquella que contaba sobre el bebé arrojado a las aguas negras. Aquella noche pútrida, Erick había escuchado desde su habitación, cuya ventana daba al puente, los llantos desgarradores de un bebé y vio al velador intentar vislumbrar algo con su linterna infructuosamente. Habían pasado ocho años desde aquella noche, pero el muchacho todavía solía trepar por el enorme y frondoso árbol de aguacate en su patio trasero para pasar largas horas observando el manantial en busca del bebé arrojado que tendría entonces diez años - de ser ciertos los relatos - apenas un año menor que el cada vez más introvertido Erick Zambrano.
Sentado en una robusta rama, Erick veía la vida suceder, le gustaba ver trabajar a Silvestre, un jardinero que solía laborar tanto en la Colonia como en Fontanares, la gente le tenía bastante confianza, tanta que acostumbraban no echar cerrojo a las puertas y dejar que Silvestre trabajara largas jornadas en los jardines traseros, fue Silvestre, de hecho, quien plantó el robusto árbol de aguacate cuando el padre de Erick recién compró el terreno para su casa- No obstante, aquel moreno y gordo jardinero no hablaba con nadie, parte de su celo profesional, pues era mejor mantener una relación distante con sus clientes para no despertar suspicacias de ningún tipo entre los vecinos
Silvestre era alto y robusto, media casi dos metros de altura y poseía una prominente barriga además de una espesa barba de leñador que era el único tipo de vello en su cabeza, pues era calvo completamente y sus cejas y pestañas eran muy delgadas; su piel era morena y estaba requemada y curtida por el sol, por lo que su aspecto resultaba bastante imponente e intimidante, además en sus ojos se reconocía que había visto mundo y sólo Dios sabía cuánto. No obstante su hosco aspecto, hacía su trabajo con total delicadeza: los arrayanes quedaban bien parejitos y floreaban y daban fruto espléndidamente cada temporada; el césped quedaba con la altura y el volumen ideales sin marchitarse; los árboles cobraban vida nueva cuando los podaba y, añadido a todo esto, cobraba barato por sus servicios y poseía conocimientos de albañilería, plomería y carpintería. La única persona en el fraccionamiento que no terminaba de confiar en él era el propio Don Agustín, quien sacando un poco de charla con el jardinero supo que éste vivía y había nacido en la Colonia, motivo que lo mantenía vigilando las dos cuadras aledañas a la casa en que trabajaba Silvestre.
A Erick le gustaba ver trabajar a Silvestre pues permanecía siempre en silencio, ensimismado en su labor y sin percatarse del pequeño espía de los árboles, pues la rama en que el muchacho se encaramaba estaba rodeado de ramas más delgadas y bastante frondosas que le ocultaban efectivamente. Una tarde en la que Erick veía al jardinero regar con un aspersorio de mano las flores de un bello durazno, cuando escuchó un ruido provenir del manantial. Dicho ruido era la inquieta armonía de un forcejeo compuesta por el aletear desesperado y el cacareo aterrado de un gallo sometido por un chico de unos diez años que mantenía sus rodillas encima de las patas del animal, con la mano izquierda mantenía las alas de la robusta ave hacia atrás y con la derecha sujetaba la cabeza del gallo para evitar ser picoteado; el niño mordió entonces a su presa justo en la parte más ancha de la pechuga, provocando que borbotones de sangre salieran despedidos por todos lados y miles de pequeñas gotitas carmesí salpicaron su rostro; con una sacudida violenta, el infante desprendió un gran trozo de carne y el ave lanzó un último grito de desesperado horror y muerte, convulsionándose bruscamente mientras era testigo de cómo su captor mascaba el trozo arrancado para engullirlo con todo y plumas.
Incapaz de realizar movimiento alguno, víctima del horror, Erick simplemente se aferró a la robusta rama con las sudorosas manos, esperando que las hojas evitaran que fuese descubierto, quiso voltear hacia otro lado para hacer de cuenta que nada vio, pero fue tarde, el niño o demonio aquél que devoraba un gallo vivo en el manantial ya lo estaba mirando fijamente de manera inexpresiva. El extraño y odioso ente se puso de pie y le sonrió a Erick, estaba completamente desnudo, en sus axilas y rodillas existían grotescas costras de mugre que se mantenían húmedas en los pliegues, unas manchas asquerosas daban a su cuerpo entero un ignominioso aspecto, su largo cabello asemejaba a un arbusto enmarañado y endurecido de a saber cuánta inmundicia; mantenía el ojo derecho cerrado y su miembro comenzó a erectarse. El niño o demonio tomó a su presa del suelo y, sin dejar de sonreír ni de mirar a Erick, lo sumergió largo rato en las pútridas aguas del manantial, sacándolo de ahí, lo llevó inmediatamente a su boca y lo sostuvo con los dientes. Una vez libres sus manos infectas usó los dedos de éstas para levantar su párpado muerto, mostrando un ojo podrido casi enteramente negro pues pústulas de pus y algunas llagas agregaban matices blancos y sanguinolentos. Tras aquellos eternos instantes, el horroroso ente se adentró en las aguas del manantial y caminó cuesta abajo llegando a una zona donde el nivel del agua alcanzaba sus muslos y se sumergió por entero ahí. Las ondas en el agua provocadas por el buceo de aquel demonio le indicaron a Erick que el chico se quedó oculto debajo del puente, por el cual pasó una señora unos instantes después.
Conociendo a los adultos, cuyo recelo hacia los habitantes de la Colonia no impedía las expediciones clandestinas de sus hijos ni sus largas estancias en el puente, era probable que hayan inventado todas aquellas historias, que contrariamente no hicieron más que alimentar el morbo de los niños y estimularon aún más sus viajes a la Colonia.
En la residencia de los Zambrano, una de las primeras familias en alojarse en Fontanares y una de las más respetadas, se tenía una idea bastante diferente de la gente de la Colonia. Comprendían que la falta de oportunidades propias de la clase media baja generaba estrés en sus habitantes, que la razón de salir tan temprano de sus casas y volver tan de noche no era otra más que largas jornadas de trabajo y lo lejano de las fábricas a las que iban todos los días a laborar. Eso sí, el propio señor Zambrano sabía que otro problema de un barrio de esa clase social era la inseguridad y más miedo le tenía a los pandilleros, robachicos y asaltantes que pudieran poner en peligro a los chiquillos que se aventurasen solos o acompañados por la Colonia que a cualquier monstruo o criatura producto de la ficción.
Zambrano hacía su esfuerzo por parar la diseminación de aquellas historias ridículas que solamente incitaban a los niños y jóvenes a cruzar el puente para comprobar la veracidad de las mismas, por lo que no dudó en reprender no una sino varias veces a Don Agustín por contarle su anécdota del niño arrojado del puente a los chiquillos
- No es ningún cuento, señor- afirmaba el velador.
- Acuérdese que esa misma noche bajaron muchos oficiales y no se encontró a ningún niño- le reprendía el señor Zambrano - ni aquí ni a varios kilómetros río abajo.
- Porque el agua del manantial subió mucho por la llovizna, aquí no fue mucho, pero más arriba en Cahuacán hubo chubasco y de ahí viene el agua que alimenta al manantial
- No me mareé más, ya no le cuente eso a los niños.
Terminaba siempre así aquella conversación, no obstante, siempre había un niño o niña contando por ahí la historia que le contó el velador. Además, recientemente, Don Agustín había escuchado ruido en el manantial a diferentes horas del día y de la noche, advirtiéndole a los jóvenes que no se quedaran mucho tiempo ahí y que, más importante aún, no bajasen por ningún motivo.
Uno de aquellos niños era el propio Erick, hijo del señor Zambrano, quien se había obsesionado con las historias del velador y en especial con aquella que contaba sobre el bebé arrojado a las aguas negras. Aquella noche pútrida, Erick había escuchado desde su habitación, cuya ventana daba al puente, los llantos desgarradores de un bebé y vio al velador intentar vislumbrar algo con su linterna infructuosamente. Habían pasado ocho años desde aquella noche, pero el muchacho todavía solía trepar por el enorme y frondoso árbol de aguacate en su patio trasero para pasar largas horas observando el manantial en busca del bebé arrojado que tendría entonces diez años - de ser ciertos los relatos - apenas un año menor que el cada vez más introvertido Erick Zambrano.
Sentado en una robusta rama, Erick veía la vida suceder, le gustaba ver trabajar a Silvestre, un jardinero que solía laborar tanto en la Colonia como en Fontanares, la gente le tenía bastante confianza, tanta que acostumbraban no echar cerrojo a las puertas y dejar que Silvestre trabajara largas jornadas en los jardines traseros, fue Silvestre, de hecho, quien plantó el robusto árbol de aguacate cuando el padre de Erick recién compró el terreno para su casa- No obstante, aquel moreno y gordo jardinero no hablaba con nadie, parte de su celo profesional, pues era mejor mantener una relación distante con sus clientes para no despertar suspicacias de ningún tipo entre los vecinos
Silvestre era alto y robusto, media casi dos metros de altura y poseía una prominente barriga además de una espesa barba de leñador que era el único tipo de vello en su cabeza, pues era calvo completamente y sus cejas y pestañas eran muy delgadas; su piel era morena y estaba requemada y curtida por el sol, por lo que su aspecto resultaba bastante imponente e intimidante, además en sus ojos se reconocía que había visto mundo y sólo Dios sabía cuánto. No obstante su hosco aspecto, hacía su trabajo con total delicadeza: los arrayanes quedaban bien parejitos y floreaban y daban fruto espléndidamente cada temporada; el césped quedaba con la altura y el volumen ideales sin marchitarse; los árboles cobraban vida nueva cuando los podaba y, añadido a todo esto, cobraba barato por sus servicios y poseía conocimientos de albañilería, plomería y carpintería. La única persona en el fraccionamiento que no terminaba de confiar en él era el propio Don Agustín, quien sacando un poco de charla con el jardinero supo que éste vivía y había nacido en la Colonia, motivo que lo mantenía vigilando las dos cuadras aledañas a la casa en que trabajaba Silvestre.
A Erick le gustaba ver trabajar a Silvestre pues permanecía siempre en silencio, ensimismado en su labor y sin percatarse del pequeño espía de los árboles, pues la rama en que el muchacho se encaramaba estaba rodeado de ramas más delgadas y bastante frondosas que le ocultaban efectivamente. Una tarde en la que Erick veía al jardinero regar con un aspersorio de mano las flores de un bello durazno, cuando escuchó un ruido provenir del manantial. Dicho ruido era la inquieta armonía de un forcejeo compuesta por el aletear desesperado y el cacareo aterrado de un gallo sometido por un chico de unos diez años que mantenía sus rodillas encima de las patas del animal, con la mano izquierda mantenía las alas de la robusta ave hacia atrás y con la derecha sujetaba la cabeza del gallo para evitar ser picoteado; el niño mordió entonces a su presa justo en la parte más ancha de la pechuga, provocando que borbotones de sangre salieran despedidos por todos lados y miles de pequeñas gotitas carmesí salpicaron su rostro; con una sacudida violenta, el infante desprendió un gran trozo de carne y el ave lanzó un último grito de desesperado horror y muerte, convulsionándose bruscamente mientras era testigo de cómo su captor mascaba el trozo arrancado para engullirlo con todo y plumas.
Incapaz de realizar movimiento alguno, víctima del horror, Erick simplemente se aferró a la robusta rama con las sudorosas manos, esperando que las hojas evitaran que fuese descubierto, quiso voltear hacia otro lado para hacer de cuenta que nada vio, pero fue tarde, el niño o demonio aquél que devoraba un gallo vivo en el manantial ya lo estaba mirando fijamente de manera inexpresiva. El extraño y odioso ente se puso de pie y le sonrió a Erick, estaba completamente desnudo, en sus axilas y rodillas existían grotescas costras de mugre que se mantenían húmedas en los pliegues, unas manchas asquerosas daban a su cuerpo entero un ignominioso aspecto, su largo cabello asemejaba a un arbusto enmarañado y endurecido de a saber cuánta inmundicia; mantenía el ojo derecho cerrado y su miembro comenzó a erectarse. El niño o demonio tomó a su presa del suelo y, sin dejar de sonreír ni de mirar a Erick, lo sumergió largo rato en las pútridas aguas del manantial, sacándolo de ahí, lo llevó inmediatamente a su boca y lo sostuvo con los dientes. Una vez libres sus manos infectas usó los dedos de éstas para levantar su párpado muerto, mostrando un ojo podrido casi enteramente negro pues pústulas de pus y algunas llagas agregaban matices blancos y sanguinolentos. Tras aquellos eternos instantes, el horroroso ente se adentró en las aguas del manantial y caminó cuesta abajo llegando a una zona donde el nivel del agua alcanzaba sus muslos y se sumergió por entero ahí. Las ondas en el agua provocadas por el buceo de aquel demonio le indicaron a Erick que el chico se quedó oculto debajo del puente, por el cual pasó una señora unos instantes después.
sábado, 21 de marzo de 2020
Una noche sin Aplausos
Estoy buscando, de esta noche, los aplausos
y cubrirme de esta brisa que es tan fría
sino lates dentro de mi pecho
si eres sólo un vacío en mis cobijas.
Suena hoy, música, trayéndome rescate
espanta la tristeza y al dolor;
suena ahora, música, no más tarde,
visítame esta noche, ven a mí ángel de amor.
Si sentirme yo en tus brazos hoy pudiera
y vivirte en un instante más que eterno,
correría para siempre prisionero
siervo y amo del calor que me condena;
dejaría de esta noche los aplausos
y bañaríame todo en brisa fría
latirías, por siempre, dentro de mi pecho
no serías un vacío en mis cobijas.
martes, 7 de enero de 2020
Esa Prenda Tuya
y, cual si fuera mía, bien resguardo
alejada, protegida del recuerdo,
escondida entre los valores de mi cuarto.
La tomé con un permiso no pedido
a la par que fabricaban mis caricias
surcos en tu pétalo encendido;
la tomé sin ser ladrón ni asesino.
Hoy es mi tristeza su recuerdo
que vaga cual fantasma por mis libros,
entre los valores de mi cuarto escondido;
tomada con un permiso no pedido,
esa prenda tuya que aún conservo.
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lunes, 25 de noviembre de 2019
Antes de que nos Olviden III - Capítulo Final
Aún no se le notaba la pancita, aunque las piernas,
mejillas, pompas y senos ya habían aumentado de tamaño volviéndola mucho más
sexy para él, quien en un intento desesperado por consentir a la mujer que
amaba decidió invitarla a salir. Tenía miedo de que se llegara a desmayar o a
descompensar cuando el embarazo estuviera mucho más avanzado, así que tomó su
apenas decente quincena y después de ver sus zapatos se atrevió a pensar
“Todavía
aguantan otro mes”
por
tercer mes consecutivo. Quedó con ella, para sorpresa de él, fue muy fácil
ponerse de acuerdo… era algo que últimamente no pasaba mucho.
No
era raro que llegara tarde, en sus dos cumpleaños anteriores lo había hecho y
eso lo había entristecido mucho pues resultó ser algo que en verdad lo hirió,
al menos en su momento y el no tener el valor para decirlo fue lo que en verdad
le hizo daño. Era un círculo vicioso y ellos, al parecer, ya eran expertos en crearlos... lo quería de verdad, pero ahora mismo y desde hacía mucho tiempo atrás, su cabeza era una tormenta de dolores, pesares y confusiones
“Cómo siempre
ya se me hizo tarde”
se dijo Alice dando vueltas por su
habitación… luego se pone bien triste y luego se le pasa, era el único consuelo
que le quedaba, aunque en el fondo sabía que la quería y era bueno sentirse
querida por el hombre al que quieres y salió. Había planchado su cabello y tomado su ropa no tan desgastada, pues hacía ya más de un año que no podía comprar nueva, se había mirado en su espejo de cuerpo entero y se gustó, se sintió hermosa, había notado también que su vientre aún no abultaba la nueva vida que aguardada y le gustaron los primeros cambios en su figura, era hermosa. Ahora tomaba la combi a las 4:45
para un viaje de cuarenta minutos cuando la
cita era a las 5:00… Además, Ian últimamente había vuelto a ser puntual, de seguro
él ya estaba a punto de llegar si es que no lo había hecho ya… Para chingadas madres
el tráfico la retrasaría, siendo optimistas, una media hora más. Le gustaba
salir, en verdad lo disfrutaba y extrañaría mucho aquella intensa sensación de libertad, de noches viendo
las luces de la ciudad desde un auto a toda velocidad a alguna parte, el
escándalo alucinante de una fiesta. Como sea, algún día la gente se arrepentiría
de no haber sentido su lado más salvaje pero ella no. Ella sabía que cada cosa solamente se
vive una vez.
A Ian siempre lo habían incomodado los regalos muy
notables, pero había llegado 10 minutos antes y podía sin ninguna prisa pasar a
comprar unas flores con las cuales sorprenderla, a ella le gustaban mucho esas
cosas y se dejaba sorprender. Ella era una persona muy linda y eso lo había vuelto loco, pues quien llegara a mirarla por primera vez no podría ni imaginar lo sencilla que era su alma, pero él se había aprovechado sin querer del no esperar nada a cambio que ella era tan buena sintiendo. Queriendo hacer del regalo una cosa especial trató de darse su tiempo pero como siempre le
solía suceder, cuando más quería matar el tiempo, más prisa se daba.
Ya era súper tarde, había pasado media hora y aún
faltaba tramo, Alice pensó que hubiera dado lo mismo salir puntual… Tal vez Ian
igual llegase tarde.
No era el colmo, aún. Ella siempre solía llegar
tarde a todos lados, así había sido desde que la conoció, quizá se había
encontrado con tráfico… pues salió bastante temprano y apenas llegó un poco
antes.
Al no tener saldo en sus teléfonos ninguno de los
dos podía avisarle al otro. En una Central de Porcesamiento de la Información (CPI, existía una por municipio conectada a las del resto del mundo vía Plumbing), se detectó a un ciudadano sin conexión en su Smartphone detenido por la calle por lo que una cámara de seguridad enfocó sobre el joven con
flores que parecía esperar a alguien. Ese tipo de muestras de afecto públicas
no estaban prohibidas por el Ministerio de la Seguridad, pero de darse el caso
de que la persona esperada tampoco estuviera conectada a la Plumbing desde su
teléfono móvil resultarpia sospechoso. Rápidamente el sistema envío una patrulla
de la Guardia Nacional para estar al pendiente. Cualquier persona que no
estuviera conectada a la Plumbing era considerada sospechosa, más aún si mostraba
intensiones de afecto de manera pública sin intensión de compartirlo a través
de la Plumbing.
7:00 PM… Era el colmo, ya la gente se había dado
cuenta del muchacho que habían dejado plantado con todo y su ramo de rosas.
Vaya tontería… sin duda era de esas cosas que solían pasarle a él. No tenía caso, comenzaba a ponerse oscuro y
más valía ahora esperar para ya de mínimo regresar juntos a casa… Al menos
ahorraría dinero y todavía tenía el detalle de las flores, también alcanzó a
notar que la Guardia Nacional había dejado de prestarle atención y ya pronto se
irían.
Alice
bajaba de la combi a toda velocidad, eran las 7:30 y no entristecerse le
resultó inevitable, ya antes había pasado; cuando llegaba tarde lo único que
ella quería hacer era verle , pero él estaba cansado de esperar y
seguramente molesto. En ese momento lo vio, caminaba lentamente al lugar donde
tomaría el transporte de regreso a casa. Alice quiso gritar, pero con la
presencia de dos personas ahí sin datos móviles se disparó la alarma silenciosa
y dos oficiales con traje anti motín descendieron de la patrulla que tenía ya un rato vigilando a Ian.
– ¡Ian! – gritó la chica cuando vio que éste
levantaba el brazo para hacerle la parada a una combi.
La
puerta se cerró una vez que el joven subió y se sentó. Al dar la vuelta en una
glorieta Ian alcanzó a ver a una chica de espaldas… podía ser ella....
Alice
quiso secar inútilmente las lágrimas que corrían por su rostro tan bello ahora
compungido por la desilusión. A nadie le importó; sólo los dos oficiales que habían descendido de su patrulla quedaron expectantes, uno de ellos regresó al vehículo y anunció por radio mientras el otro solamente subía de nuevo:
– Falsa alarma, central. Confirmamos y nos
retiramos.
Un ramo de rosas asomó detrás de la inconsolable
Alice, quien volteó sin creer lo que sucedía
– Hola, mi vida… ¿Llevas mucho esperándome? – Alice se
arrojó a los brazos de Ian, se besaron con tanto deseo y se abrazaron tan
fuerte como si uno quisiera robar la vida del otro.
La Guardia Nacional recibió la alerta y, al poco
tiempo, un grupo de oficiales armados con armas no letales y ataviados con sus
uniformes anti motines retiraban de manera agresiva y violenta a todos los
curiosos que querían observar por encima de sus hombros enfocándose en aquellos
que sacaban sus teléfonos móviles para grabar lo acontecido y compartirlo a
través de la Plumbing, los uniformados formaban un círculo alrededor de la
pareja que ahora se besaba en el suelo.
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