Aterrado, vi a mi abuelo meterse entre los escombros y desaparecer en aquella neblina negra. Me quedé mirando sólo hacia adelante, convencido de que volvería con mamá y mi abuela Paula.
La ansiedad se apoderaba de mí. Dejé de prestar atención al entorno cuando vi que mi padre venía caminando; había bajado de uno de los dragones. ¿Por qué ni mi abuelo, ni mi mamá me contaron de todo eso? No podía creerlo.
El hombre era casi tan fornido como mi abuelo. Al descender del dragón y dirigirse al resto de militares su rostro y mirada poseían un aspecto fiero e implacable que nunca le había visto, ni siquiera cuando discutía furioso con mi mamá o mi abuelo.
Habló mucho con otros adultos, pero muy poco conmigo. Quise correr a abrazarlo en cuanto lo vi, pero una especie de vergüenza me lo impidió. Le sostuve la mirada como pude y sonreí, él me devolvió la sonrisa, su semblante se volvió dulce y tierno al verme y al dirigirse a mí, casi vulnerable.
Aquel hombre de uniforme militar me tomó entre sus brazos y comenzó a decir cosas sobre mí, pero no puedo recordarlas, el sonido de su voz no me era familiar. Aun así, lo quería, y estoy seguro de que él también me quería. Me besó y acarició mis mejillas. Su mano estaba fría, su piel dura y áspera. Pero en sus ojos había cariño, y su sonrisa era especial.
Papá me llevó a conocer su dragón. Lo primero que quise hacer fue tocarlo, pero al sentirlo tan frío lo solté sobresaltado. Entonces entendí por qué las flechas y espadas de los caballeros nunca podían atravesar su piel: estaban hechos de acero. Debía estar dormido o algo parecido, porque nunca pareció notar que estábamos ahí. Comimos cerca de la hélice, aprovechando que aún despedía bastante calor. Papá me ofreció un sándwich, como los que mamá preparó una vez que fuimos de día de campo al parque.
Hice mil preguntas a mi padre, todas relacionadas con su dragón, me mostró los cañones de donde escupían el fuego, y el compartimento donde guardaban sus heces, llamadas bombas, olían a azufre y pólvora. De alguna forma, mi padre y otros pilotos como él, entraban a la cabeza del dragón, un espacio llamado cabina y desde ahí podían controlarlos totalmente. Eso explicaba por qué en los cuentos, los dragones robaban tesoros y princesas.
Cuando terminamos de comer y ver el dragón, papá sacó de mi maleta los juguetes playeros, me enseñó a levantar castillos de arena con las cubetitas. Él era muy bueno para hacerlo, podía apilar tres pisos, yo a duras penas podía vaciar uno sin que se me deshiciera, pero cada esfuerzo fue coronado por él con una risa amable y un:
—Bien hecho, mi amor.
Comenzaba a escasear la luz. Sólo quedaban algunos puntos iluminados por estructuras improvisadas de postes y lonas que los militares habían dispuesto. Mi papá me llevó cargando a una tienda cercana, justo donde debía aparecer mi abuelo, quien tardó mucho en llegar. Venía trayendo en brazos a una mujer. Cargaba a mi mamá como los príncipes a la bella princesa rescatada, sostenida con esfuerzo en sus brazos. Cuando le pregunté por mi abuela Paula, su rostro empapado en sudor me sonrió con dolor, jadeante, me acarició el cabello y negó con la cabeza, quise llorar, pero al ver que mi abuelo no lloraba, no lo hice.
Mamá estaba cubierta de hollín, y un polvo muy grueso se había encostrado en su frente, mezclado con sangre. Se veía agotada, no se movía, pero respiraba.
Corrieron a ayudar a mi mamá. Un oficial le exprimía una esponja de agua tibia sobre la frente, tratando de quitarle el lodo; otro le insertaba una aguja en el brazo, conectándola a una bolsa de líquido. Mamá movía mucho los labios, pero no alcanzaba a oír lo que decía. En vez de hablarle, le di un beso en la mejilla, como los que ella solía darme. Un príncipe despierta con un beso a la princesa que fue raptada por el dragón. Al estar cerca de su rostro, pude oír lo que murmuraba: palabras de cariño, promesas de que se pondría mejor, y que me portara bien. Me quedé con ella, acariciándole el regazo, mientras mi padre y mi abuelo se alejaban hacia la oscuridad de la playa. La luz de la luna bastaba para ver que discutían acaloradamente. Fui por un sándwich para mí y otro para mi mamá.
Me despertó una especie de sacudida en sueños, dejándome algo confundido. Estaba cobijado por una manta gruesa y pesada, cálida y cómoda. Papá piloteaba su dragón, estábamos dentro de la cabina e íbamos mar adentro mar adentro. Otros dos dragones se acercaron al nuestro.
—Son dragones enemigos, mi amor —dijo mi padre a gritos. Su rostro nuevamente había adquirido ese aspecto fiero y temible cuya mirada se mantenía fija en los enemigos
—No tengas miedo.
Papá elevó su dragón bruscamente, y descendió con la misma fuerza, quedando detrás de nuestros perseguidores.
—Tapa tus oídos, mi amor.
Tras ese grito, el dragón de mi papá escupió una ráfaga de fuego cuyas percusiones se resintieron en mi pecho. Los dragones enemigos perdieron las alas y cayeron, al golpear el mar se hicieron pedazos. Yo permanecía apretando los ojos y abrazado fuertemente a mi papá, quien rodeo mi cuerpo con uno de sus brazos, usando el otro para mantener estable el dragón.
—No te preocupes, mi amor. No dejaré que te lastimen.
Llegamos a otra isla, mucho más grande que la nuestra, y el dragón aterrizó. Papá me dejó en una carpa donde sólo había enfermeras. Me sonrió, me dio un beso en la mejilla y me abrazó con fuerza. Me daba pena abrazarlo, pero mi corazón quiso que mis brazos se abrieran, y compartimos un poco de calor. Me levantó del suelo con sus poderosos brazos.
Me habló al oído de lo sorprendido que estaba por mi valentía y me dijo que se sentía orgulloso de mí, que no tuviera miedo. Me hizo prometer que cuidaría de mi mamá y de mi abuelo, yo asentí con la cabeza, tratando de imitar el mismo aspecto fiero e implacable que le había visto hacer.
Papá me dejó en el suelo y corrió hacia su dragón, se subió en él y antes de entrar a la cabina me dirigió el saludo clásico de los militares, que yo le respondí imitando el gesto. Entró en la cabina y despegó, traté de seguirlo con la mirada, pero al unirse a los demás no pude distinguir cuál era el de mi papá.
Desde aquella playa segura, vi cómo varios dragones enemigos se acercaban por un costado de nuestra isla, pero el grupo donde estaba mi papá le salió al encuentro de frente. Comenzaron a intercambiar fuego. Algunos estrellaron sus dragones entre sí, estallando envueltos en llamas. El equipo de mi papá ganó, pero del enorme grupo quedaron muy pocos.
Las enfermeras me dieron de comer y me hicieron algunas preguntas, justo cuando empezaron a llegar otros dragones. Traían consigo a las personas que habían sobrevivido. No tardarían en traer a mi abuelo y a mi mamá. Las enfermeras me permitieron ir a la playa a esperar a mi familia. Me senté en la arena, que en esta isla era mucho más suave y fina.
Un dragón llegó y pude ver varios destellos de luz en la cabina, eran mi abuelo y mi mamá, él venía tomando fotos. Pasaba ya de medio día, me había acabado mis jugos y mis sándwiches, tenía mucha hambre y apretaba la arena con mis puños que por fin se relajaron cuando vi los flashes de la polaroid de mi abuelo.
Mamá no pudo bajar sola del dragón, pero logró caminar con la ayuda de unas muletas. Mi abuelo traía mi maleta. No pude sonreír: mi mamá aún se veía malherida, y pensé que mi maleta sucia terminaría en la basura, como mi gorra.
Para mi sorpresa, mamá se sentó en la arena, extendiendo una cobija como la de papá. Sacó de mi maleta mis juguetes y mi ropa. Corrí hacia ella, creyendo que íbamos a jugar... Pero sacó todo lo que yo había metido para alcanzar lo que ella había guardado primero. Allí mismo me cambió. Me gustó tener ropa limpia, y pude conservar los juguetes. Así, los tres —mi mamá, mi abuelo y yo— nos quedamos sentados en la playa el día que me llevaron a conocer el mar.
Ya entrada la tarde, la gente comenzó a reunirse en el malecón. Las familias, una a una, levantaron montoncitos de piedras como tumbas simbólicas para sus muertos.
Mi abuelo, mi mamá y yo construimos uno por mi abuelita. Usando mis juguetes levanté un castillo de arena que cubrimos con rocas, conchitas de mar y pedacitos de coral, quise llorar. No podríamos regresar a casa, no podría contarle a mi abuelita Paula que levantamos un castillo de arena para ella.
Me dejaron jugar, por fin, busque un área despejada para levantar más castillos de arena y hacer hoyos. Inocentemente, jugué a derribar los castillos de arena usando mi barquito como dragón. Cada tanto, miraba hacia el mar buscando a mi padre, esperando que llegara, incluso levanté un castillo de arena y lo adorné con las mejores piezas que encontré en la playa.
Desde lejos, vi cómo los dragones comenzaron a regresar. Busqué entre todos el de mi padre… pero no llegó. Poco a poco, arribaron los últimos. Incluso una lancha con sobrevivientes del ataque. Por más que esperé, sentado en la playa, mi papá no volvió. Ni su dragón.
Así permanecí durante horas: sentado sobre la arena, junto a mi castillo, con mis juguetes en las piernas y mirando el mar, más allá del mar, al horizonte, esperando la aparición de papá que nunca llegó. No me di cuenta de que mi abuelo estaba detrás de mí, tomándome una fotografía con su Polaroid.
Matías ya jugaba con otra cosa y dejé la foto como él la había encontrado.