lunes, 16 de marzo de 2026

Ángel Caído

Sumergido en la ignominia
que inunda esta habitación ominosa,
víctima de mi propio abandono,

flota etérea, espectral, la imagen tuya;
el sonograma que me permitió verte
                                     por vez primera.
Una ecografía que me permitió observar
lo hermoso de tu presencia,
como un ángel
desplegando ante mí el milagro de la vida
por mí profanado.

La criatura más sublime sobre la faz de la tierra:
mirada inocente, más allá del bien y el mal.
Como un demonio
le confundí con un ángel por su terrible belleza.

Tocándome,
apretando con su diminuta mano uno sólo de mis dedos,
me robó el corazón, la mente,
la voluntad, el alma
y mi espíritu,
quedándose con todo de mí.

Luego se fue.
Una harpía lasciva de hábitos parasitarios
y una vieja hiena que relamía sus genitales,
sembraron cobardes ardides
y se llevaron al demonio,
acompañándolas a dejarme solo.

Se lo llevaron... se fue.
Igual que un demonio,
se llevó mi corazón, mi mente,
mi voluntad, mi alma,
y mi espíritu,
llevándose todo de mí 

Dejándome con nada.

Sumergido en la ignominia,
en esta habitación ominosa,
víctima de mi propio abandono,
flota etérea, espectral, la imagen tuya;
y religiosamente me retuerzo
profiriendo el plañido de Sabines.
Pues me dijo que, cuando se fuera,
se llevaría todo lo que fuera suyo.
Y se fue...
y no me llevo...
y yo era suyo...






martes, 27 de enero de 2026

Monumento Salino - Paisaje: Liturgia del Suspiro


Vórtice de agonía me golpea

cada que miro nuestras fotografías

nuestras miradas idas hacia enfrente.



En el silencio engañoso de la noche

fueron pausándose tus frases

tu infantil carcajada

                            — mi canción favorita

y el alarde profético de mi partida.



Como una infame amante

te sonreía mi ausencia

propiciando astuta un canto profético
                    
                                   — gritos de odio.

Y la canción, aquél canto lastimero

junto a los carros y el bullicio

en un lugar de paso
                
                            — como este mismo mundo.



Amanece la agonía,

de repente las cosas tuyas

las horas que recorríamos

siguieron ahí... deshabitadas.



La frustración cede paso

al ánimo de verte como antes

de hablarte donde sea que estés.



Sucia ausencia

la tristeza profanando tu mirada

abriendo en tus labios

las tres sílabas dadas por ti a mi nombre

escapando en un suspiro.



Así nos quedamos, sin nosotros,

viendo en el manto de la noche

un cúmulo de recuerdo:

imágenes errantes,

sonidos difusos;

inclementes al deseo de la carne,

indiferentes a la unión de la carne.

Difuminados por el paso del tiempo...

en una ventisca.






sábado, 24 de enero de 2026

Monumento Salino - Paisaje: Terrores Diurnos


Si la luna a mediodía

alumbra rincones peligrosos de la psique,

dejo mis dudas deambular errantes

entre el espacio etéreo

y las sustancias inhibidoras.



Si las dudas regresan como preguntas cerradas

porque han sido respondidas,

y las respuestas se manifiestan

en boca del sofista tras el escritorio,

son una lluvia invertida:

un borbollón interminable

sin sentido.



Se oye una canción

en los bares del pueblo;

peatones aglomerados en  ambos sentidos.



Inquieta,

morbosa

su mirada fuerza el cruce con la mía.

Amenaza de la noche

en sus rostros sin facciones.




jueves, 22 de enero de 2026

Manumento Salino - Paisaje: Tacto de lo Invisible


Tal vez su mano no era tan cálida

en el momento de irme

como ésta de mujer

curtida por el trabajo,

venas saltadas,

dedos finos;

mano a la que me aferro con fuerza

mientras la música inunda las paredes

y laten nuestros corazones heridos.



Soy la sombra que proyecta su luz;

todo habla de él en el silencio:

caminos al atardecer,

ver pajaritos saltando en los jardines.



Late dentro de mis sienes su corazón,

mano invisible que me acaricia

en el llanto que se reprime y me enmudece

con su eterna discordia.





martes, 20 de enero de 2026

Monumento Salino - Paisaje: Voz de lo Inaudible


La tarde muere detrás de la colina

y los tordos cruzan el boulevard;

traza las formas de su rostro el viento

en las calles recorridas de la mano.



Calles sin guía transitadas,

con su voz estallando en cada paso;

y en el parque, donde la resbaladilla

se acorta con cada recorrido,

la frase de fuego levanta en sus letras

querubes columpiando perfumado incienso,

de pasitos tintineantes sobre morado terciopelo.



Miro las formas de mi ausencia

en esas parvadas de tordos negriazules;

en el progreso de la noche anunciada

y en el engaño postergada.

Formas de mi ausencia en las melodías de Austin,

en las alas de su música:

el trance,

como un paseo por el boulevard

con el sol naranja espantando girasoles. 






sábado, 17 de enero de 2026

Monumento Salino - Antesala del Paisaje

 

Si no he de volverte a ver

¿Por qué no te puedo  olvidar?

¿Será una esperanza

o una condena?

¿Que depende de mí?

Pues vaya puta mierda





jueves, 15 de enero de 2026

Monumento Salino - Pasillo: Frecuencia del Silencio


El tiempo se corroe

en su indiferente albedrío,

una pausa eterna,

un bosquejo difuso

del lugar donde se arrastra

la esperanza a refugiarse.



todo se mira monumental

relámpago previo al trueno

el destino merodeando

a través de su nostálgica mirada.



Se callan repentina las voces,

la quietud no asfixia

la sorpresa de la vida

rodeada de sonidos diferentes.





martes, 13 de enero de 2026

Monumento Salino - Pasillo: Eternidad en Vilo


Todo permanece

y se desvanece

fantasmagórico

con su forma insostenible

engañando al polvo

encerrado voluntariamente

entre muros perpetuos.





sábado, 10 de enero de 2026

Monumento Salino - Pasillo: Despojo de lo Amado


 ¿Qué es lo que grita el palpitar del corazón?



Refugiado en su estancia

se arrincona cual criatura moribunda.



¿Qué es lo que se eleva?

¿Qué es lo que permanece en el suelo

callado, tembloroso en su sitio



desollado?




viernes, 9 de enero de 2026

Guerra de Dragones

A mis setenta y cinco años, poco había hecho con mi vida. Mis modos con quienes me rodeaban se habían vuelto ariscos, al punto de tratarlos con amargura. No era para menos: el pobre diablo de mi hijo se casó con una mujer a la que apenas conocía, divorciándose apenas un año y medio después de haber traído al mundo a mi nieto.
    Apenas conocía a esa cuasi familia, en realidad. Venían a visitarme tres veces por semana trayendo al pequeño. Tras la separación las visitas continuaron, una vez él, solo; dos veces, ella, con el niño.
    Me negaba a llamar a mi nieto por el nombre que sus padres le habían puesto, más por molestarlos que por no recordarlo. Matías, así lo llamaba cariñosamente, era inteligente y hermoso. Tenía el tono de piel apiñado y la boca grande de su madre, así como las cejas furiosas de su padre.
    Me caía bien el muchachito, hablaba y se comportaba como una persona inteligente casi todo el tiempo. No es un gran elogio todos los niños hacen lo mismo, creo, pero el simple hecho de que fuese mi nietecito me hacía amarlo profundamente. Por eso Matías era el único que escapaba, aunque fuera apenas, de mis modos hoscos y mi trato amargo.
    No me sorprendió que mi hijo no viniera aquel día. En su lugar llegaron la esposa y mi nietecito. Era raro que se ausentara, aquella fue la primera vez y di por hecho que sería la primera de muchas. Pero ella poco tenía que hacer viniendo en su lugar, seguramente el descarado le pidió que trajera a Matías por él, dejándola en la incómoda posición de tragarse mi amargura. Aunque ella prefería aguantarme a mí, que al menos me hacía cargo del niño durante la visita.
    Mi hijo me decepcionaba. Parecía no darse cuenta, o no querer darse cuenta, de que entre las tres personas que podían considerarse su familia, sólo el niño mostraba verdadero contento al estar con él y deseos de verlo. Cosa sucedía en muy pocas ocasiones.
    Matías ocupaba casi todo mi tiempo. Tenía una forma peculiar de crear frases, una especie de método para romper el hielo: hacía preguntas sobre los objetos que le llamaban la atención, y más tarde repetía las respuestas, transformándolas en tema de conversación.
—¿Qué es eso? —preguntaba el pequeño tomando una figurilla de porcelana
—Una geisha, Matías. —le respondía yo—, una geisha de porcelana.      Pasaba un largo rato sin decir nada y entonces decía:
—Esa es una Geisha.
—Así es, Matías. Es una geisha.
—Es una geisha de porcelana.
    Me encantaba platicar con él. Así podíamos estar el día entero sin fastidiarme de aquel inocente ejercicio, del cual su madre ya estaba harta. Pero había una cosa sobre la que yo nunca hablaba, ni siquiera con Matías... una fotografía que se empolvaba lentamente sobre el mueble del televisor.
    La fotografía permanecía de espaldas, ocultando a todos la imagen que contenía. Matías preguntaba primero qué era aquel recuadro y luego, con inocente insistencia, por qué estaba así, volteado. Yo me escudaba en su léxico aún inmaduro para hacerme el desentendido, evitando tocar aquel tema inquietante que se alojaba en la imagen.
    Fue esa tarde. Matías aprovechó un momento en que me distraje para subir al sofá y alcanzar el objeto que tanto le intrigaba. Cuando su voz pronunció la palabra “foto”, me volví de inmediato, sabiendo revelado aquello que con tanto esfuerzo había mantenido oculto. Mi primera reacción fue gritarle, arrebatarle el retrato al inocente niño que ahora se sentaba cómodamente en el mismo lugar donde se había parado para alcanzarla, observando cada detalle con curiosidad. Pero mi infinita paciencia y cariño por él me hicieron responder, casi sin pensarlo:
—Así es, Matías. Es una foto.
    Le conté acerca de aquella fotografía que huía del álbum familiar. Me la había tomado mi abuelo, el padre de mi madre, una tarde en la que permanecía sentado en la playa, mirando fijamente hacia el mar. Más allá del mar. Miraba hacia el horizonte... hacia el día en que los dragones llegaron y comenzaron su cruento ataque. Una guerra devastadora.

Tenía apenas ocho años. Vivíamos a unos treinta minutos a pie de la playa, y desde la azotea de la casa de mi abuelo, donde habitábamos desde antes que pudiera recordar, se alcanzaba a ver el mar. Desde los cinco años le pedía que me llevara a conocerlo, me había dicho que cuando tuviera edad suficiente iríamos, que sólo debía ser capaz de ir y venir a pie. Su promesa seguía latente, sin cumplirse.
    Mi mamá se encargaba de todo en la casa, pues mi abuelita Paula sufría una condición en las rodillas que le postraba en una silla de ruedas. Aunque era unos diez años más joven que el abuelo, no podía dar un solo paso. Pasaba los días sentada apaciblemente en su mecedora, observando la vida pasar frente a ella mientras yo jugaba mil cosas a su alrededor. Nunca la vi alterada, ni estresada por nada, a diferencia de los demás adultos que vivían conmigo, quienes de vez en cuando sí que gritaban.
    Mi abuelo se encargaba de ir y venir por las calles, comprando la despensa. Me llevaba con él desde que tenía tres años, y casi siempre terminábamos sentados en la plaza. Me compraba alguna golosina o sacaba una fruta de las que habíamos comprado, mientras veíamos a los niños jugar. Él me insistía en que fuera a jugar con ellos, pero yo prefería tomar fotos con su Polaroid, que llevaba colgada al cuello a todos lados. Éramos cómplices de esas salidas, como dos viejos camaradas.
    Mi abuelo se llamaba Esteban, pero nunca lo llamé por su nombre. Era un hombre alto y esbelto. Fuerte, muy fuerte. Mientras yo apenas cargaba la bolsa de manzanas con esfuerzo, él llevaba dos que parecían gigantescas, capaces de contener muchas más como la mía. No sudaba, no jadeaba, ni siquiera durante los largos paseos a la plaza, a la que me llevaba medio tramo a pie y medio tramo sobre sus hombros. Había sido pandillero, un chico rudo en su época, pero lo dejó todo al conocer a mi abuelita Paula. Ahora era un fanático de las cámaras y de la fotografía, pasión que me contagió y que compartimos muchos años.
    Igual a muchos hombres de su edad, mi abuelo no mostraba sus sentimientos en público, pero mi abuelita Paula me hablaba de las noches llenas de besos y palabras de amor que aún le dedicaba. El resto del día lo pasaba pendiente de ella, llevándola en brazos de la cama a la silla de ruedas, a la mecedora, y de la mecedora a la silla de ruedas, a la cama.
    Mi mamá, en cambio, tenía un aire triste. Limpiaba las habitaciones y las ordenaba; lavaba la ropa, la tendía, y la doblaba y guardaba cuando estaba seca. También preparaba la comida y me atendía con cariño. Me contaba cuentos antes de dormir, mis favoritos eran aquellos en los que príncipes valientes peleaban contra dragones: poderosos seres alados con el aspecto de un reptil y de tamaño colosal, capaces de escupir fuego por sus fauces, y que gustaban de robar tesoros, raptar princesas y destruir pueblos. Hoy sé, que mi fascinación por aquellos seres, nacía del terror que me provocaban.
— Los dragones no existen —decía mi madre, cuando le preguntaba si era posible que los dragones fueran a la isla donde vivíamos a provocar problemas.
    Mi mamá se llamaba Estela, pero nunca la llamé por su nombre. Ella no poseía un aire tan estoico como el de mi abuelo, quizá por el miedo. Miedo de que mi padre se ausentara tanto tiempo de casa para cumplir con sus obligaciones. La comprendía, a mí también me volvía serio. Me enojaba con él cuando pasaba apenas un par de horas conmigo, antes de pelear con mamá hasta entrada la noche. Ella se quedaba llorando, y él desaparecía por un par de meses más. Era su obligación.
    Jamás me faltaron caricias de mi mamá, sus besos en mis mejillas, ni esas sonrisas hermosas que ofrecía a mis ojos inocentes. Ojos que brillaban cada vez que me recordaba la promesa del abuelo de llevarme algún día a nadar al mar. Era una promesa que me repetía cuando deseaba que me portara bien.
    Mi padre, a diferencia de mi madre y mi abuelo, me colmaba de regalos. Supongo que era el modo en que me demostraba cariño, pues su ausencia me impedía creerle cuando decía que me quería. Su obsequio más preciado para mí, era un paquete de juguetes playeros: varias cubetas de diferente tamaño, una palita para la arena y un barquito de plástico. Me los compró una tarde cuando le dije que el abuelo había prometido llevarme a la playa cuando cumpliera cinco años.

Una mañana, mientras dormía apaciblemente junto con el sol, me despertó un sonido extraño. Jamás lo había escuchado antes. Era parecido a la sirena de una ambulancia, pero más alargado, más feroz. En mis sueños sonaba como un alarido de terror.
    Mi madre irrumpió en la habitación, lanzando desesperadamente la puerta. Iba mal vestida, despeinada, y el cintillo de sus zapatos daba brincos sueltos por el aire, provocando un golpeteo ansioso con cada paso. Fue directo al armario y sacó una maleta, que el abuelo me había regalado para llevar mis cosas el día que fuéramos a la playa. Comenzó a meter mis prendas, eligiendo con rapidez aquellas que sabía que eran mis favoritas.
    Me levanté de golpe y corrí por toda la habitación. Recogí los juguetes playeros que mi padre me había regalado, mis sandalias, mi toalla, mis goggles y demás cositas que yo soñaba con llevar a la playa. Las junté en mis brazos y esperé a que mamá terminara. Cerró la maleta con violencia. Yo la miré sin entender. Su primer impulso fue regañarme, pero suspiró, luego acarició con afecto mi mejilla, volvió a abrir la maleta y con prisa, pero con paciencia, me indicó que colocara mis cosas dentro.
    Me condujo hasta el patio de la casa. El abuelo ya esperaba allí, con su maleta preparada y su Polaroid colgada al cuello. Sentí una calma fugaz al verlo, pero no pude sonreír. Mi confusión se acrecentó al notar que los colores rojizos, rosas y naranjas del amanecer provenían desde otro lado del cielo. La gente en la calle gritaba, tratando de hacerse oír por encima del aullido constante de las sirenas. Y entonces ocurrió: zumbando como un enjambre descomunal, algo pasó volando sobre nuestras cabezas. Jamás había visto tal cosa. A su paso, la multitud corrió y gritó con desesperación, como si la cordura se les hubiera escapado de golpe.
—Son los dragones, hijo —me dijo el abuelo mientras me entregaba una foto que les había tomado.
    Eran cinco, pero no se parecían en nada a los dragones de los cuentos que mamá me contaba para dormir. Sus alas estaban extendidas horizontalmente, rígidas como plataformas. Tenían un único ojo alargado, como el de una libélula, y se elevaban por el aire gracias a unas pequeñas alas similares a las de un mosquito, ubicadas en la punta de su nariz. Al moverlas generaban el poderoso zumbido que habíamos escuchado.
    Mi confusión se transformó en terror. En mis cuentos, los dragones llegaban a los pueblos buscando damiselas y tesoros. Destruían casas y asesinaban personas si no conseguían su botín.
    Jalé a mi abuelo por la pernera del pantalón, suplicándole que nos fuéramos. Le dije que sería peligroso caminar hasta el mar ahora que los dragones habían llegado, pero no logró escucharme. Deliberaba algo con mi madre, y yo no alcanzaba a oír nada por todo el estrépito que nos rodeaba.
    El corazón se me estrujó al recordar que mi abuelita Paula no podría acompañarnos y quedaría a merced de aquellos dragones. El abuelo me miró por fin y me sonrió, meció con ternura mi cabello, se colgó la mochila en los hombros y, tras subirme a mí sobre ellos, tomó mi maleta, ayudado por sus rueditas, emprendió con prisa el camino hacia el mar. Mi madre corrió hacia el cuarto de mi abuelita Paula. Y más no pude ver.
    Iba dando de tumbos sobre los hombros de mi abuelo abriéndose paso entre la multitud, mientras le gritaba que quería caminar hacia el mar, como habíamos prometido. Quizás no pudo oírme por el estruendo, o simplemente no me hizo caso, algo que ocurría cuando estaba muy concentrado. Apenas logró escucharme cuando le dije que mi cachucha se había volado.
    Se detuvo de golpe, caminó hasta quedar pegado a la pared de una casa y, luego de dejarme en el suelo, se adentró entre la multitud que corría como una estampida. Tuve miedo de imaginar a mi abuelo tropezando y cayendo entre la multitud embravecida, quedando debajo de esos pies enloquecidos que corrían hacia la playa. Volvió con mi gorra intacta luego de un rato que me pareció interminable. Le sopló suavemente, la sacudió contra su pierna y me la colocó. Luego me tomó de la mano, me sonrió, y juntos descendimos calle abajo, rumbo al mar.
    Poco después, los dragones nos alcanzaron. No escupían fuego por la nariz ni por la boca, como en los cuentos. Lo lanzaban desde los costados, no en llamaradas enormes, sino en ráfagas certeras que al impactar destruían instantáneamente, volando tan rápido que resultaba imposible verlas. Pero lo que más me aterró fue ver cómo arrojaban sus excrementos en grandes cantidades sobre calles, casas, campos y gente, estallando con violencia, envueltos en fuego. Aquellas explosiones ensordecían mis oídos, quemaban y destruían.
    Mi abuelo corrigió el rumbo tanto como pudo, pero no logró impedir que volteara. Lo único que vi fueron escombros ardientes y gente consumida por las llamas o atrapada bajo lo que alguna vez consideraron sus casas seguras. Detrás de nosotros quedaron vestigios de lo que fue nuestro pueblo, con cuerpos mutilados y chamuscados regados erráticamente sobre las ruinas y todo alimentaba las llamas, envuelto en un perturbador silencio.
    En esa dirección se quedaron mi abuelita Paula y mi mamá. Quise llorar, soltarme de la mano de mi abuelo para correr a buscarlas, pero él me inspiraba una profunda confianza. No podía abandonarlo en medio del desastre y la confusión, así que me mantuve a su lado, esforzándome por mostrarme valiente, ocultando mi temor detrás de una expresión seria.
    Ya comenzaba a divisar el mar acercándose. Junto con él, viniendo de frente hacia nosotros, apareció algo que semejaba una parvada de golondrinas. Mis temores crecieron, y se confirmaron cuando el zumbido de los dragones se volvió cada vez más intenso. De no haber sido por la mano firme de mi abuelo, habría corrido estúpidamente hacia el lado del que veníamos huyendo. Este nuevo grupo de dragones sobrevoló nuestras cabezas sin escupir fuego ni arrojar sus heces. Se acercaron al primer grupo de monstruos y comenzaron a intercambiar ráfagas de fuego entre ellos.
    Usando sus mortíferas ráfagas se arrancaron las patas y las alas, precipitándose vertiginosamente al suelo. Algunos dragones incluso explotaron en el aire envueltos en llamas al ser perforados sus vientres. Hubo dragones que decidieron impactarse de frente contra sus rivales, haciéndose pedazos con el impacto. Rápidamente, los dragones que habían arrasado nuestro pueblo fueron superados; ascendieron, intentando huir, perseguidos por el segundo grupo, que aún logró derribar a varios durante la persecución.

La primera vez que fui a la playa, iba de la mano de mi abuelo, a quien quería muchísimo. Él llevaba su Polaroid colgada al cuello. Mi mamá me había preparado una maleta nueva, que mi abuelo había comprado especialmente para ese día pues me lo tenían prometido desde que tenía tres años. En la maleta, mamá colocó mis prendas favoritas, y yo añadí mis juguetes de playa, regalo de mi papá, mis shorts, mis chanclas… incluso mi cepillo de dientes.
    Caminaba a rastras, me ardían las plantas de los pies. Pese a que mi abuelo quiso llevarme en sus hombros, yo insistí en ir caminando para cumplir mi promesa, hecha desde que tenía tres años.
    La brisa fresca del mar comenzó a golpearme el rostro. Por fin, el hollín y la mugre empezaban a desprenderse de mis párpados y mis mejillas. Mi gorra, demasiado sucia y pesada, fue arrojada a la basura por mi abuelo una vez que llegamos a la playa. Mi maleta estaba igual de sucia, y me entristeció pensar que también la tiraría. Por eso no le dije que quería empujarla. Apenas había soportado el viaje. Me pesaban las piernas, y la arena me hacía imposible seguir caminando. Mi mamá tenía razón: en la playa hay tanta arena que no se puede caminar con zapatos. Me senté ahí mismo, casi en medio de la multitud, esperando que, en cuanto mi mamá apareciera, pudiera verme.
    Estaba absorto mirando aquel mar de gente y no me di cuenta cuando el abuelo derramó un poco de agua de su cantimplora sobre mi frente. Volteé a contemplarlo y, al verlo, me sentí seguro de nuevo. Estiré las manos para pedirle la cantimplora, y bebí agua como nunca antes. Mamá tenía razón: en la playa da mucha sed.
    Un ruido parecido al de un camión nos hizo voltear a todos. Un dragón había aterrizado en la playa, a pocos metros del mar, y comenzaron a llegar muchos más. Fue desconcertante ver cómo las personas que también habían alcanzado la playa corrían hacia ellos, no lejos de ellos. Lo que hizo que mi confusión regresara con fuerza.
    Mi abuelo fue a hablar con los hombres de ropas militares que habían bajado de los dragones. Le entregaron unas cajitas atadas con rafia, y parecieron explicarle muchas cosas. Yo miraba por encima del hombro, asegurándome de que no se fuera sin mí, y también hacia el mar de gente frente a mí, buscando a mamá.
    Poco a poco, la multitud dejó de pasar, y la esperanza comenzó a transformarse en ansiedad. Finalmente, como a eso de las tres de la tarde, mi abuelo me tomó en brazos. No me subió a sus hombros; me dejó de nuevo en el suelo y me entregó la mano de uno de los hombres que habían descendido de los dragones. Conocían a mi padre y decían que llegaría pronto, pero mi abuelo no podía esperar. Tenía que buscar a mamá y a mi abuela Paula antes de que oscureciera. Se fue, dejándome con el orgullo de haber caminado todo el trayecto.
— Bien hecho, campeón —me dijo, como siempre me decía cuando hacía las cosas bien. Yo me sentí orgulloso.
    Aterrado, vi a mi abuelo meterse entre los escombros y desaparecer en aquella neblina negra. Me quedé mirando sólo hacia adelante, convencido de que volvería con mamá y mi abuela Paula.
    La ansiedad se apoderaba de mí. Dejé de prestar atención al entorno cuando vi que mi padre venía caminando; había bajado de uno de los dragones. ¿Por qué ni mi abuelo, ni mi mamá me contaron de todo eso? No podía creerlo.
    El hombre era casi tan fornido como mi abuelo. Al descender del dragón y dirigirse al resto de militares su rostro y mirada poseían un aspecto fiero e implacable que nunca le había visto, ni siquiera cuando discutía furioso con mi mamá o mi abuelo.
    Habló mucho con otros adultos, pero muy poco conmigo. Quise correr a abrazarlo en cuanto lo vi, pero una especie de vergüenza me lo impidió. Le sostuve la mirada como pude y sonreí, él me devolvió la sonrisa, su semblante se volvió dulce y tierno al verme y al dirigirse a mí, casi vulnerable.
    Aquel hombre de uniforme militar me tomó entre sus brazos y comenzó a decir cosas sobre mí, pero no puedo recordarlas, el sonido de su voz no me era familiar. Aun así, lo quería, y estoy seguro de que él también me quería. Me besó y acarició mis mejillas. Su mano estaba fría, su piel dura y áspera. Pero en sus ojos había cariño, y su sonrisa era especial.
    Papá me llevó a conocer su dragón. Lo primero que quise hacer fue tocarlo, pero al sentirlo tan frío lo solté sobresaltado. Entonces entendí por qué las flechas y espadas de los caballeros nunca podían atravesar su piel: estaban hechos de acero. Debía estar dormido o algo parecido, porque nunca pareció notar que estábamos ahí. Comimos cerca de la hélice, aprovechando que aún despedía bastante calor. Papá me ofreció un sándwich, como los que mamá preparó una vez que fuimos de día de campo al parque.
    Hice mil preguntas a mi padre, todas relacionadas con su dragón, me mostró los cañones de donde escupían el fuego, y el compartimento donde guardaban sus heces, llamadas bombas, olían a azufre y pólvora. De alguna forma, mi padre y otros pilotos como él, entraban a la cabeza del dragón, un espacio llamado cabina y desde ahí podían controlarlos totalmente. Eso explicaba por qué en los cuentos, los dragones robaban tesoros y princesas.
    Cuando terminamos de comer y ver el dragón, papá sacó de mi maleta los juguetes playeros, me enseñó a levantar castillos de arena con las cubetitas. Él era muy bueno para hacerlo, podía apilar tres pisos, yo a duras penas podía vaciar uno sin que se me deshiciera, pero cada esfuerzo fue coronado por él con una risa amable y un:
—Bien hecho, mi amor.
    Comenzaba a escasear la luz. Sólo quedaban algunos puntos iluminados por estructuras improvisadas de postes y lonas que los militares habían dispuesto. Mi papá me llevó cargando a una tienda cercana, justo donde debía aparecer mi abuelo, quien tardó mucho en llegar. Venía trayendo en brazos a una mujer. Cargaba a mi mamá como los príncipes a la bella princesa rescatada, sostenida con esfuerzo en sus brazos. Cuando le pregunté por mi abuela Paula, su rostro empapado en sudor me sonrió con dolor, jadeante, me acarició el cabello y negó con la cabeza, quise llorar, pero al ver que mi abuelo no lloraba, no lo hice.
    Mamá estaba cubierta de hollín, y un polvo muy grueso se había encostrado en su frente, mezclado con sangre. Se veía agotada, no se movía, pero respiraba.
    Corrieron a ayudar a mi mamá. Un oficial le exprimía una esponja de agua tibia sobre la frente, tratando de quitarle el lodo; otro le insertaba una aguja en el brazo, conectándola a una bolsa de líquido. Mamá movía mucho los labios, pero no alcanzaba a oír lo que decía. En vez de hablarle, le di un beso en la mejilla, como los que ella solía darme. Un príncipe despierta con un beso a la princesa que fue raptada por el dragón. Al estar cerca de su rostro, pude oír lo que murmuraba: palabras de cariño, promesas de que se pondría mejor, y que me portara bien. Me quedé con ella, acariciándole el regazo, mientras mi padre y mi abuelo se alejaban hacia la oscuridad de la playa. La luz de la luna bastaba para ver que discutían acaloradamente. Fui por un sándwich para mí y otro para mi mamá.

Me despertó una especie de sacudida en sueños, dejándome algo confundido. Estaba cobijado por una manta gruesa y pesada, cálida y cómoda. Papá piloteaba su dragón, estábamos dentro de la cabina e íbamos mar adentro mar adentro. Otros dos dragones se acercaron al nuestro.
—Son dragones enemigos, mi amor —dijo mi padre a gritos. Su rostro nuevamente había adquirido ese aspecto fiero y temible cuya mirada se mantenía fija en los enemigos
—No tengas miedo.
    Papá elevó su dragón bruscamente, y descendió con la misma fuerza, quedando detrás de nuestros perseguidores.
—Tapa tus oídos, mi amor.
    Tras ese grito, el dragón de mi papá escupió una ráfaga de fuego cuyas percusiones se resintieron en mi pecho. Los dragones enemigos perdieron las alas y cayeron, al golpear el mar se hicieron pedazos. Yo permanecía apretando los ojos y abrazado fuertemente a mi papá, quien rodeo mi cuerpo con uno de sus brazos, usando el otro para mantener estable el dragón.
—No te preocupes, mi amor. No dejaré que te lastimen.
    Llegamos a otra isla, mucho más grande que la nuestra, y el dragón aterrizó. Papá me dejó en una carpa donde sólo había enfermeras. Me sonrió, me dio un beso en la mejilla y me abrazó con fuerza. Me daba pena abrazarlo, pero mi corazón quiso que mis brazos se abrieran, y compartimos un poco de calor. Me levantó del suelo con sus poderosos brazos.
    Me habló al oído de lo sorprendido que estaba por mi valentía y me dijo que se sentía orgulloso de mí, que no tuviera miedo. Me hizo prometer que cuidaría de mi mamá y de mi abuelo, yo asentí con la cabeza, tratando de imitar el mismo aspecto fiero e implacable que le había visto hacer.
    Papá me dejó en el suelo y corrió hacia su dragón, se subió en él y antes de entrar a la cabina me dirigió el saludo clásico de los militares, que yo le respondí imitando el gesto. Entró en la cabina y despegó, traté de seguirlo con la mirada, pero al unirse a los demás no pude distinguir cuál era el de mi papá.
    Desde aquella playa segura, vi cómo varios dragones enemigos se acercaban por un costado de nuestra isla, pero el grupo donde estaba mi papá le salió al encuentro de frente. Comenzaron a intercambiar fuego. Algunos estrellaron sus dragones entre sí, estallando envueltos en llamas. El equipo de mi papá ganó, pero del enorme grupo quedaron muy pocos.
    Las enfermeras me dieron de comer y me hicieron algunas preguntas, justo cuando empezaron a llegar otros dragones. Traían consigo a las personas que habían sobrevivido. No tardarían en traer a mi abuelo y a mi mamá. Las enfermeras me permitieron ir a la playa a esperar a mi familia. Me senté en la arena, que en esta isla era mucho más suave y fina.
    Un dragón llegó y pude ver varios destellos de luz en la cabina, eran mi abuelo y mi mamá, él venía tomando fotos. Pasaba ya de medio día, me había acabado mis jugos y mis sándwiches, tenía mucha hambre y apretaba la arena con mis puños que por fin se relajaron cuando vi los flashes de la polaroid de mi abuelo.
    Mamá no pudo bajar sola del dragón, pero logró caminar con la ayuda de unas muletas. Mi abuelo traía mi maleta. No pude sonreír: mi mamá aún se veía malherida, y pensé que mi maleta sucia terminaría en la basura, como mi gorra.
    Para mi sorpresa, mamá se sentó en la arena, extendiendo una cobija como la de papá. Sacó de mi maleta mis juguetes y mi ropa. Corrí hacia ella, creyendo que íbamos a jugar... Pero sacó todo lo que yo había metido para alcanzar lo que ella había guardado primero. Allí mismo me cambió. Me gustó tener ropa limpia, y pude conservar los juguetes. Así, los tres —mi mamá, mi abuelo y yo— nos quedamos sentados en la playa el día que me llevaron a conocer el mar.
    Ya entrada la tarde, la gente comenzó a reunirse en el malecón. Las familias, una a una, levantaron montoncitos de piedras como tumbas simbólicas para sus muertos.
    Mi abuelo, mi mamá y yo construimos uno por mi abuelita. Usando mis juguetes levanté un castillo de arena que cubrimos con rocas, conchitas de mar y pedacitos de coral, quise llorar. No podríamos regresar a casa, no podría contarle a mi abuelita Paula que levantamos un castillo de arena para ella.
    Me dejaron jugar, por fin, busque un área despejada para levantar más castillos de arena y hacer hoyos. Inocentemente, jugué a derribar los castillos de arena usando mi barquito como dragón. Cada tanto, miraba hacia el mar buscando a mi padre, esperando que llegara, incluso levanté un castillo de arena y lo adorné con las mejores piezas que encontré en la playa.
    Desde lejos, vi cómo los dragones comenzaron a regresar. Busqué entre todos el de mi padre… pero no llegó. Poco a poco, arribaron los últimos. Incluso una lancha con sobrevivientes del ataque. Por más que esperé, sentado en la playa, mi papá no volvió. Ni su dragón.
    Así permanecí durante horas: sentado sobre la arena, junto a mi castillo, con mis juguetes en las piernas y mirando el mar, más allá del mar, al horizonte, esperando la aparición de papá que nunca llegó. No me di cuenta de que mi abuelo estaba detrás de mí, tomándome una fotografía con su Polaroid.

Matías ya jugaba con otra cosa y dejé la foto como él la había encontrado.

 


 

jueves, 8 de enero de 2026

Monumento Salino - Pasillo: Inventario del Vacío


Los recuerdos se desgastan capa por capa

dejando imágenes manchadas,

borrosas

como infantes balbuceos.



Los objetos abandonan su significante

—regados quedan en el suelo como ropa sucia.



Se abre el espacio donde la tarde muere

palabras que se desvanecen

en la forma de frases no pronunciadas.



La habitación se llena de tu ausencia;

desvanecido en la penumbra como las sombras

me quedo dormido

de mi propia oscuridad rodeado.




martes, 6 de enero de 2026

Monumento Salino - Obertura de Pasillo


Una mano pequeña y frágil

fuerza imparable en estado de reposo

esperando pasar de la potencia a la acción

valor invencible corriendo por sus venas.


Ojos curioso, oídos atentos,

rostro hermoso de sublime naturaleza

todo lo aprende, nada sabe,

todo es nuevo y todo perece.




Ángel Caído

Sumergido en la ignominia que inunda esta habitación ominosa, víctima de mi propio abandono, flota etérea, espectral, la imagen tuya; el son...